Séneca: psicoterapia desde el retrete

Me gusta Séneca. Ahora que he de pastorear mis vacas flacas por ocios sin horizontes, ahora que no tengo con qué pagar a mi psicoterapeuta, tiro de biblioteca y releo las cartas a Lucilio. Si las leí hace un par de años en una estupendísima versión francesa abreviada (muy amena, muy recomendable para aquellos francófonos que deseen dar un tiento a esta psicoterapia), ahora moro y pugno en las anfractuosidades de una versión canónica publicada por la Fundació Bernat Metge en el 1927.

Séneca es un estoico romano. Pero no es exactamente un filósofo, en tanto no ofrece un “sistema” filosófico, y sus cartas son amenas; podría decirse que son charlas entre un sabio y su discípulo, y nosotros, lectores, nos colamos de matute entre el autor y el narratario. Las epístolas morales abarcan numerosos temas, en general bastante comunes, preocupaciones cotidianas, inquietudes y angustias sin otra enjundia que la que el sabio le adereza. Del Diccionario Filosófico de Ferrater Mora (tomo 4, pág. 2983) extracto el siguiente sumario:

La filosofía es pues, para Séneca fundamentalmente un “asunto práctico”, es decir, asunto encaminado primordialmente al “bien vivir”, lo que quiere decir no el alcanzar goces o placeres, sino la verdadera felicidad, la cual es paz y tranquilidad del ánimo. Esta paz y tranquilidad tienen que ser “permanentes” para que tengan algun valor. Pero a tal efecto es menester que el hombre se contente con lo que tiene “a mano”, ad manum, sin buscar lo externo.

Y buscando aclarar dudas, dando consejos y dando cuenta de sus puntos de vista en aras de lograr esta paz del ánimo, Séneca escribe las Consolaciones, los Tratados morales y las Cartas a Lucilio. Y en todas estas obras, sin irse muy lejos de la realidad, sin atragantarse en palabrotas, con los pies a ras de calle (y aún en las letrinas como se verá), Séneca saca ejemplos, halla remedios y explica virtudes y sensatas maneras de hacer las cosas, de vivirlas, de sentirlas.

Séneca, junto con Virgilio, es uno de los sabios romanos que a menudo la Iglesia ha querido apropiarse. Por suerte, con esa vis práctica que caracterizaba a los romanos, Séneca planta entre sus cartas morales la defensa del suicidio como postrera libertad que siempre le queda al individuo (tesis que resulta inaceptable para la Iglesia). Y así con desparpajo y sin cortarse (con la misma amenidad con que en la epístola LVI cuenta sus guerras con los gritos que le estorban proveniente del baño instalado bajo su residencia), con esa soltura que hace de las Cartas a Lucilio un documento de la vida en la Roma imperial, nos cuenta cómo “No fa gaire, en el circ de les bèsties, un germànic que es preparava per a l’espectacle matinal, s’apartà per una necessitat del cos, únic recés on se’l deixavaanar sense guardia, i en ésser allí, prenent el bastó que té adherida l’esponja per a torcar-se, se l’enfonsà tot a la gorja, i així, escanyant-se, morí ofegat. Això fou una injúria a la mort. Sens dubte: poc delicada fou i poc decent aquesta manera; però ¿què hi pot haver més neci que ésser delicat en la manera de matar-se?” Y añade luego nuestro sabio: “La mort més grollera és preferible a la servitud més elegant” (Epist. LXX).

Tácito, Plutarco, Julio César, Virgilio, Plauto… Leer a los romanos (y desde mi modesto punto de vista, particularmente a Séneca) es ver el  mundo con ojos más limpios, más honestos, ojos panópticos, clarividentes, ojos que, centrados en sí mismos, ven la realidad (y la cuentan) con colores más vivos. Eso sí: estemos preparados: la realidad tal cual, cruda, cruel, crudelísima… Porque no existía entonces la corrección política. Los colores eran más vivos, la sangre color burdeos, la sarna picaba, las mujeres parían con dolor, los más de los niños no pasaban de los dos años, la carga de una cohorte era una monstruosidad que los mozos de hoy en día no sustentarían sin diagnósticos de shocks post-traumáticos a tutiplén; asimismo, los mármoles de las estatuas eran más delicados, más leves, más blancos níveos blandos ciertos bellos…

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