Frequent Flyer

Lufthansa me envía el saldo de mis millas-premio, las muchas millas voladas el año pasado, las millas status acumuladas durante mis vuelos al Levante, a Oriente, mis saltos por Europa… horas de vuelo acumuladas, esperas en aeropuertos, colas, cinturones en la boca, el laptop en el sobaco, la bandeja con la pluma, la cartera, el tabaco y los mecheros, la calderilla, el maletín, el cabreo, la resignación, la americana mal doblada, la corbata flameando por encima del hombro.

No echo de menos las mesas solitarias de los restaurantes de los hoteles de Dubai. No añoro el trajín histérico de los lobbies de cuatro estrellas y tres conserjes a tu servicio las 24 horas de los siete días de la semana y de la noche. Ni recuerdo el olor triste de las moquetas recién peinadas por las aspiradoras silenciosas. No echo de menos el zumo de naranja ni el bacon de los desayunos, ni la carne especiada de Armenia, ni el pescado del Líbano, ni los tomates de Moldavia, todo tan deliciosamente bueno.

Pero quisiera volar a Berlín para no tener que coger nunca más un avión, y volver luego, tal vez en tren, cruzando Europa, para llegar a mi refugio, a mis cuatro paredes y sus anaqueles. Y callar.

Callar durante una buena tenporada, desaparecer. Que me busquen junto a un lago en Finlandia, cerca de una nevera con cervezas y vodkas. O debajo de un edredón, entre las piernas de una rubia. O meditando en el Empty Quarter de Omán, de noche, clavado en una duna, mirando la retinta negrura del cielo, entre la Cruz del Sur y la Osa Mayor.

Me voy a poner a leer a John Reed: Diez días que conmocionaron al mundo. Aunque tal vez quisiera ver un buen western de indios en la tele, Flecha Rota, The Searchers… O ver cómo un león sacía su sed en una valle keniata, o cómo corren las gacelas por mi salón, huyendo de un guepardo que las acechaba desde una lámpara, y oyendo también el estropicio de un hipopótamo de 62 pulgadas hocicando en mi nevera, mientras una familia de monos se desmelenan en el cuarto de arriba y se escabullen descolgándose por el tendal, huyendo de las hienas que asoman desde la leonera de las niñas.

O acabaré por liar un fajo de sueños verdes y vaciaré una cerveza a la salud de Monseñor Munilla, que opina desde su hedionda eminencia  que peor estamos nosotros, pobrecitos españolitos, que los haitianos devastados por el terremoto de ayer. Peor estoy yo, oh sí, señorísimo obispo, en mi sofá, arropado por mi calefacción, ahíto y bien cenado, muchísimo peor que los haitianos, ¡¡¿dónde va Usted a parar?!! Desde luego, Eminencia, Cerebro Gris y Putrefacto: mi materialismo, Ohhhh! ¡¡Señor, qué horror, qué depravación!! mi materialismo, dice Usted: eso sí que es grave, ¿verdad?

Lloraré por Usted, Monseñor, por su triste situación espiritual, por la mezquindad de la institución a la que Usted pertenece y de la cual Ustedd vive (bien: con modestia haitiana, claro) y que sufragamos nosotros. ¿Habráse visto? Esto es Caridad cristiana, y lo demás zarandajas de tragón de aldabas.

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