Dentro del Laberinto

Una idea súbitamente estalla en mitad de un abrazo.

Del mito del ateniense Teseo y el Minotauro de Creta: El hilo de Ariadna. El Minotauro en su Laberinto y las vírgenes que han de ser sacrificadas. Dédalo, que construyó el Laberinto, no se sabe si para proteger o para perder en él al monstruo que Pasifae engendrara. Egeo, que espera ansioso el regreso de Teseo (vela blanca, vela negra). Eribea y el anillo de Minos. Ariadna, la cretense, que ayudará al forastero si éste, al salir victorioso, la lleva luego lejos (como Medea le dice Jasón que se la lleve también cuando tenga el Vellocinio).

Fruto imposible de amores prohibidos, el Minotauro reside en el centro del Laberinto. Ahí vive oculto y lejos de todos, hasta ahí le llevan su tributo de sangre. Ahí, en el centro de su Laberinto, el Minotauro no sólo está escondido; también está protegido. Al Minotauro el Laberinto le protege tan bien como le encubre: las sinnúmeras puertas, los muchos pasillos, los rellanos, los distribuidores y las galerías ciegas, las muchas salas, los muchos sitios recoletos que ideara Dédalo tanto ocultan como protegen al Minotauro, que duerme en su centro.

Tememos al Minotauro, porque es medio bestia y medio hombre. Uno teme al Minotauro porque la enjundia de su verga destripa hembritas sin piedad, su voracidad no se sacía con el tercer coito, y revienta placeres por delante y por detrás. Ronronea, muge, hierve, caracolea, embiste, hiende, clava, asesta y se derrama y se derrumba; y se yergue al cabo de un rato otra vez y retoma el siempre inacabable asalto. Por eso es temida la fiera velluda, el monstruo insaciable. El Minotauro es grueso, poderoso, peludo, torvo y torpe: sobre los hombros crece un cuello descomunal, una testuz, los pitones, la frente recta, los ojos inmensos del toro. Entre las piernas le cuelga un rabo sin complejos y los testículos.

Teseo es rubio, ario, fuerte, joven, recio, lampiño y masculino, educado; perito en versos y ducho por igual con las armas. Viste una túnica ligera, calza sandalias, y una cinta le ciñe la melena rubia bajo el sol del Egeo. Teseo navega hacia Creta: él, príncipe del Ática, matará la fiera y liberará a su patria del tributo de sangre que regularmente han de pagar los atenienses.

Tomando en una mano un extremo del hilo que desovilla Ariadna, Teseo se mete en el Laberinto. Espada en alto, pasos cautelosos, miradas avizores y el terror en cada esquina, Teseo entra dentro, se interna explora recorre visita reconoce se adentra se apropia conquista el Laberinto. Anagnórisis hacia un centro cuya ubicación se ignora. Hundirse en el Laberinto es adentrarse en el edifico siempre en construcción de nuestros propios miedos.

A medio camino Teseo intuye que el Minotauro no está, como le han dicho, en el centro del Laberinto y que le espera dormido; está, en realidad, recorriendo él también el laberinto todo, desesperado, perdido en él como perdido está ahora Teseo, que tiembla, que tiene miedo, que aprieta con fuerza las nalgas y el cabo del hilo que le une a Ariadna, que le espera en la puerta.

Teseo, como Edipo sin ojos, a oscuras ve mejor. A lo lejos, al final de un pasillo a oscuras Teseo vislumbra una luz vacilante. Se pregunta: ¿Será la salida? ¿El ansiado centro?

Pero enseguida descubre que es el Minotauro, como él perdido en el Laberinto, con una antorcha en la mano, buscando también él a tientas la salida, recorriendo las estancias sin final, pesadillescas, de la mansión que diseñara Dédalo para él. Teseo, sabio ateniense, recoge el hilo y rehace el camino. Al salir declarará cumplido el encargo. Teseo, el apolíneo, descubre que Minotauro es simplemente un Teseo pobre y desgraciado perdido en su Laberinto y protegido por él.

En la singladura de retorno a Atenas, en la Isla de Día, Teseo abandona a Ariadna. Baco vendrá a desposarla. ¿Por qué? Porque a Ariadna, Baco le hará probar las mieles de la ebriedad, le hará distraerse, evadirse, escaparse de su rol ingrato de portera controladora a la entrada del laberinto adonde ha metido al bello Teseo para luchar con y matar al fiero toro. Ariadna es abandonada en Día por haber capado al mundo de los orgasmos desaforados del Minotauro, por haber mandado a Teseo a cortar la potra y la pujanza sin vergüenza del Minotauro.

Por no haber querido/sabido reconocer en Teseo al mismo Minotauro.

Otra idea al hilo de este mito: el mundo es nuestro Laberinto. En él nos sentimos tan perdidos como protegidos. Y viene en parte el terror del hecho (erróneo) de creer que ocupamos un centro en él; craso error: nos movemos en él a ciegas, periféricos sin consuelo como somos, ignorantes, incapaces de narrar el idiot’s tale, temiendo topar con Teseo, que nos busca para caparnos, o temerosos de hallar la salida que nos extirparía de nuestra condición de perdidos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s