Horriblemente presente Levi

¿Cómo explicar la supervivencia, cuando todo ha sido arreglado, previsto, condicionado, adecuado, preparado, ejecutado con vistas a la ejecución, a la extinción, al olvido?

Y habiendo (milagrosamente) sobrevivido al Lager, al KLR, al campo de exterminio: ¿cómo no caer en la sospecha que la supervivencia se explica por la muerte de otro? Supervivencia como suplantación, o peor: vergüenza íntima de quien se sabe superviviente por haber sido más espabilado que otros, por haber sabido alemán, por haber tenido una cultura superior, o al revés: por haber carecido de cultura, o de madurez, o de ingenuidad…

No ha mucho visioné tres horitas que me faltaban por ver de Shoah, de Lanzmann. Una y otra vez vuelvo a Primo Levi. De los anaqueles bajo Los hundidos y los salvados, como podía haber sacado La tregua o su libro más célebre (Si esto es un hombre). Y lo releo en la edición azul de Muchnik. [Mi primera providencia ministerial, si un día tomo posesión de la cartera de Educación y Cultura, será mandar la lectura de estos tres libros a toda la comunidad educativa (docentes, alumnos y también padres y madres de alumnos).]

Tengo siempre la sensación, leyendo a Levi, que éste atravesó el infierno para descubrirnos que el infierno es cosa cotidiana, que ordinary men se ocuparon de gestionarlo, que ordinary men fueron los verdugos y las víctimas, ordinarios por igual. El mundo concentracionario es cosa banal, al fin y al cabo: es lo que tiene que pasar si se reúnen las condiciones adecuadas para lograr el fin previsto: ¿cómo van a revoltarse los animales, si reducimos a animales hambrientos a los Häftlinge a quienes hemos previamente y brutalmente despojado de su condición de hombres? ¿Cómo no va a ocurrir lo que ocurrió? Arendt descubrió, durante el juicio a Eichmann, la banalidad del mal en su rostro de funcionario; Lanzmann carea –esto es: muestra la cara y entrevista– a los ejecutores. Sereny también tiene un libro fascinante de entrevistas con Stangl, el comandante de Treblinka. R. Hillberg documenta fehacientemente el proceso administrativo y burocrático que permitió lo que pasó. Pero Levi da voz a los que fueron víctimas de esta burocracia, los que tuvieron que lidiar con la vesania nazi, la torticera mendacidad de la LTI – Lingua Tertii Imperii… voz de quienes recibieron golpes, de quienes murieron… o estuvieron a punto de morir.

Inquietantemente, leer a Levi es proyectarse en el futuro y sospechar que algún día uno de nuestros vástagos podrá decir que si sobrevivió fue por una casualidad, un azar, una predisposición única y aleatoria que le libró de la muerte, de ser ceniza, de ser olvido en el mundo convulso que los ordinary men and women de nuestros días (que somos todos nosotros, oh mes semblables, mes frères!) estamos consumiendo, quemando, dilapidando, desgastando, resquebrajando, pudriendo, hipotecando, malbaratando, agostando… Si alguien sobrevive en el futuro: ¿a costa de cuántos subsaharianos, indios, mexicanitos, guaranís, bengalís, iraquís, kurdos, kirguizos, karen, malgaches…?

¿Cuánta vergüenza espera a nuestra posteridad cuando vean el mundo sin remedio ni reparo que les hemos dejado, cuando miren atrás y nos juzguen culpables de ser causa de sus carencias? Y sin ir tan lejos: tal vez ya la generación de nuestros hijos emita este juicio. Algunos, sin duda, alcanzaremos a oírlo.

¿Y qué hemos hecho para evitarlo? ¿Podíamos haber hecho más? ¿En lo colectivo, en lo personal, incluso en lo íntimo?
¿Cargaremos, como los supervivientes y anciens déportés, con la culpa de no haber muerto en lugar de otros que sí murieron? ¿Haylos conscientes de que esto está pasando ya ahora?
Yo me dispongo a buscar en Semprún un atisbo de luz. En Le mort qu’il faut precisamente relata cómo sobrevivió a una selección intercambiando su número de matrícula con el de un agonizante.

Me mueve la vocación de husmeador en las tinieblas, no la esperanza de hallar luz.

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