Esbozo de recuerdos ; apuntes de futuro

Con la cara cubierta por un pañuelo de cuadros moros, arena y añil en simetrías ornadas de grecas plateadas que el viento hace campear al ritmo manso de sus pasos. Con la cara embozada, con la pulsión confusa. A cara destapada, remacha martillo. Azules ojos de belle dame aux yeux bleus.

Con los ojos abiertos, exorbitados ojos que buscan palabras en los laureles. Con las manos abiertas, con los brazos abiertos, con las largas piernas abriéndose y cerrándose en el aire. Con la voz ronca de tanto saber lo que calla. Con la inmovilidad del tiempo que no se detiene, sino que se desploma súbitamente y sofoca cualquier motín en ciernes de la mente. Fluye la vida como sangre por las venas de la noche, mientras los laureles cuentan el último chismorreo a la luz amarilla del atardecer: a lo lejos, las cimas rosadas de las montañas, el claro cristalino limpio neto cielo azul, y el oscuro murmullo que no cesa de los laureles, que quizás retiemblen recordando a Laura como un sauce. Blanca flor, temblor de intimidad abriéndose con suavidad de pétalos. Hosanna a dalt del cel!

En la esquina quieta de su llanto que no cesa, una diosa (otra). Otra vez el nombre de una diosa, otra vez la fascinación; otra vez el perro de arriba que ladra: Tranquilo, que todo pasa. El Leteo y Circe en una misma vena palpitando, miradas tiernas, timidez exasperante. Curiosidad y miedo.

Luego: ya definitivamente callan los laureles, y ciñen la cabeza del augusto que de su pedestal ha bajado a tierra dispuesto a no olvidar nada, a no obviar nada, a recordar todo. No olvidar ni el llanto ni la flor, ni el rosa de las cumbres, ni el azul del cielo ni el embozo de la memoria que a menudo me precede.

Entremos dentro en la espesura, y gocémosla. Las frondas densas, el brillo amarillo del contraluz en los laureles, el césped y las hojuelas de los robles. Gocémosla. Contemplémosla. Admirémosla.

No pretendamos ordenar la realidad. No pretendamos narrar la realidad. No pretendamos hacer del mundo una historia (sólo una historia), porque sería ordenar el mundo según una visión perecedera (la nuestra, la mía). Contar el mundo es incompatible con su condición de inmarcesible realidad. Desde el aquí y ahora, y con la mansedumbre de los laureles al atardecer, limitarme a explicar lo que hay, lo que he visto, lo que fui, lo que soy (o intento ser). Hacer con los recuerdos un hatillo de gerundios, un nudo catafórico y colgar por los pies, sin piedad, la realidad de la más alta rama de los pronombres deícticos.

Respirar hondo. Planear. Aterrizar. Escribir.

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