Final del Laberinto

Hay que arrastrarse por los pasillos sin final, hay que perder la cuenta de las esquinas, de las galerías, de las puertas, de las antesalas. Hay que recorrer el Laberinto, olvidarse del hilo, del ovillo, de Ariadna, del mundo entero que, dicen, sigue existiendo más allá: estamos solos. Es necesario entrar en el dédalo de la vida buscando su centro; ahora ya sabemos que uno mismo es el centro que andamos continuamente buscando fuera, en cualquier otro sitio, siempre lejos, siempre donde no está, tal vez tras esa puerta, en aquella estancia, en aquel cuerpo, en aquel amor.

Además, hay que arrostrar la incomprendida verdad: Teseo es el Minotauro. Ya lo vimos.

Hay que sobrevivir, finalmente, a esta otra evidencia: lo único que perdurará, si un día llegamos al centro de nosotros mismos, si un día logramos, sin traumas, juntar a Teseo con el Minotauro, será el Laberinto. El resto, lo que hay afuera, es ruina, devastación, oscuridad, podredumbre de mansa lluvia que no cesa de caer.

Tras la lucha quedarán dos cuerpos destripados, entre-tués: vísceras, muñones, vidriosos ojos con la resaca eterna de la vida, rigor mortis, negra sangre salpicada.

Sólo las paredes del Laberinto quedarán. Sucias de vida. Y un eco confuso que se va apagando: full of sound and fury, signifying nothing.

Quizás un fantasma seguirá recorriendo el Laberinto en busca de una salida que no existe.

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