From my point of view

From my point of view.

Eso he oído. Ha sido uno de los dos hombres que están al fondo de la misma trinchera o socavón donde también estoy yo tirado. Uno de ellos ha dicho From my point of view, eso ha dicho, Luego ha callado. A lo lejos se oía cierto estrépito, sonidos confusos, como de batalla bajo la lluvia. Pero no llueve. Tampoco se ve nada: el espacio de cielo que podemos ver encima nuestro está despejado, sin humos ni relámpagos. La tierra está húmeda, pero no fangosa; simplemente revuelta. Y revueltos con ella estamos los tres. Dos hombres y yo, tres hombres que el bombardeo ha dejado medio enterrados en una trinchera, o en un cráter o un socavón…. Uno de los hombres acaba de decir From my point of view y luego ha callado. Y he esperado que siguiera diciendo algo; tranquilamente esperando y entretanto mascando ese barullo de sabores que siempre deja el sudor en campo abierto: sabor a setas, a tierra, a resina, a piedra mellada.

He tratado de levantar el torso, de estirar el cuello, y me dolía todo el cuerpo al moverme. He reptado unos centímetros retrepándome por la pared de tierra donde estamos, lo justo para asomar la cabeza por encima del borde de la roza, discretamente, con miedo y cautela. He pensado que el colega que acababa de hablar, uno de los dos hombres que están tirados conmigo en este socavón, poco punto de vista podía tener, ahí abajo tendido. Si no me doliese todo, trataría de girarme, de mirar abajo, de confirmar lo que sospecho: que su point of view, ahora mismo, es tierra, gravilla, raíces rotas y revueltas a corta distancia de su cara.

Es decir, que me entran ganas, y me entran rabiosamente, ganas rabiosas de gritarle que se vaya a la mierda, que él no tiene ni point of view ni ocho leches. El punto de vista es mío, tan pronto asomo la cabeza por el borde del cráter.

El horizonte es llano. Es una raya negra, oscura, de un pardo sucio que desdibuja los matices que pudieran dar perspectiva a mi rastrero punto de vista. No veo sino un horizonte bajo, mate, muerto y quieto donde solamente se alza un tronco retorcido y mondo, inclinado y renegrido, tronchado. Y por encima de la línea delgada del horizonte, por detrás de la silueta fina y torcida del árbol mártir, blanco cielo. No azul, no gris, no rosado o azafranado. Un cielo blanco como un lienzo tendido entre el horizonte y la batalla que seguimos oyendo a lo lejos. Durante lo que siento son minutos pero me temo son apenas unos segundos, exploro lo poco que hay que ver, trato de memorizar el árbol y su posición, trato de distinguir detalles que nos indiquen lo ocurrido, y me dejo resbalar hacia abajo, siento la tierra, los guijarros, huelo y veo y pruebo la tierra (hojuelas, raíces, arenilla, madera mohosa, una bellota, una ramita).

Yo diría que estamos solos, que estos dos hombres en el fondo del cráter y yo, medio metro más alto que ellos, apoyado en la pared, de espaldas al cielo blanco, con la camisa abierta, y el chaquetón desgarrado en una manga, nosotros tres somos los tres únicos supervivientes. Eso es lo que pienso mientras trato de recobrar el aliento. No se oyen ruidos, salvo una especie de ronquido, creo que proferido por el mismo que antes había dicho eso de From my point of view. El ronquido siseante lleva ritmo apacible, como de respiración. Luego sabremos que es una herida abierta en el pulmón. Lo veremos luego, cuando le demos la vuelta al cuerpo, cuando haya pasado rato en silencio y nos preguntemos si vive todavía.

From my point of view fueron sus últimas palabras.

Qué raro.

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