La escritura o la vida

Terminé la (re-)lectura de Los hundidos y los salvados de Levi y me volví a internar en Le mort qu’il faut de Semprún sin saber bien qué buscaba, como quien se viste de media gala para asistir a un cóctel sin saber si terminará la fiesta acompañado o solo. Quizás me movía la necesidad de compensar, con lecturas en torno a la Shoah, la felicidad de PVC de estos días Navideños un tanto cargantes. Quizás quería cotejar la route profonde que señalaba en aquel post anterior que ya apuntaba a este de hoy: del oprobio del superviviente Levi (consciente de haber sobrevivido seguramente a costa de otro) a la vindicación de una supervivencia precisamente a costa de otro que relata Semprún en el último libro de su tetralogía sobre Buchenwald (Le grand voyage, Adieu vive clarté, L’écriture ou la vie, y Le mort qu’il faut).

Desayuno. No son las nueve de la mañana y saboreo ya el segundo café del día. Miro la mesa: el tablero de madera (una plancha basta de pino sobre dos caballetes) sostiene la lámpara, la impresora, un par de libros (Guia de camp dels ocells dels països catalans i d’Europa y el Diccionario ideológico de don Julio Casares –sobre el que dejo la taza de café), un fajo de fotocopias (War in the Balkans, 1991-2003, editado por el SSI del US Army War College), un pote que fue de aceitunas y hoy contiene un puñado de lápices y de bolígrafos –más una pluma elegante; en la esquina más opuesta de la mesa hay unas gafas de sol, una botella mediada de vodka y un tablero de corcho apoyado en la mesa y contra una pared donde he pinchado postales (Cézanne, Bacon, Hopper, Picot), algún recorte de diario y los avisos de impago que esperan. Llevo dos horas rondando el alba, después de haberme pasado otra en la cama enredando problemas narratológicos con punzantes deseos de compañía que se revolvían entre las tibiezas de las sábanas y lo agreste de la agenda por venir.

La obra de Primo Levi empezóse a escribir con la memoria y las heridas de Auschwitz aún frescas, a mediados-finales de los años 40. Por aquel entonces, en una celda polaca, también un preso escribía las suyas: Rudolf Höss, que fue comandante del campo, en la primavera del 47 escribía sus memorias mientras esperaba se ultimasen los recursos y pudiese ejecutarse la sentencia que contra él había dictado el Tribunal Supremo de la República Polaca: pena de muerte; ésta se cumplió en Oswiecim, en el mismo lugar de sus crímenes. El relato de Höss es de una deshonestidad desarmante. Leerlo permite valorar en manos de quiénes se dejó la ejecución de la solución final: el cinismo, la manipulación, la descarada distorsión de lo que pasó… Su patética búsqueda de razones (familiares, sociológicas, infantiles) para justificar su inquebrantable adhesión no ya al nazismo sino meramente a la obediencia debida, su perruno acatamiento a cualquier instrucción emanada por la jerarquía, su pundonor en cumplir la orden lo mejor posible (aun sin disponer de medios –echando culpas sobre la impericia o falta de vocación de sus subordinados, o a la falta de medios con que sus superiores le obligaban a trabajar…). Levi, por esas mismas fechas, publicaba Si esto es un hombre: imprescindible relato limpio y tajante, sereno, honesto, ajustado a lo visto, a lo vivido, pero sin derramar sobre el lector lo sufrido en exceso (¡que fue todo!).

Me levanto a estirar las piernas, a regular la calefacción. En la mesa del comedor, extendido, el plano 1:50.000 de Pica d’Estats-Aneto. Me asomo a verlo: me encanto un rato resiguiendo carreteras, caminos y senderos marcados (GRs), miro cotas, trato de imaginar los desniveles y tropiezo con las curvas de nivel y me pincho en los vértices geodésicos. Sueño con las leyendas (prados supraforestales, barreras, helipuertos, remontes…). Me digo que de “aquí” hasta “aquí”, unas siete horas. De este refugio a este otro, un par de días. Rodeo lagos, sigo crestas, me pasmo ante los circos rocosos que aún no he visto ( de Colomèrs, de Gavarnie…), me digo que en primavera… quizás en verano, pueda escaparme a recorrer estas soledades del Parque Natural de Sant Maurici i Aigüestortes, cruzar desde el Pallars hasta la Vallarties rodeando el Montardo, recorrer el Camin Reau de la Val d’Aran, desde Bonaigua hasta la raya con Francia. Sueño sobre los mapas y trato de recordar un poema de Alberti que aprendí en el colegio y que dice así:

Nadie sabe Geografía
mejor que la hermana mía.

