Muros

El personaje que fui, y que sigo siendo, un día fotografió las paredes de unas casas en lo alto de la Sierra de Madrid, creo que en Navalcarnero. Era en noviembre de 2003. Era un día de niebla con espesuras laberínticas, cuajado de fríos que se deshicieron (luego) en coñás con cacao frente a un hogar encendido. Fotografié aquellos muros de las construcciones típicas de la Sierra porque me gustaron los grises concentrados de granito, los encajes limpios de los bloques de piedra, la gracia de un dintel o de una ventana cerrada. Tomé las fotografías de frente, sin flash, sin perspectivas, sin tiempo casi, por el frío que nos empujaba a buscar refugio.

Días después vi fotos de un paredón que aún no he visto, una pared tiroteada en Oswiecim que un día quiero ir a ver. Y se me ocurrió que tiene algo de poesía el constituir una colección de muros, de paredes. Y así empezó. En Damasco, en Dubai, en Petra, en Trípoli, Caen, Casablanca, Oslo, Madrid, L’Espolla, Chisinau, Balaguer, Súnion, Sant Celoni, Prístina, París, Getxo, A Corunha…

Hoy en Arties, donde cada mañana nos paramos a comprarle el diario a Paco, que regenta El Timbre (tienda estanquera y kiosco a pie de carretera), me encaro a la piedra medieval de la iglesia: muro otra vez sin perspectivas, desgastado por el tiempo, o por mejor decir crecido en la inclemencia, matizando colores que las lluvias, las nieves, los otoños y el curso de los años van labrando como labró el cantero las formas y las rectas de las piedras. Pequeñas, las iglesias de Arán, todas románicas, clavan los pueblos a la geografía con sus aguzadas torres de pizarra techadas. Diríase que sin estas agujas, los pueblos se deslizarían por las laderas y caerían en el cauce de la Garona. Algunos pueblos asentados en laderas particularmente abruptas, como Aubert por ejemplo, requieren incluso de dos iglesuelas, una en cada extremo del pueblo, para pinchar las calles a la pendiente. Fotografío las paredes de la iglesia de Arties.

Me asomo dentro, quiero ver la nave. Dentro de la iglesia unos operarios enyesan y pintan las paredes. En vez de oscuridad y olor a sacristía (vela, moho, polvo, papel viejo y sudores fríos) me meto en la densidad de las pinturas, el frescor del yeso sin cuajar, la blancura de grandes focos… Desilusión. Esperaba hallar arqueología emocional y un momento para sentarme en un banco a oscuras para respirar hondo, y he de irme con solo una foto de la pared.

Es esta.

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