Blue in a glance

En efecto, sí: es cierto, innegable, inapelable, contundente. Esta foto supone una irrefutable confirmación: hubo un tiempo en que la mirada fue clara, cristalina, limpia, pura. Virginal.

Pretérito perfecto y perfectamente pasado, caducado, blanco y negro, añejo. Si no fuera por estas arqueologías de los álbumes antiguos, ¿quién lo diría?

El papel pintado de la pared, el eskay (¿con qué ortografía fijar el recuerdo de una textura que ya no se estila?) de la trona, la rosa artificial, de tela y de alambre forrado de papel cebolla verde, la clencha del pelo y, casi con seguridad, la colonia barata de lavanda, la lana de tweed a cuadros escoceses del peto. Principios de los setenta, sin duda. Los detalles ubican la fotografía y al niño.

Pero la mirada trasciende y se desborda, se derrama por fuera del marco, como si todo lo nimbara de azul claro, casi como de azul cobalto desleído. Y si hay azul en aquella mirada, there is also a blue feeling when considering the time gone since.

Cuesta reconocer en estas bolitas de vidrio la mirada golfa, sediciosa, fiera, desafiante y descreída del sombrero de hoy. A veces logra ser la misma, en versos puestos a secar en el tendal de un pentagrama. Pero son raras las ocasiones en que esto ocurre.

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