En mitad de la fronda

Es necesario ahondar en el corazón del bosque para descubrir que siempre hay sendero, siempre hay camino, siempre hay manera de abrirse paso. A veces será un camino amplio y bien trazado, pista forestal con cunetas y escorrentías encauzadas, con taludes a ambos lados y centro combado para que no haya charcos. A veces será apenas un rastro de matas inclinadas, un serpentín hueco en el sotobosque que se escurre. A veces no habrá camino. A veces creerá el caminante que es imposible abrir uno.

Pero es necesario atreverse a penetrar honduras para aprender a respetar las virtudes del Quercus Suber, para aprender a temer las bayas rojas del rusco (ruscus aculeatus, galzeran en mi país). Sólo en la espesura podrás degustar el granuloso refresco de los madroños en otoño. Sólo perdido en un desmonte, agotado por el esfuerzo, puede uno oír en el fluir de sus venas el trino de los pájaros. Es necesario reptar entre troncos, entre tocones, arrastrarse sin complejos sobre la crujiente hojarasca, sobre el barro, sobre la olorosa capa de vida en descomposición que alimenta al bosque, para saber que sí es posible, siempre, avanzar en mitad de lo más enmarañado. No es cuestión de ser valiente: es cuestión de ser perseverante; o simplemente cuestión de ser. (No siempre es fácil ser.)

Es preciso esforzar el cuerpo monte arriba, asirse a los troncos para escalar, arrodillarse a ratos para salvar malezas imposibles, hay que tragar sudores cuesta arriba y pincharse y resbalar y arañarse la frente y dejarse los cuernos en la subida, levantarse si uno ha caído y seguir trepando, seguir abriendo caminos en la ladera, o atisbar los senderos que los jabalís despejan de noche para que puedas subir.

A veces tres horas (o cuatro o seis o diez horas) de marcha te llevarán a una cima roma y arbolada desde la cual no podrás ver el paisaje aledaño. No importa: sentirás el frío viento alto que despeina el aliento. Verás en la cumbre charquitos de diamantes: hielo. Crujirán con un escalofrío las hojuelas heladas del roble que a cada paso pisas. Habrás llegado. Y en tu mochila habrás metido los recodos, los momentos de desorientación, las alegrías del sol, el premio del esfuerzo de subir.

No importa que en mitad del bosque no haya camino, porque lo que importa es dónde vas tú; porque haces camino; porque harás el camino.

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