Cambalache

Ser rico, en esencia, significa ser libre.

En la Grecia Clásica, en Roma, durante el Feudalismo y después a lo largo de la Edad Moderna, el hombre rico (las mujeres, seres de segunda clase, no lo eran nunca sino como cónyuges) disponía de su riqueza libremente y gastaba su tiempo y su ocio según sus caprichos y pasiones. Así Plutarco nos cuenta los suntuosos dispendios de un Craso –y su final. Así en Holanda se disparó el boom de los tulipanes en el siglo XVII. Así se llenaron los museos que hoy podemos admirar: satisfaciendo el ansia de poder (mediático) o la vanidad de los Monarcas europeos (Carlos V en Mühlberg del Tiziano), o la lascivia de sus validos (La maja desnuda). De los festines y jolgorios versallescos, ¿qué decir? De las fiestas y justas de lanzas de un Enrique VIII, ¿qué contar? Y las cabezas rebanadas de sus esposas, ¿cuántas contamos?

Ser rico, independientemente del origen de la riqueza (que podía ser robada, heredada o creada ex-novo), confería, además de la autoritas del status, la potestas de hacer con su vida lo que a uno le diese la real (o villana) gana, cada cual según sus gustos y aptitudes. Hubo ricos famosos que dilapidaron fortunas; hubo clanes que perduraron en la Historia porque supieron legar a sus herederos, además de la fortuna, el know-how y el espíritu emprendedor necesario para acrecentarla.

La Edad Contemporánea (y su capitalismo) ha seguido remachando en las mentalidades de sus sujetos (esto es: en nosotros) la consciencia de que es necesario trabajar duro para enriquecerse. Eso lo tenemos todos meridianamente claro: si nos esforzamos y dedicamos nuestros días al proceloso mundo laboral, veremos colmadas nuestras necesidades básicas y disfrutaremos del bonus que confiere el ser rico. Eso sí: habrá que madrugar mucho, habrá que desatender esposas, hijos y maridos, habrá que desatender a los viejos, habrá que dar codazos, cortar cabezas, podar capullos, despedir a ingenuos, morder manos que mecen la cuna, bajarse los pantalones, archivar amores, malbaratar vocaciones, beber el amargo trago de la corrupción (en compañía de mozas casquivanas de las de besos tasados), vomitar malestares y pagar psicoterapias seráficas que harán lo imposible (que siempre será poco) por recentrarnos (respirar-espirar-respirar-espirar, no hay más que eso).

Aquí, a Baqueira, sube gente muy rica. El forfait de un día cuesta 48 euros. Un apartamento puede salir por cinco mil euros por temporada. El equipo necesario para subir a pistas cuesta más la mitad de un salario mínimo interprofesional (como mínimo). Hay que venir hasta aquí (que es una esquina muy esquinazada de la Península). Hay que aparcar el coche junto a muchos otros coches de gama alta-altísima (he visto hoy un Porsche Paramera, negro, lustroso como un Miura).

Y les veo histéricos en el comedor, leyendo la carta y pidiendo sin saber ni qué piden ni contando lo que pagarán. Llantos de niños cansados después de doce horas de coche. Una mamá se despeina con una mano mientras que con la otra se atusa la melena mientras riñe a una adolescente pegada a su móvil. Un papá pide trece cervezas para él y sus amigos; los niños se sientan en la mesa de al lado sin fuerzas para armar barullo. Una pareja come pizza y no se hablan; deben estar cansados; ella da sorbos cortos a la coca-cola, él se queda mirando por las ventanas la luz naranja de las farolas donde la nieve traza líneas intermitentes.

Es toda gente rica. Gente con posibles. Con cuentas henchidas de ceros en divisas varias. Residencias de montaña, ibicencas, en el barrio de Salamanca, en Pedralbes, en Pamplona o el Neguri. Con coches en plural asegurados a todo riesgo y servicio doméstico, interinas o filipinas o guardeses. Y sin embargo… sin embargo no son libres.

Les veo atados a su riqueza con longanizas de oro. Reyes parecen del cambalache del mundo: les veo sin embargo como emperadores desnudos en sus abrigos de visón, en sus plumones de colorines, cargando palos y yelmos de plástico en sus carrozas sin caballos, luciendo poderío.

No les he visto aún arriba en la montaña.

Mañana iré a pistas. Y me planteo la excursión como si de un viaje naturalista se tratara: subiré a descubrir el hábitat y las costumbres de una fauna que, para mí, es nueva: el homo nivens.

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