La verdad desnuda

La verdad desnuda los hechos y descubre las osaturas y los recovecos recónditos que de sólito las buenas costumbres, las mejores maneras y la respetabilidad tapan sin dejar que las vergüenzas queden al aire. Es tarea del observador orear verdades, tenderlas al aire, extenderlas, pintarlas, describirlas. Es pericia del mismo procurar no herir a nadie.

Pero la verdad molesta. Y yo lamento haber molestado. No era mi intención y lo lamento mucho. Y agradezco la gran lección de estos días: no es lo mismo Literatura que Periodismo. No. Y se confirma que el medio condiciona el mensaje.

Algunos de los posts que aquí se cuelgan van destinados en realidad al suplemento sabatino de La Mañana, diari de Ponent que se publica en Balaguer. Y un barbero de Balaguer se ha enfadado conmigo por algo que escribí a mediados de diciembre. No le gustó leer en tinta y letras de molde lo que ocurre en su barbería. Puedo entenderlo; y desde luego lamento su enfado, no era mi intención enemistarme con él.

Ahora entiendo mejor Macondo, Región, Yoknapatawpha, el mundo de Irás-pero-no-volverás, la Tierra Media de Tolkien… Mundos y reinos maravillosos o decrépitos cuyo amo, señor y demiurgo es solamente el autor. Cuyos personajes sufren la verdad con estoica mansedumbre y no demandan del autor sino la vida, no más (y ciertamente no el encubrimiento de su verdades). Cuyas lindes no marca un río o un secano, ni los soportales de una plaza, ni los miedos de una pequeña ciudad que es villa, o mero pueblo grande, o quizás sólo una aldea apartada ya del curso de la historia.

Egon Schiele pintaba muchachas adolescentes. Mujeres núbiles y aniñadas. Y no lo hacía con las sedantes veladuras de un David Hamilton:

Al revés: Schiele, con trazo rabiosamente rojo, remarcaba los sexos y su avidez, o el rubor de las mejillas. Con trazo vigoroso recreaba la voluptuosidad de una mano explorando humedales, con fiereza pintaba la melena despeinada. Sin complejos retorcía a sus modelos, exprimiendo sus verdades.

Por dibujar así, estuvo veintipocos días en la cárcel. A él le parecieron veintimuchos, evidentemente. A mí también. Pero asumió como pudo, y no lo hizo mal, sus responsabilidades; también haré yo lo mismo. Y lamentaré haber causado con mis palabras un enfado que no buscaba.

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