Palabras para Leonor

(Fragmento inicial)

F. Bacon

He tardado tiempo en llegar hasta aquí. Y ha sido tortuoso el camino. Llego cansado, como un insecto que recién se hubiera desprendido de su caparazón y estrenase nuevo esqueleto tras la muda: me siento torpe y frágil. O digámoslo con otro símil: como un limaco sediento que se arrastra por una pared encalada dejando tras de sí un rastro de baba que brilla y se seca enseguida, hilillos babosos que habrán desaparecido cuando amanezca. Como un limaco, sin poder ampararme en ninguna concha, he recorrido el laberinto que hasta aquí me ha traído.

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Cuando Ariadna vio salir a Teseo del Laberinto de Minos abrió los brazos para acoger al héroe. Pero éste, estragado por la experiencia, rechazó el abrazo y dijo con desdén: — ¿Y quién eres tú? Y tras unos segundos de estupefacción y pasmo (de ella) y de ensimnismada concentración (de Teseo), éste añadió: –¿Y quién soy yo?

Y se alejó hacia el puerto, dejando atrás la chica, desovillada del todo, y el Palacio de Minos. Sólo tenía ganas de embarcar y de surcar los mares con rumbo al hogar. Caminó por la calzada entre cipreses. El verano se inflamaba de resinas. Y caminaba cavilando, cabizbajo, con la cara apagada por la angustia. Pensaba: “Aquel que fui, el que un día entró en el Laberinto, ya no soy; ignoro quién soy; tampoco sé quién es ella, la que me esperaba fuera. Ni entiendo bien lo que pasó ahí dentro, ni cuánto tiempo he estado vagando por las estancias, por los pasillos, por los distribuidores, cruzando patios, salas y subiendo y bajando pisos en el Laberinto hasta encontrar la salida”.

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Lo que tengo que contarte, Leonor, se dice en dos frases. No te amo. Quiero el divorcio. Y no sé cómo hacerlo. No sé cómo decir lo que ya he escrito.

Quizás será mejor que me calle. Podría callar, es una opción que siempre tenemos. Podría encubrir este asunto embarazoso con normalidad cotidiana, darle una capa de barniz con olvido y mucha sensatez de tres al cuarto; y aquí paz y después gloria.

Pero ni paz ni gloria me deja el monstruo que hoy se asoma a mi ventana y que con su frenético aleteo golpea el vidrio; no hay paz si durante horas estaciona su vuelo frente a mí, que trato de olvidarme de todo y de la angustia buscando remanso en el paisaje del llano y mirando (sin ver) los bosquecillos que se extienden frente a la casa. Estoy sentado a la ventana, desde esta mañana, desde muy antes del alba cuando el Sol y mi insomnio han despertado juntos; en la ventana que se asoma a este rincón de secano que desde siempre me ha embrujado, frente a este secarral de trigales amarillos que tanta paz acostumbraba a darme. Hoy, sin embargo, la Erinia me persigue con insana tenacidad. Sus miradas son torvas.

No puedo callar. No sé callar. Pero tampoco sé cómo decir lo que no puedo tener callado.

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