Teseo en Brocéliande

Teseo se interna en el Laberinto en busca del Minotauro Asterión. Eso fue en los tiempos míticos de Grecia. Y apuntemos cómo se adentra Teseo, también, en el imaginario de esta parte más norteña del continente.

Rebuscando en los anaqueles más olvidados de la biblioteca, en aquellos estantes que guardan libros viejos, con polvo en los lomos y páginas amarillentas, quebradizas, con tipografías torcidas, con tradiciones antiguas y ecos olvidados de lo que se contaba hace mil años, en torno a las hogueras, nos encontramos de nuevo a Teseo convertido en Caballero Andante de la tradición artúrica. Yvain ou le Chevalier au Lion, de Chrétien de Troyes (circa 1165) es una vuelta de tuerca al mito de Teseo.

No hay Laberinto aquí, pero hay un bosque mágico, Brocéliande; hay una damisela que no se llama Ariadna; hay un vaquero monstruoso a la entrada del bosque que cuida del ganado salvaje; hay una prueba que debe ser superada, un contrincante que debe ser vencido. Y lo que no se dice en la leyenda griega (esto es: que Teseo es él y el objeto de su búsqueda a la vez) en la leyenda artúrica se evidencia cuando Yvain asume las responsabilidades del caballero al que venció, y le sustituye y, como él, se pone a defender la fuente mágica aun enfrentándose a los caballeros de su rey Arturo cuando estos llegan a Brocéliande.

La lectura pormenorizada del extenso poema permitiría exponer punto por punto las similitudes, los puntos de contacto entre ambos relatos. La mítica comparada nos permitiría alumbrar el caso con destellos de tradiciones célticas, con aportaciones del amour courtois, con innovaciones literarias que caracterizan a este (proto-)inventor de la novela europea que fue Chrétien de Troyes. Pero no vivo de esto, ni tengo hoy tiempo. (¡Leed, leed, malditos! Y servíos vosotros mismos hasta el hartazgo.)

Me quedo con la conjunción: Teseo Y el Minotauro. No son en realidad ni Teseo (el apolíneo, el guapo, el brillante, el deslumbrante, el desfacedor de entuertos, el hijo y el amante leal y devoto) ni Minotauro (el dionisíaco, el poderoso, el voraz, el enceguecido, el encerrado, el bestial, el zahareño y montonero, el bruto) las claves del mito; sólo son los personajes que, desde los rincones opuestos del mito, se enfrentan para exponer, para descubrirnos, para enseñarnos el secreto de una verdad que no siempre sabemos/deseamos/podemos ver. La solución del mito, la clave, la luz, el meollo… es la “Y”.

Somos “Y”, esto es, según define María Moliner, “la conjunción coordinante copulativa por excelencia”; somos una palabra; peor aún: una sola (mísera) letra, y de las últimas; somos suma combinada, bien o mal copulada, con mayor o menor excelencia, con concierto de órdenes, a veces atinadas pero no siempre, y ni blancos ni negros, ni Teseos ni Minotauros. A veces brutos, a veces fieras; a veces tiernos, a veces sensibles; frágiles y fuertes; ambas cosas somos, sin remedio ni solución de continuidad, sin vergüenza ni recato. Yvain, encerrado en el castillo, ama y languidece, aunque le hayamos visto, unas estrofas antes, luchando a muerte contra el caballero que defendía la fuente mágica en el corazón del bosque. Yvain (con “Y”) es Teseo y Asterión también.

Y nosotros también.

Ariadna. Otra vez Ariadna que se queda en el tintero. La imagino y la veo ya azul del todo, parecida a una Na’abi de Pandora, sacando su cabecita por sobre el líquido azul oscuro del tintero, mirándome (ojos pedigüeños, tristones), pidiendo sin palabras que me ocupe de ella (sus ojos son tramposamente persuasivos…).

Ariadna: También es “Y”. Ella, dócilmente, servicialmente apostada a la puerta del laberinto (o en las estancias del castillo de Brocéliande atendiendo al caballero andante), es coordinación y cópula de un deseo de cuidar, de un deseo maternal de amparo junto con otro (igualmente fuerte) de posesión, de exigencia de exclusividad. Sí, pero no. Dice Ariadna: “Sí, te invito (te incito) a que te adentres en la exploración del misterio, y te ayudo; toma el cabo de mi hilo”; pero dice también: “No, no te me pierdas [obsérvese el énfasis en el “me”, pronombre tan posesivo], vuelve, sigue el cordón (umbilical) de vuelta a mí, a mi falda, a mi amparo, a mi vientre, a mi útero sin tiempo, a la eternidad de mi matriz, al laberinto de mi pasión, a la ciénaga de mis piernas, a la calidez de mi entrepierna, perdón: quería decir “deseo”, de mi deseo que te espera; no te me pierdas, bello Teseo, Teseo/Deseo, T/D-seo, TDseo”.

El problema de Ariadna es que cuando Teseo, el objeto de su deseo, sale del Laberinto, ya es otro: Teseo al salir vivo del encuentro con la bestia ya sabe que es mitad Teseo y mitad toro bravo. A la salida del Laberinto, Teseo le dice a Ariadna: “El que yo fui, no soy, y por lo tanto no me conoces; y tampoco yo sé ya quién eres”.

Nadie se libra de cambiar dentro del Laberinto, sea éste el bosque de Brocéliande, el que construyera Dédalo, el mundo concentracionario de las SS, las leyes de la termodinámica o de la física cuántica, el momento político de nuestro país, la sexualidad de la gamba langostinera en los caladeros de Angola, la historia de la estadística, las sinrazones de la psicoterapia, la narratología comparada, el llanto de un bebé, la hondura sin orillas del saber, las marejadas de la curiosidad, las surgencias del deseo, la estulticia bebida a morro, o la pasión empecinada del silencio monástico.

Yo ya no soy el que puso título a este artículo. Tú (si hasta aquí has llegado) no eres ya el que empezó a leerlo. Y sin embargo seguimos todos siendo “Y”: letra casi final y bifurcación sin consuelo, inevitable, incontournable, dicen al norte del Pirineo, en el proceloso Laberinto del tiempo.

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