Perdido en Cnossos

La Filologia és aquella Art venerable que demana dels seus practicants una cosa, sobretot: apartar-se, prendre-s’ho amb calma, prendre’s un temps, anar a poc a poc –és una art d’orfebreria i de coneixença dels mots, que no té res a fer, que no fa res, si no ho fa a poc a poc. Precisament per aquesta raó, avui dia és més necessària que mai… Aquesta Art no dona mai res per resolt; ensenya a llegir bé, és a dir a llegir a poc a poc, pregonament, mirant amb precaució endavant i endarrere, amb reserves, deixant portes obertes, amb dits i ulls delicats.

Friedrich Nietzsche, Aurora, Pròleg

Citaba hace unos días a Goethe, y diríase que ando inmerso en lecturas germánicas si sazono con una pizca de Nietzsche la receta que hoy cocino con el hambre de marzo. Pero ya saben los parroquianos asiduos que soy bebedor de muchas fuentes y que me emborracho en todas.

Traigo hoy esta cita del prólogo de Aurora porque engarza a la vez mi actual ocupación logográfica (“orfebreria i coneixença dels mots”, “llegir bé”, “llegir a poc a poc, pregonament”…) con la quête, la búsqueda, la exploración de un secreto en el mito de Teseo y el Minotauro (¿o acaso leer el mito y remontarlo hasta Brocéliande –y más allá– no es mirar “amb precaució endavant i endarrere”?). Y me llama la atención que también aquí se me incite (sí, las voces en el papel, las autoridades de la tinta, me hablan, me incitan, me invitan) me incite, digo, a ahondar en lo contemplativo, “sobretot: apartar-se, prendre-s’ho amb calma, prendre’s un temps, anar a poc a poc”. En una cita aúno la olla de la que pretendo comer, la comida de olla que me distrae y la contemplación, que, intuyo, ha de ser el barro primigenio con el que he de modelar mi nueva manera de mirar el mundo.

Y hallo esta cita oportunísima abriendo un excelente libro de Jaume Pòrtulas: Introducció a la Ilíada –Homer, entre la Història i la llegenda–. Libro fantástico, de lectura muy enriquecedora y relativamente amena, que mereció ganar el Premi Nacional de Literatura 2009 porque constituye, sin duda alguna, una cumbre de los estudios helenísticos en la Península. Estoy convencido que pronto aparecerá –si no ha sido ya traducido al castellano– en alguna editorial española para ilustración de todos. Muy recomendable. Excelente.

En este libro, cuando Pòrtulas comenta la conexión cretense de la Ilíada (página 90) cita la breve mención que se hace a Creta en el canto XVIII (verso 591ss). Y luego extiende su erudición entre la arqueología y la mitología para llevarnos de la mano hasta la aventura del desciframiento del Linear B, esa forma antigua de griego que se escribió silábicamente antes de la Edad Oscura, y que en ella se olvidó para que pudieran, luego, los griegos adoptar el alfabeto de los fenicios y fijar con él (y el hexámetro) las “aladas palabras” de los vates homéricos en textos (esto es: en letra-dura, literatura) que permiten que hoy podamnos leer la Odisea y la Ilíada. Cómo estas “aladas palabras” de la oralidad (pues no olvidemos que los vates memorizaban sin soporte escrito aquellos miles de versos) transmitieron recuerdos, memorias, sucesos acaecidos siglos antes en Ilión-Troya (un villorrio, al fin y al cabo), y cómo algunos vestigios de estos recuerdos son causa de disonancias, de anacronismos (el casco de jabalí, la larga lanza de Aquiles…) en el texto es cosa que Pòrtulas aclara, ilumina y discierne volcando una erudición sabrosísima –que además de alimenticia me resulta muy distrayente.

Y yo revoloteo sobre todo ello como una mariposa veraniega atraída por la luz de una bombilla, deslumbrada. Me atrae sin remedio y con apasionamiento el saber bien explicado. Pero soy consciente de que me acerco en exceso a esta luz deslumbrante y en ella me pierdo: en lecturas complementarias, excursus… en exploraciones librescas me pierdo, lecturas que, como un laberinto, jamás descubren la salida: vivo la vida como en una biblioteca a la manera de aquella que Borges, con esa visión adelantada a su tiempo que algunos ciegos poseen, inventara antes de internet.

De ahí es necesidad de parar. De aprender a mirar de nuevo (quizás por eso este recurso a las Literaturas antiguas: necesidad de remontar a la fuente). Necesidad de estrenar el agua. De inaugurar el río con otros cursos. Buscar la surgencia, empaparme de aguas nuevas. Fluir. Trazar (¿con tinta? no forzosamente) un nuevo río.

Y el ritmo moro de una canción, que por primera vez escuché en el 87, me revienta su verdad después de años de escucharla una y otra vez sin entender nada de nada: tengo cuarenta años y sigo, día a día, descubriendo cosas nuevas en mí. Como la verdad de estos versos. El reverso feliz de los celos. El color del sol cuando amanece. La aplicación con que una niñita, con gafas de pasta, de ocho añitos, en mi clase se esfuerza por entender las horas en inglés (quarter past seven, five minutes to nine).

Sigue la canción: Las palabras son cansancio, de El último de la fila. La letra está debajo. Los subrayados son míos. La emoción también. Y la sonrisa.

Y la sonrisa, sí, a pesar del cansancio de las palabras, a pesar de que mi “gran pesadilla es despertar / cuando no se tiene otro lugar / más allá de los sueños”.

Mírame a la cara, y dime lo que ves;
Un ser loco por vivir en paz, 

¿qué otra cosa es vivir sino enloquecer?

No soy el centro del mundo, porque un día salí
despedido hacia las estrellas, borracho del azul del cielo.
¿Cómo pretendes que sea responsable?
Palabras que son cansancio. 



Pero yo te prometo inventar, un lenguaje nuevo para ti.
La gran pesadilla es despertar,
cuando no se tiene otro lugar,
mas allá de los propios sueños.

¿Y cómo pretendes que sea responsable
si todos nacimos para beber la vida a tragos?

Y al despertar te recuerdo rodeada
de esa quietud con que vivías a mi lado,
para velar por el silencio primitivo.
Palabras que son cansancio.


Pero yo te prometo inventar, un lenguaje nuevo para ti.
Mírame a la cara, dime lo que ves,
un ser huraño y solitario,
¿qué otra cosa es vivir sino soledad?

Y ahora mira hacia afuera, y dime lo que ves
hay un mundo yermo y solitario,
¿qué otra cosa es el mundo sino soledad?
¿Y cómo pretendes que sea responsable?


No quiero hablar, ni tampoco que me hables,
si al despertar, te recuerdo rodeada
de esa quietud con que vivías a mi lado,
para velar por el silencio primitivo.

Palabras que son cansancio.
Pero yo te prometo inventar, un lenguaje nuevo para ti.
La gran pesadilla es despertar
cuando no se tiene otro lugar,
más allá de los sueños.








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