Por la oscura región de nuestro olvido

No se ha desperazado todavía el día. Son las seis, las seis y diez. No se oye ruido ninguno detrás de las paredes, silencio en la calle. No circulan coches, no se oye el tintineo de la campana que, detrás de la puerta de la tahona, repica cada vez que entra alguien a comprar pan, en la casa frente a la mía. He puesto la radio y me interfieren las canciones en castellano, las de Sabina, porque no es sobre esto sobre lo que quiero hablar. No.
En realidad quiero llenar papeles con esta reflexión en torno a mi incapacidad para comprometerme conmigo mismo. Será la primera vez que me siente aquí, a esta silla, a esta mesa de escritor que, hace meses, con ilusión, decidí montar en el salón para poner un sitio a mi vocación. Un escritor es un hábitat, me enseñó Marisol Oviaño. Ahora el reto es conseguir un hábito, una costumbre diaria, un horario matutino y continuado para llevar a cabo lo que me he propuesto. Repetir cada mañana los gestos: madrugar, poner el café, meterse en la ducha, vestirse escuchando el sumario de las noticias en la radio de las seis en punto y sentarse luego aquí con el tazón de café a escucharme, transitando por la oscura región de nuestro olvido, y rescatar de ella lo que se pueda poner por escrito, lo que merezca seguir flotando en los papeles, verterlo en ellos de la mejor manera que sepa y acabar el día con la tranquilidad del trabajo bien hecho y la ilusión de seguir escribiendo mañana. Ya se verá. Se irá viendo.
El escritor como ingeniero. En el caso que me ocupa (esto es: el mío), problema no menor es saber si escribiendo lograré la paz, la tranquilidad que la trashumancia por tantas camas ajenas no me da. Tranquilidad del trabajo bien hecho. Mas no soy ingeniero, yo; así decía que tenía que ser el escritor, eso decía Claude Simon. Yo no estudié para ingeniero. Y no estoy seguro de saber poner las letras en su sitio, de articular las frases, de vencer los terrores que me atenazan como el mono de los drogadictos, una angustia en el esófago, una salivación intempestiva, una tensión en el maxilar, en la cara un sudor que no se derrama, pero que sería frío. Las palabras se acumulan cuando no tengo delante el papel, el PC. No sé qué decir, en cambio, ahora, que todo me es dado decir. Ante la vastedad del papel blanco que la blancheur défend, me pierdo. Y temo no tener fuerzas bastantes para luchar y vencer la bataille de Pharsale que cualquier obra literaria supone.
Sensación de extravío. Miento; mintiendo, tal vez halle mi camino, una simple traza sobre la hojarasca, un sendero entre campos, resiguiendo laderas, subiendo y bajando lomas, acompañando ríos con la paciencia de los gerundios. Buscando la clave que nunca se ha de hallar.
La clave está en el disfrutar. Hallar de vez en cuando locuciones felices como esta que acaba de escapárseme: con paciencia de gerundio . Me gusta. Transmite.
De las virtudes del gerundio. La mayor y principal es que se trata de un verbo en curso. Un verbo, es decir una acción, que no se acaba, que ha empezado, que está teniendo lugar. Es un verbo del presente más conspicuo. Y yo prefiero estar jodiendo a explicar que follé. “No es lo mismo, señoría, estar jodido que estar jodiendo”, dijo Cela una vez. Pero yo podría enmendarle y añadir que es muy malo estar bien follado y sentirse jodido, que también eso ocurre.
Me vence, pues, el presente. Sin presente no tendría hambre, ni me levantaría inquieto cada dos por tres, ahora a buscar café, ahora agua, a orear el salón, apagar la radio, encender la calefacción. Cualquier excusa es buena para huirme.
De mi continua vocación de huida. Digo a menudo que la huida me atormenta. ¿Pero la huida de qué? Huyo tanto de sentarme a escribir como estoy haciendo (bendito gerundio) como del no sentarme. Y si estoy aquí, de continuo deseo estar allá. Si pienso en mí me agobio; si me invento una historia de botellas de vodka tiradas por el suelo en una sala de billar me huyo, o me invento, o me las he bebido yo. Si repaso la oscura región de mis recuerdos, me pierdo en la desmemoria, me escurro por el albañal de mis olvidos, y si en cambio me centro en el aquí y el ahora me ciño a esta quietud de cenobio, enciendo un palito de incienso y pienso en todos aquellos que llevan tres horas ya trabajando, en los que ahora se despiertan para ir a trabajar. Pienso en los otros y me vuelvo a perder. Y deseo, con vehemencia deseo, que un día, al girar una esquina, súbitamente topar conmigo, pam, choque de frente; yo conmigo mismo: ¡Hostia! qué alegría, ¿tú por aquí? Sí, ya ves…
Tratar de poner orden a este desgavell de frases sueltas. Aclaremos que desgavell es voz catalana que me ha venido a la cabeza como el hambre que me gruñe en el estómago. Porque aquí y ahora vivo en un país sin estado dentro de España y que no estoy cómodo del todo en castellano, pero que lo estoy menos en catalán, que no tuve ocasión de estudiar debidamente. Cosas que pasan. Nací en el 69. Aunque no hice formación del espíritu nacional, tampoco me alcanzó la enseñanza del catalán.
Son las siete. Y cuento ya 859 palabras. Lo cual quiere decir que puedo componer a mil palabras aproximadamente por hora. Jajajaja. Voy a mil por hora. ¿Así, cómo voy a sosegar mi alma escribiendo? Mil palabras en dos páginas. No sé si está bien o mal. Lo que sé es que no he escrito nada consistente, sino deslavazados pedazos de palabrarería sin interés, diario de un arrancando, de un queriendo ir sin saber aún dónde. Y sensación pétrea de que a más palabrería, menos lectores. ¿Cómo van a seguirme los lectores si no les apunto adónde vamos? Bah, ¡pero si no lo sé ni yo! “Como moscas en manos de niños crueles”.
