Miedo frente a la Erinia

No quiero, no quiero, como un niño, grita el hombretón que no quiere mirar a la Furia que revolotea frente a él; gira la cabeza, gimotea, mohínes de rabia y cara desfigurada por el miedo. No quiero, no quiero verla, repite sincopadamente, ahogado en llanto, y gira la cara. Patalearía si pudiera, pero no puede: sus piernas, por las rodillas, están trabadas. Su única escapatoria consiste en girar la cara y no enfrentar sus terrores.

El monstruo es porcino, bestial, deforme y adefesio sin referencias, una Furia, una Erinia, una rata elefantiásica, un engendro del miedo y de la culpa que se sostiene en el aire frente al ventanal, en un exterior mal definido (de azul relleno), allende el marco rojo que deslinda el dentro del fuera, a la vez que confunde la perspectiva del cuadro, cosa que caracteriza los ensueños del pintor. La mirada queda prendida en el interruptor de la pared, blanco, rectangular, umbilicalmente ligado al más allá de la pintura, pulsador que nadie pulsa, timbre de alarma, vía de escape, señal de auxilio que permanece muda.

Sobre la butaca que enfrenta al ventanal, un hombre; son las hechuras aproximadas de un hombre. Muslos recios, de deportista, rodillas bien delimitadas, abdomen marcado, costillar visible, la sombra de un brazo, la ausencia del otro, podríamos sospechar que queda escondido detrás del torso, mas sabemos que no existe, no hay brazo, Y nada falta sin embargo, ni es tullido el hombre, a pesar de la cortedad de sus piernas, a pesar del retortijón que su postura causa, a pesar del miedo que respira por el mohín reconcomido de angustia de su cara girada, nariz poderosa (¿la de Georges Dyer tal vez?), boca que no sabemos si mastica o si grita o si hiela la sonrisa en un último deje de asco. Encuadrada la cabeza en la oscuridad de un ventanuco del panel blanco dispuesto detrás de la figura, el cráneo se desdibuja, el pelo negro se derrama en el negro de ese cuarto oscuro, oscuridad de pesadilla que de la mente sale y a la mente embruja, a pesar de la blancura del panel que hace de fondo a la figura sentada.

Miedo a la Erinia. Así podríamos titular este cuadro. En realidad, Bacon, que siempre andaba horrorizado por cualquier atisbo de relato en sus obras, tituló este cuadro como Figura sentada, 1974. Preside el salón de mi casa. No sé por qué razón. Y hoy me disponía a saberlo, y he puesto una postal de este cuadro frente a mí y me he preguntado qué quiere decirnos, qué desea transmitir Francis Bacon, y qué percibo yo, frente a esta obra de arte.

Percibo el miedo. Pero es mi miedo. Percibo la culpa. Pero es la mía. Percibo el intento de huir, el gesto escabullido y que mira hacia otra parte de la figura, pero es mi habitual patrón neurótico de huida. Percibo el desorden de las perspectivas, pero es mi educación pictórica la que Bacon desmonta. Percibo el pulsador que nadie pulsa como los muchos instrumentos de alerta que me rodean y de los que prescindo. Leo el cuadro con mi lengua de signos, con mi gramática parda de recuerdos y demás despojos, con mis lentes ahumados en la hoguera de los sentimientos, y con esfuerzo deletreo mis miedos, descifro mis angustias en voz alta y declino (sonrojado) mis miedoslibres. Como el Melquíades macondiano, leo mi historia en este cuadro mientras recurro a lo que en mi hay para entenderlo, para escribirlo mientras lo leo.

Por eso preside mi salón, y yo no lo sabía. Hasta hoy sólo me fascinaba; ahora lo leo un poquito mejor. Sabré si es un clásico si, con el tiempo, sigue plantando semillas de sentido cada vez que lo vea, o siga fascinándome.

El poster que colgué debe medir 90 por 120 cms de alto. Lo compré en Milán, estaba en una feria. Eso debió ser en 2007 o así. Y me escapé un día a la plaza del Duomo: en un lateral de ella, en un palacete magnífico, se exhibía una importante antológica de mi pintor preferido. Compré varios posters. Muchas postales, el catálogo. Eran tiempos en que no cabían las vacas gordas en mis maletas de viajante. Durante tiempo estuvieron los posters olvidados en un rulo acumulando polvo detrás de alguna puerta. Cuando mi última mudanza, decidí colgar este cuadro. En el principal paño de pared, de frente, en alto. En el salón. Visible desde la puerta, incluso desde la calle si alguien curioso curiosea. No sabía por qué razón (oscura razón) colgué este y no otro.

Ahí está. Y aquí estoy.
 
 

 

 

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