There is no budget any longer for any extras

No me he ido a la montaña.
No me he encerrado en casa sin hacer nada, aunque en verdad nada he hecho. Los ímpetus guerreros se han consumido, quedan rescoldos tibios, que temo se apagarán pronto.
No he visto el Sol, aunque he salido a buscarlo y he tenido abiertas las ventanas. Luego he descubierto que llevaba puestas lentes tintadas.

Las sombras se estiran con la noche, y yacen conmigo, revueltas en sábanas gastadas. Dos veces por semana. Las abrazo y las amo (de verdad, y a mi manera miedosa). Y entre mis brazos cobran luz, y yo me enciendo. Luego de nuevo la noche. Y dos gatos maullando de madrugada.
El cemento entre los cantos de la mampostería de mi casa exuda un polvo fino, blanco. Debe ser cal. O miedo concreto.
Me despierto con ganas de ver mundo, y lo veo sin cruzar el umbral del día, cuando ni siquiera son las siete. Luego, a eso de las diez, diez y media, salgo a perderme por las sendas de los leñadores, y me siento en despoblado a mirar el reflejo de la luz en el acerado verde de los encinares.

Mi consumo de tabaco ha bajado de 50gr cada dos días, en pitillos liados con ansiedad, a menos de un paquete fumado con asco; y sigue bajando.

Los pensamientos suicidas que mi mente teje y desteje no sé si están provocados porque leí en el folleto de las anfetaminas que tomo que podían aparecer, por el efecto real del medicamento sobre la dopamina, o si son normales teniendo en cuenta los tres euros con que he de llegar hasta diciembre y más allá. Los dejo pasar, y se hacen pequeños al perderse a lo lejos, en el curso del río de las muchas otras cosas que me ocupan y me llevan.

Me jode no poder quejarme, pues yo en este trance me embarqué a sabiendas. Y si lamento que algunas voces callen, celebro y agradezco las muchas que responden y me acompañan, las que me llaman y me amparan.

Ha venido a verme un espejo; se sentó conmigo a tomar el té. Se llenó la casa de ruidos de niños jugando; el salón se mecía en el olor de bergamota siguiendo el punteo de una mandolina (Vivaldi, Andante del Concerto RV 532); y yo no puse hielo en el whisky. Estuve hablando largo rato con el espejo, y hubiera querido tenderme con él. Prefiero acariciar al espejo que escuchar lo que dice, que tanto me refleja. Pero invité al espejo para verme en él. Mi reflejo también soy yo. Si entrara en el espejo, éste se rompería; y también mi reflejo. Mejor así.

Cuando el espejo se fue, lloré mucho rato contra la pared, con la cara en las manos, avergonzado no sé de qué, de verme como me veo, supongo –un descalabro de la moral. La hija mayor recogió el desorden del salón y se ocupó de la cocina. Luego durante la cena reímos mucho soñando con ir a los concursos de la tele y hacernos ricos acertando ortografías de palabras como fotometal·lografia, que vale 500 euros y tener que aguantar a un gafudo mal peinado que se las da de sabihondo.

Y hoy vuelvo a escuchar a Vivaldi. Y escribo todo esto y me siento mejor. Quizás lamento volver a hundirme en el ombliguismo del que quería zafarme. Pero es que no tengo ya presupuesto para ir más allá de mi piel.

Es lo que hay, por ahora. Por algo este vertedero recibe el nombre de MiedosLibres. Y que se joda la poesía conceptista del XVI.

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