-La anguila azul del canal
enlaza las dos bahías.

-Dime: ¿dónde está el volcán
de la frente pensativa?

-Al pie de la mar morena,
solo, en un banco de arena.

Sin Google no hubiera recordardo el poema. No era momento de levantarme y ponerme a buscar en las páginas de Alberti cuál era aquel poema que vagamente recordaba. El ejercicio de la memoria… ah, sí, llego a Semprún.

El arduo paso de la vida a la escritura, que resulta ser siempre cruce peligroso, a menudo sin balizar, y confuso para todos, para quienes lo trazan y para quienes se atreven a cruzarlo, se hace ejercitando la memoria, reconstruyéndola, recuperándola, recomponiéndola (y me atrevería a escribir: incluso proyectándola al futuro! –aunque suene a paradoja de trago atascado: al fijar la memoria la proyectamos también hacia el futuro, porque la hacemos apta para consumo y lección o deleite de futuros lectores). Éste es el ejercicio de Semprún. Sus libros (y particularmente los tres últimos de su tetralogía de Buchenwald) son un ejercicio caracoleante de la memoria en busca de si misma.

La magia (de virtudes narratológicas) reside en que nos lleva de un recuerdo a otro, con magistral “desorden concertado de este relato” (pág 25 de L’écriture ou la vie), nos va abriendo el relato a gajos a medida que pasan las páginas sin que sepamos qué ha de seguir, y sin embargo logrando que todo cuadre al final. Por ejemplo la sesión de jazz en el kino del Lager en diciembre del 44 –mientras Bastogne resistía– que nos arrastra a la charla en Praga del 69 que, a manera de Melquíades macondiano, logra dar razón de la imagen seminal del libro y, por ende, de toda la inquisición concentracionaria que el hombre Semprún vivió y que Semprún escritor ha sabido legarnos en forma de libros veraces donde la realidad se entrevera fielmente (¡!) con la ficción (“À quoi bon écrire des livres si on n’invente pas la vérité? Ou, encore mieux, la vraisemblance?”, pág 148 de Le mort qu’il faut).

Y vuelvo a mis miedoslibres: la vagancia de levantarme a consultar unos versos es la vagancia de ejercitar la memoria, la vagancia para proyectarla hacia el futuro, el tesón con que logro enzarzarme en distracciones, el mareo de la espiral de los abrazos, el afán con que busco y encuentro razones para demorar lo que es inevitable, las horas que paso escribiendo vanidades, documentándome, leyendo el periódico, picoteando noticias por internet, perdiendo el tiempo…

En un periódico atrasado leo que ha sido rescatado el cartelón que daba entrada al mundo concentracionario, el famoso “Arbeit macht Frei”. Höss fue quien lo mandó poner.

Debo ponerme a trabajar en mis proyectos: sólo así, y luego, lograré ser libre; entonces, y sólo entonces, podré escaparme a triscar por montes y collados.

Pliego el mapa grande. Cierro los tres libros que he traído hasta la mesa. También cierro los ojos. Siento que me chincha el antojo de unos besos, la querencia de una piel a la mía enroscada. No he de olvidarme de la botella de vodka que me han pedido para el cóctel de esta noche. Subo a ducharme, a afeitarme. Creo que me haré un tercer café cuando baje. Tal vez salga al bosque. Veo que llueve.

Quizás es tiempo, entretanto no me acabo de acicalar para ir al tradicional cóctel de Sant Esteve, quizás sea tiempo de ponerme a escribir de veras. Quizás sea el momento de escoger de una vez entre la escritura o la vida, ¿no?

Quizás.

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