Soy rico, ergo de derechas

El remansado paso de mis días en este tempus paratus sed non otiosus que las circunstancias me imponen me lleva a explorar nuevos caminos, sendas nuevas, y a hacer descubrimientos que acaso fueran felices si me rindieran con qué llenar de billetes mi cartera. Esto que sigue es uno de estos descubrimientos.

He sido rojo desde poco después de que adquiriese conciencia política. Digo “poco después” porque antes de tenerla, si me hubieran preguntado, hubiese dicho que fascista o al menos derechista de orden y misa dominial (lo primero por los uniformes, que me pueden; lo segundo por tradición familiar sin empachos ni preguntas resabiadas; sin más, vaya). Luego que empecé a considerar el hecho de mi ubicación política me escoré hacia el centro y resbalé en el rojerío que se ha ido tiñendo de rosa con el tiempo y el desánimo. Incluso llegué a militar en una agrupación juvenil del PSC, pero duré poco. Y hoy, pensando en lealtades y patrones ideológicos, caigo de bruces y dolorosamente en la cuenta de mi historia.

Porque ser rojo es, sobre todo –o al menos así lo veo yo– pensar en los otros. Y así me luce el pelo. Por rojo satisfice las expectativas de otros, y seguí a pies juntillas la carrera que de un hijo de la burguesía se esperaba: sácate la carrera, diviértete con moderación, descubre el mundo para convencerte que el tuyo es más lindo, cásate joven (con un sargento, si puede ser), ten hijos, establécete, traza una carrera profesional (no importa donde ni hacia donde: el caso es la carrera, ya que no acabaste la académica que tan bohemia escogiste por capricho), funda un hogar, con ídem si puede ser, y un coche, y luego otro, y una piscina en un adosado a cuatro vientos, y un perro en el cercado, y otra niña. Esto en lo doméstico-social.

Y fui rojo en lo laboral también: sin entrar en honduras sindicales nunca por aversión inducida, me dediqué a trabajar mucho y a pensar en los otros, ya sean los clientes de mis patrones o los accionistas de las empresas que me contrataban. Nunca hasta hace poco pensé en loque mis ventas les podían enriquecer. Oh, ellos dirían que no fue tanto, que menos lobos… es posible, mas me pagaban cada mes buenos sueldos para seguir haciendo lo que ellos me pedían, lo que yo sabía hacer y lo que ellos y sus clientes esperaban de mí. Y meses con tres semanas de viaje no eran raros. Y ferias aquí y allá, y paseos de las corbatas de un continente a otro, desayunando en francés, comiendo en Barajas y cenando schwarz brot en Alemania.

Me voy a hacer de derechas. Creo que con el portazo con que me fui al paro y que me tiene pobre como las ratas he entrado en otra fase de mi historial político-barra-ideológico (y ¡ay! no sé si el empacho de Pla que llevo últimamente habrá agravado un punto la dolencia, ¿o serán acaso las anfetas que me han recetado? ¡Ay!).

Ser de derechas es no pensar en los otros. Es pensar que aquí estoy yo y este es mi camino, y si es preciso lo cierro con cadenas diga lo que diga el código civil, y a ti te dejo cruzarlas, y a ti no. Ser de derechas tiene un punto déspota-barra-dominatrix que mola a ratos. Ser de derechas es comprarse el coche más grande que puedo pagar porque simplemente puedo llenarlo de gasolina cada semana y me apetece tenerlo más grande que el vecino, ¡y al carajo la huella ecológica que pueda dejar en el planeta! Ser de derechas es no tocar nada porque así a mí ya me conviene; y si a ti no te conviene, te jodes: ¡haberte espabilado! como me espabilé yo –o mi tatarabuelo que fue procurador en Cuba y a saber qué hizo y volvió de indiano rico. Ser de derechas es maniobrar para que parezca que las cosas cambian sin que cambie nada importante y siga todo igual. De ahí que se diga de las derechas que son conservadoras; porque se dicen: mejor no meneallo, que así como está la cosa ya nos conviene. Las derechas son nacionalistas porque su memoria es corta, y sólo se conocen desde hace poco: les horroriza cambiar de bandera por los gastos que ello implicaría; ya se sabe, los nuevos ricos llegan a ricos añejos y asentados después de muchas basuras sacadas a la calle en bolsas de carrefour para no tener que comprar bolsas negras que, como todos los pobres ignoramos, es un gasto superfluo. Y llegamos a un punto que me toca: la gente de derechas es rica (porque no tiene sentido ser pobre y de derechas). Y siendo yo tan rico: ¿cómo no voy a ser yo de derechas?

Soy rico del tiempo que he vivido, nel mezzo dil cammin della vitta. Soy rico en tiempo a secas y a ratos con un buen whisky entre las manos, ahora que estoy parado. Soy rico en proyectos y ganas de ponerlos por escrito, proyectos que son míos y solamente míos y que si me han de hacer ricos será una riqueza que sólo avaramente compartiré (como ahora soy de derechas, no tengo rubor en declararlo: con esto avanzo ya mi programa, no sea que vengan luego las sorpresas). Soy rico de sonrisas y la salud (toco madera) es recia. Las niñas bien, gracias.

Y en el horizonte hay aún muchos caminos por descubrir, como decía al abrir estas líneas. Y, rojas o azules, las ganas de patear son grandes.

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