Mit Brennender Sorge

Con honda preocupación miro en rededor y confirmo cuán desagradable es todo. En una encíclica del año 1937 Pío XI advertía Mit Brennender Sorge de los males en camino. Pío XII, más tarde, apenas dedicaría una frase al exterminio de la judería europea que estaba teniendo lugar. Mencionó, en la alocución a los católicos de la Nochebuena de 1942, a los “que, a veces sólo por causa de su nacionalidad o raza, son condenados a muerte o a lenta agonía”. Sólo estas pocas, escasas, insuficientes palabras en un discurso de 5000 palabras. Poca cosa para tanta muerte. In memoriam, como cada mes de abril, estiro la mano y retomo un libro sobre la Shoah –y rezaría el kaddish si supiera.

Mit Brennender Sorge me alcanzan las noticias de la política: un gobierno ensimismado y pasmado que a cada telediario parece preguntarse cómo es posible que una crisis tan grande pueda habérsele caído encima sin ni tan siquiera pedir permiso, junto a una oposición que hiede y cuya autopsia recién se abre (a la chita callando de su líder pero con la lideresa chiando con golondrínica felicidad de primavera), una periferia (la mía) que espera el varapálico veredicto del último tribunal y se dispone a recordar que Pacta sunt servanda –y no pasará nada, ¡ay!–. Llegan humos de la economía del país: la tasa de paro, el ahorro, el consumo, la producción industrial, las exportaciones, los precios del petróleo, los cursos altibajos de las materias primas. Quiebra posible de Grecia. Katyn que se repite. Respiro hondo; cierro los ojos. Abro el buzón: cartas de apremio, facturas impagadas con otras que no podré pagar, notificaciones de embargo. Cierro los ojos de nuevo. Apago la tele. Abro un libro. Apago la radio. Apago las luces. Enciendo un palito de incienso. Cierro el libro.

Me pregunto las razones de mi neurosis escritoril. ¿Qué me trae una y otra vez a este yermo que en vano planto y jamás cosecho? ¿Qué me atrae de él? ¿Quién me condenó a ser labriego de piedras? Poca es la cosecha del pedregal. El viento sólo muy ocasionalmente da señales de vida. Y jamás llueve. Sólo logro levantar, con las piedras, los muros de mi propio Laberinto, muros de piedra seca, lajas encajadas, cantos rodados embadurnados de adobe.

Planté una castaña antes de las nieves. Ha retoñado. Miro el brote que cada día se afianza, que cada día levanta su querencia de ser árbol, de ser sombra, de ser tronco y verde y castaña;  respuestas sin preguntas previas.

Mit Brennender Sorge, pues, miro cómo crece lo que será castaño. A su tiempo, lo trasplantaré. A su tiempo, lo volveré a plantar en algún margen. Y procuraré verlo crecer sin preguntar por qué razón germinó, por qué vericueto misterio tomó lo mucho que tenía al alcance (tierra fértil, humedad, Sol) y empezó a crecer.

Desde el alto Arán una voz me alcanza una y otra vez recordándome cómo no escribo por miedo a no satisfacer las expectativas que yo mismo continuamente creo. Mis proyectos literarios se desvanecen: en vanidades se funden como nieves en estío.

No sé “no escribir”. Mas tampoco sé escribirme. Y desangrar las tintas de mis miedos en este vertedero de medias-tintas me disgusta y empieza a angustiarme. Lo poco que escribo, lo tiendo a secar en este olvidadero público, tendal obsceno de demasiados trapos sucios. Será cuestión de empezar a recoger la colada, pues.

So, now to the bed“, me gustaría decir. Pero no será posible. Me echaré al camino, entonces (digo, mas sé que tampoco será posible, no por ahora). Y resuenan estas palabras de Cela: “Para echarse al camino, como para contar después lo que por el camino fue acaeciendo, lo prudente es no arrimarle demasiado teatro ni dar a lo que se va haciendo una excesiva importancia. (…) Uno se echa al camino cualquier mañana porque está harto de la ciudad (o algo harto de la ciudad, que tampoco hay que exagerar las situaciones), y después, cuando se cansa de andar, escribe poquito a poco las geografías y las historias que fue aprendiendo en su curiosa trotada (…). La cosa es bien sencilla y no tiene mayores méritos.”

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Una respuesta a “Mit Brennender Sorge

  1. Bueno, pues feliz trotada , entonces.un beso.

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