Delirium tremens a media tarde sin bozal

Está solo, muy solo. No es solamente la sensación de estar solo. Es no oír a nadie, no saber quitarse de los oídos los tapones que le ciegan la vista y le ñublan el olfato. En la calígine sin tiempo de su extravío, se agita, se sacude, se mueve, se arrastra, se siente larva, crisálida, gerundio inquieto; no sabe qué devenir. No tiene ojos, y nada puede ver. Capullo de seda que le proteje, como algodones de anestesia. Colores pálidos, colores amables. Y el silencio. La suavidad de las formas, la inquietud de los silencios pintados en las caras de la gente, delirio, memez de los ladrillos, sombras tristes cruzando los caminos, mierdas de perro en los apartaderos donde se acomoda el alma el rato necesario hasta que pueda hacerse cargo de ella.

Está muy solo. Rodeado de vidrios opacos, traslúcidos, cristales templados que han reventado, que ofrecen sus laberintos sin futuro donde puede uno perderse y él se pierde (con devoción de novena a media voz). Y cuando grita nada se oye, salvo tal vez el crujir de una ramita al dar un paso en la espesura, salvo tal vez el creck de una lámina de hielo bajo la bota, salvo tal vez el último aliento en forma de beso, salvo tal vez la codicia desenfrenada, la lujuria sin piel, a la que el vidrio basta. Le falta el sosiego del catedrático de Estructura Económica. La dulzura de la fenicia. La impasible sonrisa impertubable del puma ahíto.

Entrémonos dentro en la espesura (recomienda San Juan de la Cruz, no le olvidemos a éste, un tipo interesante). Anda, saca el machete, porque estás solo. Muy solo. Delirantemente solo: disfrútalo, tú que puedes (y acuérdate de cuiando andabas sin ir a ningún sitio y pasabas el día estabulado o volando a treinta y tres mil pies de altura). Una rusa, una tenista, un camino y la blancanieves de plástico te esperan, oui monsieur, je comprends pas, Monsieur, y se apagarán las luces, como se han ido apagando los soles, como se han ido las voces, el Señorito te lo dijo anoche: Se habrán cansado de oírte, y tú escanciaste otro trago de vodka en el abismo de los vasos por vaciar, mañana será otro día, en mitad del desierto y de su sed, entre silencios que se estiran, se alargan, se acuestan e insomnes escriben que estás solo. Uno-dos, unos-dos, rechts-rechts-rechts-und-links, y luego un grito Mützen ab, “quien no tiene cabellos, ni nombre / ni fuerzas para recordarlo”, a la derecha, Aaar.

Silencio de nuevo. Las hormigas te van a devorar. Las moscas y las mantis religiosas van a morderte. Se te va a caer la minga a pedacitos, perderás la piel en girones, se te inflarán las piernas en hidropesías sin remedio ni estética ninguna; varices reventonas; máculas oftálmicas; palabrotas del vademecum que hubieras querido no saber nunca. Finale lacrimoso (as usual, my very dear). Te van a entrar los gusanos por el culo, por la boca, por la polla y la nariz, te van a comer, van a nadar en el derrame de tu podredumbre, harán cola en los recodos de tus peritonitis, alzarán el vuelo a oscuras, tomarán el ascensor, se apearán de él y seguirán comiendo, ahora tú, luego él, y aquella de más allá, thriller total, y poco quedará, mechones, pergaminos arrugados, huesos blanqueados por el olvido, por la voracidad del tiempo y de los gusanos, a ciegas y a miles comiéndote.

