Una tarta en la cabeza

Ya no es posible asistir a la muerte. La muerte en nuestra sociedad occidental ha sido desterrada. Se muere la gente sola, entre fríos brillos de hospital, tras las cortinillas, lejos de casa. Si ajusticiados, se les inyecta a los reos una sustancia letal en las honduras de una penitenciaría (probably in Texas).

Antes no era así. Antes los castigos corporales que se infligían en las calles de nuestras ciudades atraían a los mirones. Eran un espectáculo. Los patíbulos eran un show (gore). En tiempos de Roma, ¡aaargh! ¿qué no podría decirse de los días en que se llenaban los circos de gladiadores? Podría decirse: ¡Qué tiempos, aquellos! Véase Tácito e tutti quanti (me entran ganas de citar lo que cuenta que Nerón hizo con aquellos que se decían de esa perniciosa secta cristiana cuando Roma ardió…)

Llevo días leyendo a Ariès, un historiador francés (y dominguero) que ahondó en la historia de las mentalidades, que se puso a nadar contra corriente y que sonsacó verdades como truños de espesuras documentales (es el “inventor” de una disciplina jugosa y con mucho vicio: la demografía histórica). De Ariès estoy leyendo Historia de la muerte en Occidente.

Hoy he vuelto a perderme montaña arriba. 6 horas de caminata en hondonadas, subiendo y bajando laderas, cruzando espesuras, abriéndome caminos a fuerza de bastonazos contra la selvatiquez.

De bajada me he parado a visitar el cementerio de Sant Pere de Vilamajor. Sus puertas abiertas y mi hambre  convidaban al reposo, aunque no fuese eterno. He estado viendo los nichos, leyendo las lápidas, mirando las flores; sentado en un banco, al socaire de mi cansancio montaraz.

He estado tentado de entrar en uno de los nichos que boqueaban sin estrenar en un extremo del columbario, de estirarme, de hacerme una idea de la estrechura, de la sensación de agobio. Claro que… una vez muerto, no hay sensación de agobio. ¿Lo leí en el Manual de Epicteto o en Marco-Aurelio? Nyeeecs, no recuerdo, pero así decía, más o menos: si estás vivo, la muerte no está; si estás muerto, no hay preocupación ninguna, porque no estás ya.

Me he acordado de que en Turquía se abre en estos días un juicio contra tres hombres acusados de enterrar viva a una chiquilla de 16 años presuntamente culpable de haberse dejado ver con un chico. La autopsia reveló que los pulmones y el estómago de la chica estaban llenos de tierra: había luchado en vano por salir de la tumba.

Luego me he dicho que tengo capricho de una boina de los chasseurs alpins, que es boina amplia donde las haya, de 12 pulgadas… mejor pongo una foto tal que así:

En el bosque no sé, pero en los cafés de la bohemia, luciré con esplendor. Y reemprendo la marcha, de vuelta a casa. Como. Siesta. Y me siento de nuevo frente a la ventana asomada al mundo del vidrio.
Y sigo trabajando con Géricault y su Cuirassier bléssé quittant le feu, pintura que cuelga en las paredes de la sala Denon del Louvre.
Desde luego, es más cómoda la tarte de los Chasseurs Alpins que el casco del coracero de 1814. Y no debiera quejarme: peor y más incómodo es el chacó o colback del Chasseur de la Garde:



Las dos pinturas que aquí cuelgo son de Géricault. Las dos se exhiben en París. Esta última es de cuando Napoleón cargaba y salía vencedor (1812). La otra es de después (1814).
Y por terminar con Géricault: Enfermo de depresión (de spleen), se dedicó a pintar a enfermos mentales:
Y siguiendo con mi neurosis y mi afición a las prendas de cabeza, obsérvese el chapiri de este loco (Le monomane du commandement militaire, probablemente un viejo soldado napoleónico apartado del servicio tras la Restauración).
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