Catálogo de palabras ajenas

Hablamos demasiado. Deberíamos hablar menos y dibujar más. A mí, personalmente, me gustaría renunciar totalmente a la palabra y, como la Naturaleza orgánica, comunicar cuanto tenga que decir por medio de dibujos. Esa higuera, esa lombriz, ese capullo en el alféizar de mi ventana a la serena espera de su futuro, son firmas trascendentales. Una persona capaz de descifrar bien su significado podría dispensarse totalmente de la palabra escrita o hablada. Cuanto más pienso en ello, más me convenzo de que hay algo inútil, mediocre y hasta –siento la tentación de decirlo– afectado en la palabra. En cambio, ¡cómo impresiona la gravedad y el silencio de la Naturaleza, cuando se está cara a cara con ella, sin nada que nos distraiga, ante unas desnudas alturas o la desolación de unos viejos montes!

Son éstas palabras que dejara escritas un Goethe que ya era viejo, tras mucho hablar y mucho escribir sensatamente. También Santo Tomás de Aquino escribió mucho y lo dejó todo dicho; mas alcanzó a ver la Verdad durante un trance, y pasó sus últimos años de vida retirado, jubilado y jubiloso, y en beatífica rememoración de la experiencia mística: no había más que cupiera ser dicho, nada que añadir. Su último libro quedó inacabado, y le importó un bledo.

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