Desde el Laberinto

Recordar el mito del Laberinto y perderse en él ha sido todo uno.

Teseo contra el Minotauro. Teseo que entra a buscar al monstruo para acabar con él; y el monstruo que en el centro del Laberinto espera, acaso durmiendo, a su verdugo. Miremos bien la escena: en realidad es el verdugo (de las vírgenes atenienses) a la espera del verdugo (que es Teseo): ambos son verdugos, y el verdugo (y la condición de ídem) cubre por igual la cabeza rubia del príncipe y la testuz fiera del toro. Ambos personajes, en el fondo, se buscan. En las entrañas del Laberinto, tratan de encontrarse: ambos personajes, en sus entrañas (entrañablemente) se pierden mientras se buscan en el Laberinto.

Miremos bien la escena: un príncipe y un monstruo. ¿Quién no ha sido príncipe (o princesa)? ¿Quién está seguro de no ser un monstruo?

Teseo. Como una estatua de Fidias: limpio, deslumbrante, poderoso, valiente… Sobre él todas las cualidades brillan, aureolando su prestancia. Se interna sin miedo en la boca del lobo (eso aparenta, aunque prudentemente se ha procurado la ayuda de una mujer a la que, caballerosamente, deja a la puerta: él se bastará para afrontar el peligro y rematar la faena con una estocada digna de su virilidad). Él es el macho civilizado. Apolíneo.

Asterio (o Asterión, las fuentes discrepan –Apolodoro, Pausanias) es el monstruo minotauro. Monstruo sin remedio ni atenuantes, en eso coinciden todas las fuentes. Espera dormido. ¿Dormido, durmiendo? Soñando. Asterión espera soñando mientras Teseo por la puerta entra y le busca por los pasillos y las estancias del Laberinto.

Si ambos son verdugos, si el príncipe entra… ¿Con qué sueña Asterión? Sueña con salir, con volar, con huir, con ser liberado, con abatir muros y murallas, con abrir puertas; sueña con salir del Laberinto en el que le han encerrado (para esconderle y para protegerle). Asterión sueña con una orgía perpetua que le redima de su soledad, del miedo que a sí mismo le ata. Con eso suena Asterión. Y Teseo también.

Teseo se cruzará con su víctima. Y uno de los dos, sin que hoy podamos determinar cuál de ambos es, podrá decir, como Angelus Silesius, oscuro franciscano alemán del s. XVII, podrá decir: “No sé lo que soy, no soy lo que sé”.

Teseo, cruzado con Asterión, nos deja un híbrido que me representa: infértil engendro, poderoso monstruo de voracidad insaciable, que cuida de vestirse con una refinada túnica de hechuras según la moda de la más excelsa cultura; monstruo infantil, caprichoso, en lucha siempre por singularizarse en el mercado (Freud diagnosticaría “narcisismo de las pequeñas diferencias”), insatisfecho y quejumbroso. A pesar de la apariencia ruda, fino artista del victimismo sin razones.

Monstruo básicamente confuso: No sabe si entra o si sale; si desea matar al monstruo o poseerlo; no sabe de cierto si desea huir del Laberinto o si prefiere seguir acurrucado en su amparo uterino; no sabe si quiere usar de Ariadna o abusar de ella; ni sabe en el fondo (del Laberinto) qué hará frente al espejo. Tampoco sabe si la opinión ajena le saciará; teme quedarse con hambre si sólo de la suya se alimenta; en realidad nada sabe, porque es tanto lo que ignora como lo mucho que su túnica cubre; es tanto lo que ignora como lo mucho que su voracidad de cornúpeta devora a ciegas. Bicéfala confusión en un solo cuerpo; ignorancia inenarrable de su extravío; dolencia de una sola idea que, sin saber lo que es, no se cree lo que sabe. Y aún así, gime: víctima de sí mismo, a la vez de su príncipe y de su monstruo. Monsieur Vollard se frota las manos.

Y entretanto pasa el tiempo. Desovillando dudas y tendiendo frases al sol, vaciando mitos como se vacían papeleras, pasando las escobas por los rincones de la memoria y buscando explicaciones en las cenizas que quedaron en el hogar que ayer ardía. Hace frío.

Y entretanto pasa el tiempo. Estirado en un margen del camino, sobre la hierba, se está bien: luce el Sol. Enfrente se yergue el Montseny y sus bosques. Las nubes pintan claros y manchas que corren sobre el verde denso de los encinares. En ellos también me pierdo.

(De Ariadna. De Ariadna daré cuenta más adelante. Siendo mujer, me cuesta pensar en ella sin una cierta excitación, sin un revoltilllo de recuerdos. Es pronto todavía para saber cómo terminar con ella; dejémosla entretanto apostada en la puerta. O mejor dejémosla holgando con Baco después que éste la rapte en la isla de Día.)

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