De la logografía

Cuando, en el Libro V de su Historia, Heródoto emprende la descripción de la sublevación jonia, objeto principal de su relato, y mencionando el ataque de Aristágoras contra Naxos, nuestro autor menciona a su antecesor más destacado en el ejercicio (incipiente entonces) de la Historia. Así aparece el logógrafo Hecateo. No fue el único, mas si se le recuerda es tal vez porque, antes de Heródoto, fue el principal autor que, abandonando los versos homéricos, se dedicó a la prosa. Y no le menciona Heródoto en el sí de una espesa reflexión de epistemología histórica; simplemente menciona que se opuso a la guerra contra los persas.

La palabra “Historia”, en labios griegos de aquel siglo lejano, quería decir “investigación”. Heródoto recorre los confines del mar, interroga, se cartea con corresponsales de todo el mundo conocido, visita lugares donde ocurrieron hechos y se preocupa de ver monumentos para poder describirlos. Heródoto es el que hace de la historia a la vez una investigación (esto es: la búsqueda de datos, de vestigios, de recuerdos del pasado) y un relato de lo que se colige de todo lo que, durante la investigación, ha ido saliendo a la luz. Los logógrafos anteriores a él se limitaban a prosificar lo que la memoria de hombres (con las ayudas que la oralidad presta a las sociedades ágrafas) había traído hasta el presente: eran versiones prosificadas de los poemas homéricos, al hilo de los cuales se colaban comentarios, discrepancias, dudas, conjeturas. . .   Podríamos hacernos una idea de qué tipo de texto producían los logógrafos ESCRIBIENDOLOQUESIGUEENCAJAALTASINESPACIOSNITILDESNIAYUDASTIPOGRAFICASCOMOPUEDENSERLOSPUNTOSYLASCOMASOLASCURSIVASESTOESUNTEXTOINCONTINUUMQUEARDUAMENTEIMAGINODEBIASERDESCIFRADOPORELLECTOR
Sin espacios, con sólo tipografías de caja alta, los logógrafos griegos producían un texto espeso, al que probablemente se añadían muchos gazapos, errores, trueques de palabras, de letras… durante el proceso manual de copia y transmisión.

El lector, pues, era también corrector, descifrador, reescritor, verificador. Conjeturo (y se me ponen los pelos de punta) que la lectura era un ejercicio lento. Y quizás porque era tan lento calaba más hondo que hoy. La comodidad actual de la que disfrutamos, comodidad tipográfica de la cual difícilmente nos van a sacar, hace que devorar libros extensísimos, como las memorias de Casanova, por poner un ejemplo que tenía en la mesita de noche hasta no hace mucho, o la vida de Samuel Johnson o las memorias de Pepys, tochos ambos que codicio, sea cuestión de pocos meses.

Aunque quizás en muchos casos deberíamos hablar de logofagia, de glotonería, de gula. Todo ello vinculado al exceso de ocio que así, leyendo, llenamos por no vaciar botellas o por no mecernos más de la cuenta en las hamacas de humo verde. En este sentido el consumo de cuentos móviles que se pintan en las verticalidades blancas de los cines podría asimilarse perfectamente al consumo escapista de los cuentos escritos.

Ya lo decían los griegos: meden agan; no son buenos los excesos.

Quizás es hora de aprender a leer lentamente, looogoooogrrááááfiiiiiicaaaaameeeentee, saboreando cada una de las locuciones, remansándome en los ritmos, pautando el tiempo con las comas, los puntos, saltando de párrafo en párrafo sin prisas. Paseando más que corriendo; recorriendo, más que inspeccionando.

Respirando hondo con cada capítulo. Downshifting las ansias de atesorar lecturas y limitarnos a pulir y sacarle brillo a las ya muchas lecturas que hasta aquí hemos hecho.

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