Hoplita y casteller

Una idea se me irguió ayer en mitad de la espesura: entre el relente de la madrugada y la resaca, una idea concisa y clara: la experiencia del hoplita en la batalla debía parecerse mucho a la del casteller raso que, embutido en la pinya, se integra en la formación sin posibilidad de escape.

Y sin saber dónde me lleva la idea, me dejo llevar por el coche hasta la Porxada de Granollers para participar en la jornada castillera con los Xics. Lo más destacable fue lograr un 4 de vuit, construcción que los Xics llevaban tiempo intentando y que se resistía; se unieron a la fiesta los Minyons de Terrassa y los Bordegassos de Vilanova. Colles majors!

Luego de comer me tiro en santa siesta de cabeza, pero con la misma tratando ya de buscarle una salida, o al menos una utilidad, a esta semejanza entre el casteller y el hoplita. No hallo la utilidad, ni entiendo las razones que me llevan a escarbar en estas cosas, y a buscar citas y copiarlas y tratar, poniéndolas unas seguidas de las otras, de ordenarlas, siquiera sea en mi cabeza. O quizás deba rendirme a la evidencia: el tedio me impulsa a ello. ¿No podría yo quedarme quieto y esperar que acabe de pasar el día sin mayores? Ya es verdad aquello que dejara escrito Blaise Pascal: “La desgracia del hombre proviene del no saber estarse quieto en un cuarto”.

El caso es que por la tarde me dedico a arqueologías librescas, teniendo reciente la experiencia castillera. Así en Tucídides (4.96) encuentro el relato de una de las muchas batallas de la guerra del Peloponeso: “…los beocios, tras arengarles brevísima y circunstancialmente Pagondas, se lanzaron desde la colina cantando el peán. Los atenienses avanzaron por su parte y a la carrera trabaron contacto, pero los extremos de ambos ejércitos no llegaron a enfrentarse, sino que les sucedió lo mismo: unos riachuelos se lo impidieron, mientras en el resto de las tropas se generalizaba una dura batalla y el entrechocar de escudos.”

Resaltemos el “entrechocar de escudos”, porque el hoplita, o infante griego, básicamente empujaba adelante. Armado con una larga y fina lanza, avanzaba hasta la falange enemiga, hasta chocar con ella. Embutido en el orden cerrado de la formación, y con al menos ocho hombres detrás que le empujaban, el hoplita trataba de hundir su lanza en el enemigo y seguía avanzando después de astillarla en la primera acometida hasta que su escudo chocaba con el escudo del enemigo que tenía enfrente. Y mientras tanto, los de atrás seguían empujando. El hoplita no podía escapar. Si podía echar mano de la espada corta que completaba su armamento (lo cual no era evidente, dada la apretura) seguía abriéndose camino contra los de enfrente quienes, usando la misma fuerza y movimiento en sentido contrario, pechaban (nunca mejor dicho) por avanzar. Entrechocaban escudos y con pura presión de masa vencían la resistencia enemiga.

Es dificil imaginar hoy en día el pavoroso choque de las falanges. Creo que es imposible hoy imaginar, en realidad, cómo era la guerra en orden cerrado, de masas, en tiempos del arma blanca. La confusión, el terror, la violencia de primera mano y en plano corto, la desconexión respecto al mando, la intimidad con los compañeros de fila, y aun con el enemigo, la extenuante intensidad del embate…

Y consideremos que esta forma de lucha, este “western way of war” según feliz expresión de Victor D. Hanson, que se caracteriza por un choque breve, intenso y letal cuyo principal objetivo es el aniquilamiento de la fuerza enemiga (a diferencia de las guerras de guerrillas o las algazúas nómadas) fue la forma escogida por los ciudadanos de la polis griega como el más “efectivo”, esto es: el que rendía mayores réditos a la comunidad minimizando las desventajas de toda clase de guerra. Eran campañas breves (unas semanas, pocos meses, casi siempre en verano) que permitían a los supervivientes volver enseguida a sus quehaceres de propietarios rurales. Eran los hoplitas todos voluntarios, eran los estrategos escogidos en asamblea previa por ellos mismos. Luchaban en falanges que reunían a la familia, al clan, al demos: diríase que se iban a la guerra en familia. Morían juntos y se sabían honrados, si caían, por los suyos. Y la polis, con la mínima inversión de hombres libres, lograba sostener la libertad, o la supremacía, o los intereses comerciales de quienes en sus falanges luchaban (con lo cual iban al frente muy motivados: defendían lo suyo; y es de notar que esta motivación, esta alta moral de victoria, era la que solía dar la victoria en encuentros de fuerzas similares e igualadas en volumen y técnica donde se imponían los que más pechaban).

(Reflexión colateral: sospecho que la abundancia de héroes que ha sembrado la Literatura Griega es una reacción de afirmación del individuo frente a su experiencia de la lucha como hoplita en la falange, que por su táctica implica su despersonalización, convirtiéndole en masa, al igual que un casteller en la pinya.)

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