Prueba y error, ensayo: Las cosas que llevaba

La maleta es un modelo grande, con un márchamo que indica American Tourister; me la vendieron hace años con el argumento que era la marca low-cost de Samsonite, y en verdad no ha dado mal resultado. Negra, rascada y con los cantos erosionados por los muchos trasbordos, luce en su frontal un adhesivo alargado que dice Dubai International Airport – Baggage Screened (letras blancas sobre fondo negro). Desde esta mañana a primera hora está abierta sobre la cama. La he puesto encima de la colcha mal estirada al salir de la ducha. Domingo de pasión, domingo de viaje.

Después del café, he remoloneado un rato, he ojeado los titulares de la prensa por internet, me he masturbado echando mano de una web porno, he vuelto a ducharme, mientras me vestía con la ropa de ayer, he mirado largo rato la maleta abierta, he decidido hacer otro café, y me lo he tomado mientras iba poniendo cosas en la maleta.

He puesto en ella un puñado de calcetines negros y los zapatos previamente enfundados en una bolsa de plástico. He dejado un hueco para acomodar el neceser que pondré en el último momento. He sacado calzoncillos y unos pañuelos del cajón y los he apretado en los bolsillos laterales de la maleta. Del armario he sacado camisas y dos trajes. Seis corbatas también que he extendido encima de la cama al lado de las camisas. He descartado una de las corbatas y he ido a buscar una camisa más al armario. Un tejano, unas camisetas, dos pares de calcetines menos formales (unos grises oscuros, los otros blancos con rayitas azules y rojos, deportivos). Una gorra de visera, de color arena. De la mesita de noche he cogido los tapones de los oídos que luego he de meter en los bolsillos de la chaqueta para tenerlos a mano una vez emnbarque; están metidos en un estuche de plástico transparente; los dejo sobre la colcha. Luego los cojo de ahí, temo olvidarlos, y los vuelvo a dejar en la mesita de noche, encima del pasaporte y junto al reloj.

Cuando acabo el café, salgo a dar una vuelta. Domingo largo de partida. Quisiera que fuera ya otro día en otro sitio. Los días de emprender viaje, y particularmente los domingos, los de hacer maleta y no poder hacer nada consistente, se me antojan muy espesos y lentos. El avión a Frankfurt sale a las seis, por lo tanto ha de salir hacia el aeropuerto a las tres. Todo para llegar con la antelación necesaria para facturar y cruzar los controles de seguridad. Trasbordo en Frankfurt de noche, y vuelo nocturno. Madrugada a deshora en algún sitio desconocido, probablemente feo, sin  gracia y oscuro o polvoriento. Hace ya años de la última vez que estuve ahí. Me da pereza volver.

Dejo la maleta a medias y bajo con la taza de café, que dejo en la encimera de la cocina. Al pasar por el salón, aparto un par de libros que dejo en la butaca del recibidor antes de salir a la calle: Las soledades de Góngora. El día es limpio, azul, fresco y luminoso. El camino del bosque está húmedo, quedan algunos charcos. El verde de los campos es dentífrico. La linde del bosque me atrae.

Pero me canso de caminar cuando apenas he recorrido medio kilómetro. No me apetece llegar al bosque. Súbitamente no me apetece alcanzar el bosque del mismo modo, y con el mismo hastío, con que no me apetece irme al otro lado del mundo. Me siento en un ribazo, siento la humedad de la hierba a través de la ropa. Me estiro, miro el paisaje: delante se extiende un campo de alcacel que afirma su pujanza. Se extiende como una sábana hasta el bosque que cubre la colina, en cuya cima asoma el tejado de una masía. No se oye nada, el pasiaje está silencioso. De fondo se levanta el macizo del Montseny. La cumbre del Turó de l’Home está nevado. La del Samont no. Si no tuviera que hacer la maleta y estar en el aeropuerto a las cuatro, estaría hoy subiendo el Samont, recorriendo las umbrías y pateando los caminos que llevan a la cumbre. Como hice antes de volar a Ereván, hace tres semanas.

Al salir a la calle miro las montañas y veo las cumbres nubladas. El día es gris, y siento en mi cuerpo el frío de las siete. Acomodo la mochila a la espalda, cierro la casa, subo la cremallera del chaquetón, echo a andar. En la calle desierta, mis pasos resuenan y taconea el bastón. Respiro hondo.

Subir al monte, cruzar los bosques, coronar la cima y bajar luego para estar en casa a las cuatro. Comer, ducharse, preparar la maleta y estar en el aeropuerto a las siete. Vuelo a Viena. Trasbordo y vuelo (y sueño a pierna suelta) hasta Ereván. Este es el plan de mi domingo. Sigue semana en el Cáucaso. Pero eso será mañana: hoy es domingo, aquí mi casa.

