Sorpresas que da la vida, vueltas que da, mareos, alegrías, bulerías y aleluyas

Una pareja de conspicuos austerianos me da a leer el discurso que Paul Auster leyó en agradecimiento por el Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
Sostiene Auster que se dedica a escribir sin saber qué razones le impulsan a ello. Así empieza el discurso: “I don’t know why I do what I do”. Declara que es un impulso que desde la adolescencia le mueve, y del cual no logra zafarse (“because you have to, because you have no choice”).
Yo sí sé qué razones me traen a estas páginas. A diferencia de Auster, no creo que escribir sea “useless”. No lo es en mi caso. Vengo a este tendal de trapos sucios y miedos libres a exhibirme, a pedir amor y a reclamar atención con neurótica insistencia de girófaro. Vengo a ventilarme también cuando me sofoca la estrechura de mi piel, o me arrimo para caldear el chup-chup de mi vocación literaria añadiendo pellas de bosta al fuego de mi adicción a las letras. Elaboro espesos constructos mentales pseudo-intelectualoides como el urogallo despliega sus plumas caudales frente a la hembra: es una manera de diferenciarme en el mercado sexual. Vengo a este dao-zi-bao a desentrañar mis enredos con vocación de taxidermista para documentar mis neurosis (y entenderlas en última instancia, con la venia de quien corresponda), vengo a orear mis mareos, a mostrar mes plaisirs et mes jours; en el blog cuelgo y despliego la telaraña de mi memoria para comer las moscas y anécdotas sabrosonas que, entre veras y burlas, en ella encuentro o en ella invento.
Yo, como Auster, también ando maravillado por el poder y la magia del contador de historias. Auster, en cada uno de sus libros, demuestra qué gran contador es. Si Mc Carthy, Roth, Ford o Irving retratan mejor la América de hoy con sus miedos y desidias, Auster es fantástico haciendo veraz una historia de las que cabría decir: esto no puede haber ocurrido; estas caualidades no se dan en la vida real (“¡Amos hombre! ¿éste quién se ha pensado que es? ¿Me toma por tonto o qué?”). Auster es, actualmente y según mi modesto criterio, el más europeo de los escritores americanos.
En su discurso alude Auster al poder de ensoñación, al embrujo, con que los niños, ya empijamados, escuchan el cuento de Caperucita. Ayer, en casa de mis amigos austerianos, me cupo a mí el honor y el placer de contar el cuento vespertino a los niños.
Pero eso fue al finalizar el día, ya tarde y cuando empezaba a sospechar que no llegaría a las ginebras apalabradas con mi primo (mis austerianos anfitriones al punto proveyeron al efecto y subsanaron mi sed de lima y tónica especiada). El cuento a los niños remataba un día que había amanecido gris y triste por la mañana (fuera en la calle y dentro en las mis meninges), felizmente truncado (demos gracias al señor, amén) por una llamada oportunísima (no me desampares, oh forense mío de cabecera, ni de noche ni de día) de la que se derivó una comida alto-cárguica junto al Palau de la Generalitat que incluía, en el viático menú, un exhorto a no pensar, a perseverar en la escritura (ecos, supongo, del “Fets, no paraules” que múdanse ahora en un “Segueixo creient” del cual me creí objeto directo y que agradezco hoy con una sonrisa y cierta resaca). El no-pensar al que se me exhorta desde las altas magistraturas del país no es, sin embargo, equiparable al wu-wei o no-hacer del Tao. Así que tras alargar la tertulia un rato antes de que se nos desapareciese nuestro alto cargo particular en un consell tècnic (que el señor esté contigo y te bendigan las urnas), tras el café y la copita feliz, reunimos a la prole y en rebaño les llevamos (a los niños) a darles baños y emociones: primer día de piscina ¡con tres y cinco añitos! Luego, a lomos de un bus, volvimos a cruzar la ciudad de vuelta a casa. Entretenidos los niños con un juguete, estuvimos mi amigo y yo hablando de unas cosas y otras, removiendo memorias. Al pasar por una avenida cerca del Zoo mencioné “Aquí vivía la profesora M. S., de tan grata memoria… Ella, cuando me explicó la magia que encierra y despliega la primera frase de Cien años de soledad, encendió la llama de las letras.” ¿Qué será de ella? Hace unas semanas me acerqué al colegio, entré a preguntar por ella; me dijeron que se había jubilado. Lástima: me hubiera gustado decirle que sigo felizmente enfermo de letras, letraherido con pronóstico reservado. Y hablamos de aquel amigo, de aquella otra profe, reiteré mi intención de postularme como esclavo admoniticio al servicio de los grandes del mundo para recordarles que todo es vanidad, que te vas a morir, que todo pasa, estelas en la mar, nada es duraddero, se marchita la rosa, sic transit gloria mundi. Reímos; pero mi risa es adusta, un tanto seca, desdinerada y sin un duro. Alabado sea el socorro rojo que me da qué comer y apaga mi sed y enciende mis ánimos con charla amena y me llama a deshoras para arrancarme del ensimismamiento y me saca a pasear niños por la ciudad. Te alabamos, doctor.
Pastoreamos, pues, el tropel de los niños hasta casa. Siendo dos niños únicamente podría acusárseme de estar cargando las tintas; pero que no se equivoque el lector: intento ser honesto al expresarme en cada frase, en cada meandro del relato. Eso hicimos: pastorear a los dos niños por las manzanas cuadradas del Ensanche hasta lograr, tras brillante celada, acorralarlos en la ducha para la desclorificación. Luego siguió la cena de los niños con la benemérita ayuda de María (bendita seas María –auxiliadora, además de austeriana– entre todas las mujeres). Los adultos destapamos botellines de cerveza y la charla destapóse también burbujeante mientras preparábamos la cena. Retintineó el soniquete de mi teléfono.
Una amiga llamaba para que vaciase mi buzón electrónico. En él hallaría un mensaje suyo dando señales de vida de…”¡No te lo vas a creer! De M. S., que me ha contactado hoy por una red social y me pregunta por ti, que si aún escribes. Que ayer cumplió años, que qué bueno retomar el contacto…”.
Anonadados quedamos todos. Frase ineludible: “Esto lo escribes en una novela y nadie se lo cree”. (Frase que podría, en cambio, haberme ahorrado: “¡Cagüen tó! Quina passada, quina passada! ¿Cómo puede ser esta casualidad, que hoy precisamente la hayamos mencionado?”.) Otra frase: “No podemos negar que es austeriano el caso, ¿cierto?”.
Por suerte logramos arrastrarnos hasta el hontanar de verdades que está en Bombay (barrio de Sapphire). Creo que desarticulados por la emoción ni brindamos por ella, ni por la mensajera (¡va por ti, Pauli!). Y retomamos de nuevo la cháchara por el barbecho de mi creación Literaria, que es a lo que íbamos: la magia del contar. Es lo que hay.

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Una respuesta a “Sorpresas que da la vida, vueltas que da, mareos, alegrías, bulerías y aleluyas

  1. Pues alcemos las copas!

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