Llueve

Llueve hoy. Y no busco amparo en mis catálogos de pintura. No hoy. Salgo a fotografiar la densidad gris del día, cuando ya la tarde cae, morosa, pesada, con preñez de nuevos brotes que asomarán mañana, o pasado mañana, o cuando escampe.

Me calzo. Me abrigo. Y saco a pasear al embotado cuerpo, tras un día espeso de trabajo que se ha ido vaciando lentamente al paso de los cuartos de hora;  encerrado en el despacho, harto ya del ambiente cerrado de mis paredes medianeras, me he echado al frío de la calle, a gozar de este invierno a destiempo que diríase alguien olvidó en la nevera y hoy se ha escapado como un diablillo juguetón.

Camino por las calles y sus lustres, y salgo a las afueras, a campo abierto y, como un barco con hambre de vientos que desplegara el velamen mientra cruza, proa al mar, la bocana del puerto, abro los ojos y me dejo embeber de lluvia y de silencio, abro las ventanas de la nariz y huelo, y arranco una brizna verde y me la llevo a los labios y la masco durante un rato.

Pienso en el abecedario que dejé atrás, recuerdo barcas, chalupas, paquebotes, falúas, balsas, porta-contenedores, corbetas y fragatas. Miro las cimas nubladas que me cierran el horizonte por el noroeste. Oigo el chapoteo de mis pasos en el barrillo del camino, y el silbo ocasional de algún pájaro. Recuerdo las muchas estelas en el mar que dejé, los muchos surcos en los que recalé, las muchas playas, calas, puertos, caladeros donde anduve (a veces perdido, a veces naufragado, siempre a la deriva). Un par de patos (cuello largo, alas cortas y frenéticas, cuerpo grávido) que se escapan hacia el horizonte de colinas. En dirección contraria, vuela hacia mí una gaviota (debe andar la mar revuelta, en la costa del Maresme).

El cielo blanco, ensabanado, se refleja en las roderas del camino; en las escorrentías se refleja la claridad de lo que será crepúsculo en cuestión de horas. Por la cuneta borbollea el regato que se ha crecido y que la lluvia acabará desmadrando. El vado de la riera marca la linde última de mi paseo: el agua me impide el paso, y no me apetece volver a casa con los pies mojados.

La luz blanca afila el verde azulado los pinos. Un punto de luz se refleja en cada una de las pequeñas piñas esféricas de los cipreses, que a esta hora, y con esta luz, adquieren una estirada majestuosidad de óleo, a pesar de algunas ramas que, en lo alto, y por efecto de la lluvia y del viento, se han vencido como si se quisieran descolgar.

La pista traza su curva. La recorro lentamente. La tarde declina. Llueve.

Llueve hoy.

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