Domingo de grises. El cielo es un cendal espeso que duda entre el blanco y el gris. Si oscurece, descargará y me mojaré. Si llueve mucho, tendré que cambiar de planes. Ya se verá. Necesito cuerpo, esto es: necesito salir a esforzar la maquinaria. Eugenio sale a pescar. Otros hay que se lían a barajar cartas con los amigos hasta el alba. Los hay que organizan pesadillescas barbacoas alrededor de la piscina, o llevan a la familia al restaurante. Yo, que ni tengo familia hoy, ni piscina nunca ni pasión marinera ni soy ducho en las cartas, prefiero escurrir la espera recorriendo la comarca. Madrugo, me disfrazo de ornitólogo aficionado (chambergo, prismáticos y catálogo de aves), pongo un chusco y embutido en la mochila, una lata de cerveza y la cantimplora, una muda por lo que pudiera pasar y salgo dispuesto a satisfacer una necesidad: la de sentirme, al cabo del día, cansado. No me engaño: en realidad preferiría perrear en casa en brazos de una odalisca (no de cualquiera: de la mía), sentirme cuidado, sentirme deseado y emprender el viaje al Cáucaso con los huevos vacíos, el ego henchido y una mujercita deliciosa en la puerta despidiéndome con un morreo y oírla decir que me espera y que a la vuelta estará la casa impecable y su deseo ardiente. Pero no es el caso. Y, alternativamente, me subo al monte y con suerte avistaré pájaros que no haya visto antes.

Me ocurrió la primavera pasada, volviendo a casa derrengado: había estado recorriendo los bosques de castaños en las laderas umbrías al norte del macizo. Había pasado una hora quieto en un claro, sentado con la espalda apoyada en un tronco, quieto, esperando avistar algún pájaro inusual. Haberlos haylos: es simple cuestión de paciencia, de espera, de oportunidad, de atención. Había recorrido monte durante tres horas hasta internarme en un castañar bastante apartado de todo, usando los caminos provisionales que los silvicultores abren y abandonan cuando han acabado la tala de un rodal; estaba lejos de todo y ya no se oían las sierras mecánicas de los leñadores. Recorría el castañar con pasos cautos, haciendo paradas de escucha, atento, avizor, expectante. Nada. Decidí asentar mis ganas de ver algo junto a un tronco gris enmarañado de lianas. Mi chaquetón de camuflaje, un pañuelo verde emborronando la silueta de mi cara y mi quietud me tenían que hacer desaparecer y permitirían que viese lo que hubiera de ver. Durante dos horas esperé, con los prismáticos a mano y quieto como una piedra.

Vi una ardilla. Apareció saltando de una rama a un tronco y bajando por él hasta el suelo, a unos veinte metros de donde yo estaba. Roja, inquieta, se agachó a hurgar entre las hojas y royó algo. No cogí los prismáticos, no hacía falta. Simplemente miré la agilidad de sus saltos, la inquietud de sus miradas en todas direcciones. Me alegré de ver que no me veía. Contuve la respiración. Estuvo moviéndose un rato y luego trepó un tronco y desapareció en la fronda.

Vi el color de la hojarasca mudar colores según el sol se encendía o apagaba, era un día primaveral de nubes y claros, de vientos que movían nubes y arrastraban consigo cambios de colores, ora luz, ora sombra: los colores quebrados del sotobosque, de la tierra, de los troncos, de la podredumbre fragante que me rodeaba.

Fue cuando volvía a casa que vi al colirrojo tizón. Se descolgó de una rama veinte pasos por delante y se posó en el camino. Me paro e hinco rodilla en tierra, miro al pajarillo que no me ha visto. Picotea un momento. Es un pajarillo oscuro, con una mancha blanca en las alas y la cola roja, anaranjada, cobriza. Luego alza el vuelo y me siento muy solo. Sigo andando por los caminos que me llevan y culebrean de un lado a otro. Mis pasos van adonde el azar me lleve; bajando las laderas, llegaré a casa. Así, con la punción de esta tristeza que el colirrojo me ha clavado, desciendo. No sorprenderé ya, hoy, ningún vislumbre de belleza. Esto es lo que hay: en alguna hondura un poco de nieve sucia que acaba de fundirse, mucha rama caída, mucho soto enmarañado por los estragos de los últimos temporales, mucha tierra removida por el hocicar hambriento de los jabalís. A lo lejos zumba la motosierra de un leñador. En algún sitio hay un pájaro negro con la cola rojiza. Y una maleta abierta en la cama. Y Armenia luego, o más allá, o Moldavia, o Jordania… ¿qué más da? ¿Acaso al pájaro le importa un destino u otro?

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Una respuesta a “Prueba y error, ensayo: Las cosas que llevaba

  1. Querido Pedro. Escribirás cuando digas la verdad, la verdad sobre ti mismo y el mundo que te rodea, la verdad sin afectación, el desnudo integral del escritor que sólo busca entregar no recibir con su prosa o su poesia. La verdad y su fragilidad es lo que hace que nos lean, lo demás son glosas vanas, palabras al aire que no llegan al corazón sensible de ese lector que nos espera. Inés (sorry no tengo cuenta de google ni pienso tenerla)

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