Spathiphyllum

Al abrir la puerta he visto sus hojas caídas, flácidas, sedientas macilentas moribundientas alicaídas arrastradas vencidas por la sed y con el verde sin el brillo de charoles que solía lucir, con los blancos pétalos de sus flores mustias caídos y arrugados y amarillentos.

Media frasca de agua ha aliviado su sed.

Han pasado varias horas y ya se yergue la vida, cobran tersura las hojas, ganan en turgencia los tallos, se tensan las nervaduras, se estira la lozanía de la planta entera: erección de vida en verde que se alza desde la maceta y su plato bajero.

Igual que yo, que con una frasca llena de ganas me despierto y me yergo.

Pero la planta con razón agonizaba de sed, tras mi ausencia de diez días; yo en cambio siempre ando sin lograr quedar ahíto, siempre voraz, nunca lleno, siempre creciéndome, de continuo y sin remedio creciéndome.

No sé yo si es bendición, maldición o condena. Pero es lo que hay.

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