Quien siembra vientos, cosecha tempestades

Quien siembra vientos, cosecha tempestades.

Y éstas se acumulan en las gavias de alambre al final de la era, en los hórreos, en los graneros, en las cochiqueras abandonadas, en los rincones poco visitados de la casa, en el cuarto donde murió la abuela y que nunca más se abrió, en los altillos, en los desvanes, las zonas grises y oscuras de los establos, por entre las tinajas aceiteras, por los rincones sin barrer, en los cajones atascados de la cómoda donde aún se guarda, sin que ya nadie lo recuerde, una foto ajada del Caudillo, por las sombras ratoneras de las vigas. Por todas partes crecen las tormentas.

Y no son de lluvia, no. Son pañuelos floreados. Son pañuelos azules, son verdes risas, son mentiras acorazadas, miedos aherrojados, palabras que se cincelan cada rato en varias posturas, pronas, supinas, geométricas, de látex, de guante de seda y truño de acero, trecheando contrafobias cuesta arriba, y televisiones con sus correspondientes gacelas Thomson. Séneca ampárame.

Quizás ofrecimos demasiado en el primer envite. Demasiada carne en el asador, trop croustillante. Quizás la coraza tenía en su frontal un relieve con una alegoría demasiado explícita, o tal vez era transparente la coraza: y a través de ella podía bien verse el vacío de un pecho hueco. Tal vez era todo un bluff.

Desnudos, escudados en la progresía del placer, sudor, jadeos, risas, placer placer placerplacer plaaaacr se escurrieron las últimas verdades de todas las mentiras, last call to Heaven. ¿Quién soy yo? No tanto el Que sais-je? de cuando estudiábamos sino el Qui suis-je? de cuando naufragábamos.

Silencio de abadía belga (Grimbergen blonde si puede ser). Trenzas de hierbas verdes. Una hamaca en Oaxaca. Un beso de noche. Una gran luna sobre el llano nevado, resplandecientemente blanco (menos 20ºC). Una vespa por la ronda. Una voz tierna del Norte. Una muñeca de purpurinas. Un laberinto de abrazos, una risa ahumada, un mechón de su cabello, un teepee en las praderas.

Puse cuerpo, cuerpo cosecho. La cosecha ha sido pródiga. Y me faltan graneros donde atesorar las sonrisas, los abrazos, los besos, el cariño, los consejos, y hasta (ai las) hasta el amor. Malgastado amor que riega los pasos del desdichado Atila que suscribe.

Quizás deba poner en marcha el bull-dozer (como en Bergen Belsen) y empujar a tantos cuerpos hacia la fosa. ¿Para qué tantos? En cada uno de elllos emprendo una huida, a lomos de cada uno de ellos atravieso una tormenta. En cada uno de ellos me dejo jirones de tiempo que el viento se lleva.

Uno de mis personajes dice “No, no sé por donde viajo; chequeo el calendario, abro la maleta: así me ubico. Si no hay guantes en la maleta, esto es Arabia. Si hay guantes, estoy en Rusia. Al final, es todo bastante simple.”

Hoy, sin maleta, sin cartera, sin visado, sin aliento, hoy no sé dónde estoy, por dónde navego. Hoy no sé si, acaso, estoy naufragando. En cualquier caso, sé que no dispongo por ahora de las llaves del bull-dozer.

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Una respuesta a “Quien siembra vientos, cosecha tempestades

  1. Un texto bastante absurdo, no se si hay que leer las entradas anteriores para comprender mejor la trama; cargado de muchas ideas, pero interesante lo escrito da pie para la imaginación.

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