Homo Viatoris

Quien viaja es siempre un callejeador, un extranjero, un huésped; duerme en habitaciones que antes y después de él albergarán a desconocidos, no posee la almohada en la que reposa su cabeza ni el techo que le resguarda. Y así comprende que nunca se puede poseer verdaderamente una casa, un espacio recortado en el infinito del universo, sino tan solo detenerse en ella, por una noche o durante toda la vida, con respeto y gratitud. No por azar el viaje es ante todo un regreso y nos enseña a vivir más libre y poéticamente nuestra propia casa.

El viajero no sólo descubre la precariedad del mundo, sino también la del viajero, la labilidad del Yo individual que empieza –como intuye Nietzsche con despiadada claridad– a disgregar su identidad y su unidad, a convertirse en otro hombre “más allá del hombre” según el significado más auténtico del término Übermensch, que no implica un superhombre, un individuo tradicional más dotado que los demás, sino un nuevo estadio antropológico, más allá de la individualidad clásica.

He sido durante nueve años, del 2000 hasta el corriente, un hombre viajero. Mi salario báscamente se justificaba porque podía y sabía viajar profesionalmente, sabía moverme por los suburbios de Praga, lrecorrer os polígonos industriales de El Cairo o Casablanca, internarme por las free zones de los Emiratos Árabes o por los bazares de Almaty o de Teherán. De mis viajes volvía con contactos profesionales, información relevante de los mercados y pedidos (aunque no siempre). La precariedad del mundo la he visto en naves industriales moldavas, en el Golán erizado de antenas desde las afueras de Damasco, en algunos aeropuertos de Arabia, en los vericuetos de Jerusalén, en la sumisión de los bengalíes deslomados de las torres en construcción de Dubai. También en la infamante riqueza de los potentados armenios, los amorales ricachones rusos, los alelados mánagers egipcios…

Y a menudo he vuelto, poéticamente, a mi casa, a los brazos amados, al olor de mis sábanas, al calor de mis anaqueles y de mi mesa de trabajo, al desmán de mis niñas jugando a clicks por los pasillos y la encimera por recoger. Volver, sí, siempre volver (¿con la frente marchita?), porque todo viaje es en realidad un regreso circular, aunque no siempre la llegada coincida con la salida, porque no siempre logramos zafarnos de aquello de lo que huimos. Ya Horacio escribió que era inútil escapar de los dolores y los afanes espoleando al caballo, porque la negra angustia, dice en versos, va sentada en la grupa detrás del jinete que espera hacerle perder el rastro de su caballo, del mismo modo que aquel comerciante damasceno de las Mil y una noches que huyendo de la muerte fue a una ciudad recóndita y apartada donde se la encontró, a la muerte embozada, de frente, sin remedio ni escape.

Yo confieso haber huido a menudo. He llegado a creer que la huida era mi patrón habitual de conducta (y algo cierto hay en esto). Y he de confesar que Horacio no mentía: en mi maleta siempre había un hueco entre los zapatos y los calcetines donde se colaban los miedos y las angustias, que a la vuelta, después del viaje y de abrir la maleta sobre la cama para desembarazarla, volvía a colgar de las perchas en mi armario para dejarlas listas para la siguiente (vana) escapada. Más aún: este continuo escribir en este dao-zibao de miedoslibres es también una huida, un no querer carearme con mi sino, un aferrarme a lo visible para no hundirme en la niebla, las nieblas que me acechan. Exponiéndome, abriéndome aquí en canal un poco cada día, atento al qué-dirán de mis pocos y fieles lectores, logro zafarme del necesario escrutinio de mí mismo que sólo en silencio y solitariamente puede dar frutos, puede madurar. Y así, de diferente modo y con el mismo fin, me huyo en brugales con limones, me extravío en abrazos y herbazales verdes que me enredarán, me arrastrarán a días estupefacientes (a veces, no lo neguemos, tan necesarios).

Y sin embargo, tras haber cesado como viajero profesional, me persigue el afán viajero (viajero y cronista) sin que pueda yo evitarlo. Hago de poner una lavadora o de regar las plantas una aventura poliédrica. De una estancia en el Arán un relato a lo Félix Rodríguez de la Fuente en Fauna Ibérica. Me mimetizo allá donde estoy (tiene en esto razón mi amiga ∏ ): por las calles bien de Argel (en el barrio de Hydra) me paraban los transeúntes para consultarme una dirección. Si llega a durar seis días el puente de la Constitución en el Arán, hubiera acabado con jersey rojo de pico y gomina en la cabeza (pero sin el Audi Q7 esperándome en el parking). Si me echo al monte, me torno hierba, corteza, piedra, serpiente, boñiga, río, azor, mariposa y piña piñonera. Si bajo a Barcelona, me disuelvo en marquesina, semáforo, adoquín y paso cebra. En París soy baguette. En Praga fui polvo sobre el Moldava. En Moscú fui chupito de vodka y césped de los fosos Kremlin. En una maceta, seré encina que despliega sus hojuelas tiernas por primera vez. En Damasco fui vapor en el hammam de la madrasa. En Omán fui viento y arena en la medianoche del desierto y recuerdos de del coronel Lawrence (Al-Aurens para los bedus). Mañana seré una urna dudosa y boquiabierta. Pasado no sé. Pude haber sido aroma de ginebra y husmeador de Chanel nº 5, lector de escotes y manoseador de intimidades propias y ajenas, en la noche confundidas. Seguiré siendo lector compulsivo y fiero buzo en las honduras de mi desmemoria, hilo de Ariadna en la confusión de mi laberinto y Minotauro fiero a la vez. Diana cazadora y monje dionisíaco. Parado desamparado, parado inquieto, curioso, parado en movimiento, en continua erección avizor y viajero de numerosos caminos sin destino. Entre músicos, puedo parecer arpegio. He seducido a algunas sonrisas impagables. Entre jaras y genistas, soy amarillos, y azuletes del romero en primavera. Puedo ser vaca bruna pirenaica y zorro que de un ribazo echa a correr dejando campear su gran cola rematada con un mechón blanco que acaba perdiéndose en las nieblas de ayer en la estepa que hay que atravesar para llegar a mi bosque de encinas y nieblas y roquedos. Lector de Arquíloco, de Safo, de Rufino; lector de versos antiguos. Compadre de poetas y amigo de pastores. “Nemoroso y Salicio juntamente…”

Y, como bien señala Claudio Magris en el prefacio a su libro El infinito viajar (Anagrama) del que extraigo las dos citas que encabezan este post, en la labilidad de mi Yo viajero disuelvo mi ser.

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