The Joshua tree in the she’ol

  

Hoy sobrevolé la estepa, el desierto, el páramo el yermo el erial el infierno la gehena el limbo el laberinto de dunas y el martirio de cactus, nubes rasgadas por el viento, polvaredas despeinándose entre los riscos, herbazales secos en las majadas hondas donde ya no pacen los rebaños, planicies interminables que se escurren por los puntos de fuga en busca de agua para su sed.

Es el she’ol de los judíos, que no es exactamente el infierno. La Britannica lo define así: “«El She’ol estaba situado en alguna parte debajo de la tierra. […] La condición de los muertos no era ni de dolor ni de placer. Tampoco se asociaba con el She’ol la recompensa para los justos ni el castigo para los inicuos. Lo mismo buenos que malos, tiranos que santos, reyes que huérfanos, israelitas que gentiles, todos dormían juntos sin conciencia los unos de los otros». Y todos delante de Y’hv’h.

Sobrevuelo de lejos este she’ol. Me acerco. Puedo describirlo.

Polvo. Hediondez de cadáveres. Gritos, hambre, desorden, disparos ocasionales, ruina y devastación. Soldados verdes con gafas de sol y botellines de agua. Aeropuerto colapsado. Periodistas con ropa del Coronel Tapioca. Negros hambrientos: “Where’s the help?” Una madre da la teta en la portada de un diario. Apago la tele; cierro el diario. Me encierro en casa.
También sábanas dobladas. Silencio de pastilla a eso de las dos. Calditos sosos y lenguados fríos a las doce, poco después de la ronda de los médicos. Sábanas dobladas. Silencio. Espera. El día es gris tras los ventanales. La mujer de la limpieza bosteza. Silencio. “No, mañana no vengas a verme; estaré ocupada”. El carro con la cena no hace ruido. Paredes blancas; puertas que gimen en los goznes de la medianoche. Esperamos. Espera. Espera. Pasa la noche. El alba. Y así día tras día. Los abrazos se estiran un día más, hasta casi romperse. Bajo al vestíbulo a ventilarme. Ganas de fumar con todos los que fuman. Quisiera saber. Y sin embargo no se sabe. Ni lo que está pasando ni lo que pasará. O mejor no saberlo.

No pregunto por miedo a saber.

She’ol, limbo, tiempo detenido.

En la noche se me encabritó un retorcido árbol. Recuerdo haberlo visto en una portada de U2: The Joshua Tree, que es también un parque nacional en los Estados Unidos, allá en California.

He soñado que T. conducía una ranchera por una pista en mitad del desierto: la velocidad desplegaba, detrás del coche, una melena de polvo dorado. Tornasoles del sol poniente sobre el horizonte. Yo, desde mi lejanía, desde mi altura, la sobrevuelo, trato de seguirla; el silencio de mi vuelo es añil. Ella conduce rápido, flechada hacia el horizonte, por un camino recto en la llanura. Mi vuelo es incapaz de sostener su ritmo: temo perderla. Veo que se dirige hacia el extremo del mundo. Melena de polvos secos campeando en su estela. Veo rocas, veo árboles de Joshua, veo el cielo azul rayado de nubes que el viento deshilacha.

Me he despertado angustiado. Hoy la llamaré sin falta.

Está lloviendo mientras hablo un rato con ella.

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