Sospechas

Sobrevuela entre nosotros la sospecha, y a veces se posa en las esquinas de nuestras charlas. Como un cuervo, la sospecha picotea dudas y medias-sonrisas.

Cuando por primera vez cruzamos palabras por debajo de la línea de flotación de nuestras sonrisas, B. empezó a sospechar que mi vida era una farsa, una tapadera, un doble fondo de verdades maniatadas y desmentidos. Mis viajes a Oriente Medio, mis viajes de un par de días a Moscú, con parada en Zurich a la vuelta, las tardes ociosas en Argel, los continuos ires y venires por el Mediterráneo, las cosas que a mi vuelta contaba a media voz, los miedos en suburbios de Europa, en barrios oscuros de Moldavia, en fríos sin piedad de Oslo, en soles irredentos de Galilea, reuniones en un bosque navarro, la luz pétrea de las llanuras jordanas, los alfombrados lujos en el Golfo Pérsico (y aquellos dos polis sacando a rastras a un herido de un hotel de Teherán), las tardes de ocio en el Louvre, el fin de semana en un desierto sin nombre en el sur de Omán, encima de la raya del Yemen, o tal vez en territorio comanche. Más no puedo decir. Y no decía, callaba, tiraba una roca al cauce de la charla y desviaba la conversación como agua del río llevada al jocoso molino de las parrandas y los usos sexuales de la gamba langostinera en los caladeros tailandeses. O echo a mariposear por las estribaciones orientales del Kegel 626 y su Tuba mirum spargens sonum / per sepulcra regionum / coget omnes ante thronum, me desmeleno con la potencia de la trompa en este fragmento, y la fuerza en el Dies Irae, el poderío compositivo de Le radeau de la Méduse, las nalgas divinas del Zeus que se exhibe en Atenas, en el museo de arqueología, el Zeus de Súnion que estuve mirando y volviendo a mirar una tarde entera sin cansarme; a eso de las siete fui a vaciar una cerveza en Plaka (el día antes, en Beirut, me hubiera apetecido, pero no tuve tiempo de escaparme a los barrios del norte). Luego de la cerveza en Plaka, me reuní en la plaza Syntagma (¿dónde si no?), liquidé mi asunto y emprendí el vuelo de retorno a casa, haciendo escala en CDG. 


B. sacó la conclusión equivocada: Pedro se dedica a vender armas. La abrazo. Espanto al cuervo de las sospechas con un manotazo. Y recuerdo que he de seguir buscando lugares donde escaparme de la felicidad. Y que debo conseguir un cuchillo de monte adecuado. ¿Quizás un Ka-Bar, el cuchillo de combate del USMC?






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