Sobre la nieve, blanca, virginal, fría, un ave.

EL CENTRO es un lugar desierto. El centro es un espejo donde busco mi rostro sin poder encontrarlo. ¿Para eso has venido hasta aquí? ¿Con quién era la cita? El centro es como un círculo, como un tiovivo de pintados caballos. Entre las crines verdes y amarillas, el viento hace volar tu infancia. –Detenla, dices. Nadie puede escucharte. Músicas y banderas. El centro se ha borrado. Estaba aquí, en donde tú estuviste. Veloz el dardo hace blanco en su centro. Queda la vibración. ¿La sientes todavía?*

Me arrastro por los blancos anchos márgenes de los libros de poesía. Como un gorrión en invierno sobre el manto de nieve, picoteo lo que puedo, salto de un verso a otro, me poso en un poema, sobrevuelo un rodal, me refugio en una linde. Tengo frío. Son blancos los márgenes inhóspitos de los libros de poesía. Unos por desolados, otros por espesos de notas y apuntes, algunos con apuntes viejos, con letras y subrayados como lianas, zarzales que crecieron sobre ideas y recuerdos y opiniones que ahora, en este invierno, están secas.

VEO, VEO. Y tú ¿qué ves? No veo. ¿De qué color? No veo. El problema no es lo que se ve, sino el ver mismo. La mirada, no el ojo. Antepupila. El no color, no el color. No ver. La transparencia.*

En la página 157 de uno de los libros que flotan en mi mesa leo la siguiente nota número 137 que dice así Vegeu FINLEY (1972 [1968]: 35), el qual va comparar aquesta onada amb les invasions bàrbares de les acaballes del Món Antic: “There is a case for thinking that the main impulse was a massive penetration by migrating invaders from the north, similar in scale, procedure, and effects to the later Germanic migrations into the Romamn Empire” y Teseo suspira y Minotauro se queda prendido en la massive penetration sin saber qué pensar. Ariadna mira y cabecea.

En Aldous Huxley leo cómo nuestra mente sobrevive gracias a que ciertas válvulas mentales regulan el flujo de datos que, desde la realidad, tratan de llevar a cabo una massive penetration a modo de Germanic migrations into the Roman Empire y muy católica majestad de lo bien visto. El problema no es lo que se ve, sino el ver mismo, dice el poeta con razón.

Apagaré la mirada, pues. Cierro también el balcón al bulevar de FaceBook (me quité del vicio de la tele, lograré quitarme del vicio de ser bitio).

Veré florecer la herida siempre abierta de las orquídeas. Miraré cómo crecen los cactus. Saldré al bosque y seré leño. Recorreré con lentitud de coleóptero los mil matices de la sombra; a ratos temeré perderme en ella. Sí: subiré de noche a espiar a las piaras de jabalís.

En Sun Tzu leo “De la Maniobra, sección 10: Los que ignoren las condiciones geográficas –montañas y bosques, desfiladeros peligrosos, ciénagas y pantanos– no pueden conducir la marcha [de un ejército].”

Como un gorrión sobre la nieve, no puedo saber qué pasa en la inmensidad del bosque. No puedo conducir la marcha de mis fuerzas. Ni he de seguir permitiendo esta dispersión de mis fuerzas; también en Sun Tzu: “De la estrategia ofensiva, sección 27: Aquel cuyas tropas estén unidas en torno a un objetivo común será el vencedor.”

La cita de King Lear (sound and fury) es sobradamente conocida, no volveré a ella. Apuntaré a los versos liminares del “Catálogo de las naves” en el Canto II de La Ilíada: el poeta pide auxilio a las Musas para poder recordar y recitar el extenso listado de contingentes aqueos que se fueron a luchar contra los priámidas de Troya (Il. II 484-487):

Ara digueu-me vosaltres, les Muses que habiteu els casals de l’Olimp,
vosaltres que sou deesses i sou pertot arreu, i ho sabeu tot
–nosaltres només sentim la brama, i no veiem res de res–
quins foren els cabdills i els capitostos dels dànaus.

Me siento extraviado en el clamor de tantas cosas, de tantos miedos, de tantas curiosidades y de tantas cosas que a la vez me atraen y me ciegan —no veiem res de res: ni odios, ni dolores, ni afectos ni amores ni valores ni colores: todo blanco de nieve, todo nevado, inhóspito, frío, helado. Bajo la nieve sé, no obstante, que verdea la tierra.

Esperaré que se temple el frío.

Nunca ha faltado el calor del sol tras el invierno.

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* Poema de José Angel Valente de su libro No amanece el cantor.

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