La vomitera la sientes crecer. ¿Abuso de estupefacientes? No. Tal vez una intoxicación por sobredosis de ibupropión, no sabes, pero es un globo de nervios que toma altura desde la boca del estómago y deriva siguiendo corrientes de viento que se declaran (insolventes) de un lado a otro del cuerpo y que te llevan, te arrastran, se amotinan en los confines de la piel. Tírate al suelo, tírate al suelo, y no puedes obedecerte, delirante incapacidad transitoria que ya canta y se alarga más de la cuenta, ¿querrás callarte, patán de los cojones?, izquierda-izquierda-izquierda derecha izquierda, y el silencio, el delirio. Al fin silencio: durante varias semanas, reclusión en do mayor (motete a due voci –Josquin Despréz los compuso mucho mejores) y finale maestoso en un patio donde un haya de 72 años despunta sus hojuelas con la primaveran, que darán sombra en verano y alfombrarán los pisos en otoño y los pasos cadenciosos a la funerala que te lleva. El abuso de este medicamento puede conllevar pensamientos suicidas, leí en el prospecto; ¿me habré tomado dos pastillas hoy al mediodía? hala, disfruta del delirio, suéltate, suéltate. Y ahora en ellos (en los pensamientos que se me atormentan caída libre –y sin red ni altura posible desde la llaneza de mi estulticia) en ellos ando extraviado, buscando la salida sin saber salir de casa, con miedo, con terror de impedido abandonado en un esquife, cállate ya, ¡joder! que nos tienes hasta los cojones, y lo  intentas, sí, pero ni la segunda persona del singular se te somete y caes y caes en barrena por el yo más conspicuo, Giulia, ti prego di fare une parole amabile, nom d’une pipe, una sola, nom de chien qu’ils disaient (a-i-e-n-t). Y aquel Monsieur AUTAN, creo que así se llamaba, Autan (el secretario podrá concretar, confirmar), no recuerdo bien: blanco se quedó: un tótilo, un imbécil (tal vez tú mismo, o el otro, o yo, o nosotros: el detalle se esfumó); el caso es que uno de la clase pintó una esvástica en el pasto vertical de la pizarra, y blanco se quedó el Señor, el Monsieur, y cruzó el estrado serio (blanco -rígido, envarado, coincé), y cruzó el estrado, dejó su maletín, dejó sus libros en la mesa, nos miró, nos abofeteó en silencio con la mirada, con una mirada glacial y muy tenso se acercó a la pizarra, tomó delicadamente un borrador y borró la esvástica que alguien tú, yo, él, ella, ellos, vosotros, todos, unos, nosotras, algunos, aquellos y todos los pronombres catafóricos (sin olvidar los anafóricos, que nunca se sabe) que estaba en la pizarra cubriendo de oprobio la memoria de seis millones de muertos… con la mano temblorosa aún sujetando el borrador nos dijo a la clase con recia voz de superviviente que jamais de los jamases quiero volver a tener que borrar una cruz tan infame. Dijo infÂme estirando la a circunflejamente como se estiraban las cuerdas de los patíbulos cuando de ellas colgaban a los que no llegaron a ser supervivientes como Monsieur Autan.

Respiro hondo.

He de preparar la clase. Les hablaré a mis señoritas de Monsieur Autan. Les hablaré del silencio en Yad-Vashem, del cielo azul y de los F16 que surcan el cielo de Israel . De cómo rugen los motores de los F16 en un día soleado al otro lado del Mediterráneo.

Respiro hondo. Miro de comprender el trueque del tú al yo; el cambalache entre Silesia y Judea. Respiro hondo.

El mar Mediterráneo, con aquel azul tan suyo. Salía el sol de madrugada. No paseaba nadie por la Corniche de Beirut. Su fina cinturilla se apretaba a la mía, quicir a la suya. Aquella puta se arrimaba a él (que no soy yo ya, yo ya no, no soy, ¿me oyes?), olía a fanta, olía a tubo derramado, a sudor de tapicería sobada, él la enlazaba, reían, él había bebido, caminaban a barrancas por la acera, evitando los lampadaires, ella le llevó a un rincón entre dos camionetas, contra un paredón, contra una tapia (lugar discreto y apropiado para los propósitos lascivos donde ambos enderezaban sus pasos y él la erección). Espera, déjame recordar… No era en Beirut, creo que fue en Casablanca. No importa. Entre dos camionetas, sí, eso fue así: entre dos camionetas.

Respiro hondo. En el encinar la luz se filtra en diagonal. Zumban algunos insectos. Huele a helechos. Murmulla un arroyo de piedras como erres prehistóricas. Una sirena se somorguja como si estuviera sola en un verso antiguo, como si no la estuvieras mirando, deleitándote en sus curvas, en la melena, sus leves pechos, su lánguida palidez indecisa.

Entre dos camionetas. Era oscuro. No recuerdas bien. No. No recuerdo más.

–Qué triste, ¿no?

–Sí, muy triste.

–Lo lamento, es lo que hay.

–Sí, eso. Eso: lo que hay. [Luego de un momento de silencio añades (o añado yo, qué más da, o quizás lo piense el lector que haya logrado abrirse una senda hasta este punto):] Luego dirás que si estás solo y otras mandangas. Te vas callando, ¿me oyes, cabrón? (dícese de una persona: De mal carácter). Callandito te me vas vistiendo y sin chistar en media hora te quiero de nuevo en perfecto orden de revista en… bueno, no sé si en Beirut o en Casablanca, da igual: en la Corniche te quiero, entre dos camionetas, ya tú sabes.

–Susórdenes!

[Exeunt]

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