El problema lo tienen los españoles

El problema ya no es de Cataluña.

La espera se alarga y se alarga. El hachazo pendiente a la Ley que los catalanes hemos elegido y que queremos que nos rija, antes o después, caerá. Y la merma del Estatut puede significar un retroceso respecto a lo conseguido hasta ahora. Echaremos de menos, entonces, al Estatut anterior, el de Sau.

En el año 2003 una iniciativa (maragallada loca o genial, según el cristal con que se mire) de Maragall puso en marcha la redacción del Estatut de 2006, el de la discordia que, desde el burladero de la Maestranza, ahora nos quieren rebanar. Ciertamente la iniciativa tenía objetivos paralelos (y partidistas): arrancar a CiU del Palau de la Generalitat. Ciertamente, la iniciativa implicaba la posibilidad de derivas no deseadas. Pero ciertamente también la redacción de un nuevo Estatut era algo que fue bien acogido por la ciudadanía. Tal vez luego el mucho ruido mediático y cómo se complicó y alargó la redacción del texto consensuado se tradujo en cierto hartazgo y en una participación ciudadana en el referendum que no es para echar campanas al vuelo.

Pero corrió el tiempo. Aquellos que decían “España se rompe” impugnaron ante el Tribunal Constitucional partes del Estatut sin querer entender que era un Estatut que pretendía ni romper España ni romper con España, sino remozarla y consolidarla en su pluralidad. Léase la “grave acusación” que se hace a Maragall al final del editorial Maragalladas de El País: su amor a España –sí, pero a una España plural, a una gran nación de naciones que nos incluya a todos, para que una parte de ella (la catalana) se pueda sentir cómoda.

Pero corre el tiempo. Y cuando se dicte sentencia y se recorte el Estatut de Miravet, serán (seremos) muchos los catalanes incómodos con la nueva realidad. Se puede argumentar la falta de legitimidad del TC en la  tesitura que los dos partidos mayoritarios le han puesto (y lo hace muy bien Pérez Royo en un artículo que publicó El País, donde explica cómo el tribunal no podía ser ultima ratio de una justa política. Se puede comentar el grado de desafección que está generando esta incertidumbre. Se pueden empezar a entrever por dónde irán los tiros, como expone López Burniol en un artículo en La Vanguardia donde daba su punto de vista en relación a la relación bilateral España-Cataluña. (Y cito a un profesor de Derecho Constitucional y a un ilustrísimo notario, para que no se diga que son tesis extremistas de rojos separatistas, melenudos, exaltados y agujereados de piercings y tatuajes quemando trapos y fotos reales en las calles).

Y va corriendo el tiempo. Y crece el problema, pero éste no es ya el de Cataluña, sino el de España. Porque Cataluña podrá siempre optar por la secesión. España, en cambio, no puede independizarse de sí misma. Porque si España no logra independizarse de una visión jacobina y centralista, si no se abre a la realidad (esto es: hay un alto porcentaje de catalanes que se sienten nacionalmente catalanes y quieren estar a gusto, ya sea dentro o fuera de España), si los poderes del Estado no explotan la generosidad que ofrece la Constitución, si España no quiere una Cataluña catalana, España se quedará sin Cataluña. Y lo lamentarán en España y lo lamentaremos en Cataluña. Pero allá será un menoscabo y aquí, al revés, una ganancia.

Hoy José Montilla, el señor que vino de Iznájar, que preside la Generalitat y que es el máximo representante del Estado en Cataluña, publica un artículo que resume bien cómo están las cosas:

Está en riesgo el sentido y el alcance del pacto constitucional, si aquellos que dicen defender la Constitución utilizan de forma cicatera su texto para subvertir su espíritu; si aquellos que deberían interpretarla devienen tercera cámara legislativa y actúan como árbitros parciales; y también si aquellos que deberían reivindicarla, se repliegan conformados y pasivos ante tal despropósito. Que nadie se equivoque: Catalunya es gente y tierra de orden. Pero de orden democrático. Catalunya ha hablado y España no puede hacer oídos sordos ni callar.

Todos nos jugamos mucho, en efecto.

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3 Respuestas a “El problema lo tienen los españoles

  1. Excelente. Gran tesis. La firmaría yo mismo sin dudarlo ni un instante.

  2. No me gusta nada como se plantea este debate desde Cataluña y los argumentos que se usan.
    El argumento de que hay que hacer sentir “cómoda” a Cataluña con el propósito de evitar la desafección de los Catalanes a la idea de España me parece un desporpósito. No porque la idea sea inadecuada de por sí en un momento determinado de la historia, si no porque esta es una idea repetida a lo largo de la historia.
    Durante la segunda república también se enfocaba este asunto de esta manera. También durante la transición, y no hablo de la mancomunidad de Cataluña para no irme demasiado lejos. Y los estatutos se aplicaron para evitar la desafección, y resulta que pocos años después la desafección sigue ahí, y se le plantea a las cortes generales que hay que ampliar el autogobierno de Cataluña para evitar la desafección, cuando pensábamos que la desafección había sido resuelta con el anterior estatuto. No nos equivoquemos, no es cuestión de desafección. Quien es desafecto lo será siempre independientemente del tipo de estatuto que se tenga, y por otro lado hay desafecciones provocadas con llamamiento a los sentimientos primarios que responden sencillamente a intereses políticos de partido.
    Este argumento de la desafección es un ciclo sin fin, pues cada vez se va a intentar ampliar el autogobierno de Cataluña, y a los políticos en activo en cada generación nunca les va a ser suficiente la cantidad de competencias que tienen. Aporbar cosas en base a evitar problemas de este tipo me parece una locura.

    Los estados deben generar una estructura competencial entre administraciones relativamente sólida y, en la medida de lo posible, homogenea. En estado puede ser autonómico, centralizado o federal, pero en todo caso debe intentar que las competencias de todas las administraciones que estén al mismo nivel sean parecidas. Obviamente Extremadura no puede tener competencias en política linguísticas ni en puertos, pero en la medida de lo posible hay que intentar esa homogeneidad. E ir reformando las competencias descoordinadamente no parece la mejor de las opciones para conseguir esto.

    Yo soy partidario de un relativo cierre competencial y de una división clara. Y si se quiere variar esta, para eso están los mecanismos de reforma constitucional.

    Otra cosa es el tribunal constitucional, la realidad de una justicia politizada y obediente a los partidos, etc. Bien, ahí podemos discutir, pero en este caso los políticos catalanes se acojen a eso para defender intereses distintos. Parece que es un crimen lo que se pretende hacer con el estatuto (Al que conscientemente se han introducido muchísimos artículos que bordean la constitución y que se sabía que iban a ser objeto de polñemica), pero en cambio la misma politización de la justicia ha llevado al juez Garzón al banquillo de los acusados y ahí parece que la gravedad es menor.
    El problema que tiene España es el problema de la justicia, pero no tiene ninguno más.El problema del Estatut no es de España, ni tampoco de Cataluña. Es un problema de los partidos políticos catalanes exclusivamente.

    Y cuando el Estatut salga recortado del TC (que saldrá más o menos pero saldrá), los políticos catalanes que decidan lo que quieren hacer: Si crear una guerra victimista para mantener la afección política en base a sentimientos primarios, o a tratar el asunto con cautela siendo pragmático. Y en función de la decisión que tomen que la sociedad catalana decida si está de acuerdo con eso o no.
    El gobierno Español nada tiene que hacer ahí ni el estado Español fuera de todo lo que no sea Cataluña. Problema de los catalanes es.

    Saludos

  3. Pingback: De la “desafecció” « MiedosLibres

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