Joan Miró (me gusta) II



Joan Miró me gusta.

A menudo, cuando siento bullir en mí cierto malestar que no sé atribuir a nada en concreto, cuando me despierto girado, con el día gris encapotando cualquier atisbo de sonrisa, a menudo me siento en la butaca y dejo pasar el rato hojeando un catálogo de pintura de los que, en tiemos de bonanza, solía comprar. Es mi particular manera de meditar, del mimsmo modo que estar quieto y sin hacer nada es, en mi caso, subir la montaña que más a mano tenga.

Miró, Bacon y Velázquez son mis pintores preferidos a la hora de meditar con cuadros. Miró es un amor difícil; ni tan deslumbrante como Velázquez ni tan visceral como Bacon, Miró no es un amor ni un desliz; es una amante a cuyos brazos acudo sabiéndolos siempre cálidos, siempre acogedores. Miró tiene sus años, pero sigue fertilizando las miradas; tiene y conserva su pureza. Miró es puro. Destilado de verdad. Esencia.

En las últimas semanas dos personas, dos, me han dicho “Esto puede hacerlo mi sobrina de tres años.” La frase es hiriente. Respiro hondo. Miro a Miró, miro-Miró, tururú-liró. ¿Qué decir?

He pasado horas enteras sentado frente al tríptico La última esperanza del condenado a muerte que hay en la Fundació Miró de Barcelona. “¡Esto podría pintarlo mi sobrinita de tres años!” Sobre la blanca pintura de la tela, una raya negra se curva en el espacio, entre lamparones de pintura; una mancha azul se descuelga no se sabe bien de dónde (en otro de los cuadros es roja, en el tercero amarilla). No hay más.

Junto a este tríptico, en una mesa cercana, se muestran también unos pocos esbozos, papelotes, recortes, apuntes a vuela pluma… tres años de trabajo para lograr una obra que consiste en tres rayas negras sin especial significado y tres manchones de color. Y un título.

Frente a este tríptico cuelga otro que consiste en tres cuadros también blancos con unas rayas negras: Cuadros para la celda de un solitario. Nada más.

Seré tan raro como Miró. Pero me gusta. Buscando las ilustraciones de este post topo con este blog que cuenta las razones de estas líneas.

Peor aún: los necesito. Un par de veces al año me conviene ir a recluirme muy dentro de mí frente a estos dos misterios tremendos que cualquier sobrinita de paso, en un plis-plás al parecer, podría pintar.

Hoy lo he intentado, pero no ha podido ser. Cambio de planes: me acercaré al Museu Picasso. Recorro las salas abarrotadas. Ningún cuadro me hace un tilín especial.

Me vuelvo a casa rumiando cómo logra el artista hacer lo que hace.

El Museu Picasso mostraba una serie de tres fotos recién adquiridas de Picasso en el balcón palomar que tenía en su refugio de la Costa Azul. Cuelgan estas tres fotos en la misma sala donde se muestra la serie de cuadros Los pichones. El artista mirando los pichones en el balcón, muestran las fotos; los cuadros muestran lo que Picasso pintaba cuando subía al palomar. Una y otra vez. Una y otra vez contemplando el mismo rincón (las jaulas, los palomos blancos, la barandilla que da a la luz abierta del mar que se ve al fondo, la rejilla de alambre que cierra las jaulitas, las manchas verdes de la vegetación…). Una y otra vez pintando el mismo motivo.

Quizás el secreto consiste en perseverar, una y otra vez, una y otra vez. Una y otra vez.

Hasta lograr desprenderse de la manera adulta (tan corta, tan limitada, tan pobre) de ver el mundo…

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