No es cierto: sé dónde quiero ir. Quiero que mi libro se encentre en las estanterías de la FNAC, que su portada se vea, que se compre, que se lea en última instancia. Deseo pagar la pensión de mis hijas y las facturas de teléfono con lo que me dé la pluma. Quiero hacer el horario laboral que yo me imponga, no tener que seguir a rebufo de los horarios ajenos. Quiero vivir de escribir. Quiero escrivivir. Y así ando yo escrivibiendo con esta angustia en el esófago, este miedo que caracolea dentro de mí, que me provoca arcadas, que desagua mis entrañas en el wc y me marea de hambre. En cuanto abran la panadería, entro a comprar un bocadillo. Será la pausa de las ocho. Hasta entonces, sin pensar, trataré de llenar hojas. He de mejorar la iluminación, mover la lámpara para que la pantalla del lap-top no dé sombra sobre el teclado. Estoy salivando. Preludio de la vomitera.
Llevo tres días con cagaleras leves, licuefactos miedos que evacúo sabiendo que son los que tengo de estar aquí y ahora. Ahora me tiembla el maxilar, noto la excesiva salivación que me llena la boca, es miedo. Pero ¿miedo a qué? ¿A no ser un buen ingeniero de las palabras. ¿A seguir defraudando a tanta gente? Son muchas ya las personas que he defraudado. A tantas les he dicho que era lo que tal vez no me atrevo a ser. Oh! Tantas tantas que da miedo estirar la lista sobre el papel. Sería larga.
Y aquí lo dejo por ahora. No sé qué más añadir. Desistimiento (que es una forma irregular del gerundio). Derribos y excavaciones (Benjumea, que es un cartel que recuerdo haber leído en tiempos, con la señera en el logotipo de la valla o del cartelón, con una pila de cascotes, de escombros, tras la valla). Miedo atenazando el estómago, la salivación que no cesa, la boca del estómago desbocada. Sensación de estar perdido en el tremedal de mis dudas (tremedal: palabra que, como ciénaga, siempre me gusta poner en mis textos. También la palabra volandera. Al igual que austro-húngaro es una voz que no falta en ninguna de las películas de Berlanga). Son cosas que pasan. Que al menos, a mí, me pasan. Manías de ingeniero de tres al cuarto.
¿Qué se le va a hacer? ¿Y de dónde viene todo esto? Me refiero a la martingala de ser escritor. ¿A santo de qué?
Cumplo años el 28 de Junio de cada año; así ocurre desde que nací, y desde que tengo memoria así ha sido. Es una costumbre que adquirí recién nacido, aun cuando me parieron siendo muy pequeñito, como si ya las tradiciones, las costumbres y consuetudes me atrajesen y diesen seguridad.
El caso es que el día antes de cumplir los diecisiete años, estaba yo en la cama, tratando de dormir, y desvelado y sin lograr conciliar el sueño de ninguna manera.
La razón de mi insomnio estaba escrita en un papel que tenía en mi mesa de estudios en mi mismo cuarto, y que unos días antes había ido a buscar a Pedralbes, concretamente al cuartel del Bruch, que era la caja de recluta que me correspondía por vecindad.
Había ido a buscar la instancia (pues de una instancia se trataba) y la había cumplimentado. En el primer cajón de mi escritorio estaba: declaraba mi nombre, mi edad y mi domicilio, daba mis señas de identificación enteras y había marcado unas cruces y escrito los destinos a los que deseaba presentarme voluntario.
Sólo tenía tres opciones a esa joven edad: La Guardia Real, la escuela de Guardias Jóvenes de la Guardia Civil y no recuerdo bien qué otro cuerpo (quizás la Legión). Yo deseaba integrarme en la compañía de Monteros del Rey. Si no me cogían, debía esperar incorporarme a filas dentro del llamamiento habitual, esto es, a los dieciocho años. Yo quería irme al ejército. Quería ser de la Guardia Real.
No estaba contento en el colegio. Tampoco lo estaba en casa. Tampoco estaba bien de amores. Quería ver mundo. Quería entregarme a mi vocación militar que, desde que tengo memoria, me hacía abrir los ojos viendo cualquier uniforme, máxime si era militar. Sabía mucho de armas, de organización, de estudios militares… había estado mirándome los planes de estudio de las diferentes acadaemias militares (suboficiales, oficiales, aviación, Armada…), pero la consciencia de que no era bueno en ciencias me hizo descartar las academias militares.
Había un problema: necesitaba la firma paterna, porque era menor de edad.
Y me debatía entre la carrera de las letras y la militar. La pluma y la espada.
No dormí esa noche. Sopesando pros y contras de una y otra carrera. Insomnio febril sin saber qué decidir. Hamletiana noche lejos de Elsinor.
El día que cumplí 17 años decidí que sería escritor y que me matricularía en Filología Hispánica.
A toro pasado, esto es, con veintitantos años de perspectiva, creo que opté por las Letras porque no tuve arrestos para ir a pedir la firma que me faltaba. Si no tenía cojones para pedir la firma ¿cómo iban a suponer mis mandos que tenía coraje? Me dedico a las Letras y santas pascuas.
Y estudié la carrera. Más o menos.
Pero si me paro a contemplar mi historia, y considero dónde he llevado mis pasos, puedo decir que hecho la guerra en estos años más que otra cosa. Mercenario he sido. Mercenario del comercio.
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