8-9 de mayo, Victoria en Europa

Sufrieron lo indecible, salieron de todos los rincones del país a combatir al ejército nazi y lucharon, se sacrificaron y pecharon, mal pertrechados y a menudo imponiendo sólo su superioridad numérica contra enemigos ciegos de odio; durante semanas, meses y años, desde las lindes de Moscú, desde las estepas Calmucas y las playas del Báltico, combatieron hasta el mismo centro de Berlín. Son los veteranos del Ejército Rojo. Y los veteranos del Día D, los de Montecassino, las Ardenas, Arnhem, Remagen, Anzio, Tobruk, Birmania, Iwo-Jima…

Vencieron.

¿Cuántos, hoy, en nuestra sociedad del confort, en nuestra sociedad acolchada por más derechos que deberes, podríamos hacer un tercio de lo que ellos hicieron?

¿Quién es el Stalin, el Churchill, el Roosevelt que hoy sería capaz de atravesar la algodonosa tele-reality en que vivimos y acaudillar la lucha?

Porque vivimos, no nos engañemos, en una tibia madriguera de mullidas seguridades, de derechos adquiridos, de certidumbres y placideces a las que es difícil renunciar.

Si prendemos el interruptor de la luz, se hace la luz; y damos por asegurada la tramoya que hace posible el milagro (en este caso, por ejemplo, Plantas de Generación eléctrica sofisticadísimas, Omel, Red Eléctrica Española, Compañías Distribuidoras…). Si abrimos el grifo, sale agua potable. Y caliente si así la queremos. Si apetecen fresas para postre porque estamos en Mayo, las tenemos en el mercadillo o en la tienda de abastos de la esquina. Si el bebé se descalabra con el canto de una mesa, sabemos dónde ir a curarle sin tener que desdinerarnos. Si queremos salir a la calle no tenemos que ir con guaruras armados para protegernos de quienes tienen menos y podrían estar tentados de tener más. Cuando concertamos una compraventa importante, hay suficientes mecanismos legales que nos dan seguridad jurídica. Hay seguridades que podrían mejorarse, dese luego.  Hay derechos no asentados suficientemente tal vez.

Pero aunque mejorables, estas seguridades son fabulosas: basta con recordar la imposibilidad de salir a pasear tranquilamente en los estados norteños de México, sin miedo a verse en mitad de una balacera; basta recordar la tasa de analfabetismo en Bangladesh (70%); la opresión de las mujeres en Arabia Saudita; a los niños soldados del Congo; a la muy poco democrática estructura institucional de Marruecos; a las muchachas azotadas por no llevar velo en Teherán; a las moldavas, nigerianas y albenesas con quienes se trafica para proveer los burdeles de Europa; a los asmáticos de China, unidos todos por una calidad ambiental del aire en las ciudades execrable.

Recordar hoy lo que se logró hace 65 años ha de servir para recordar los sacrificios, la destrucción, las muchas muertes que costó librarse de la vesania sin freno (la maldad absoluta) del régimen nazi. Aunque estemos agazapados en nuestras confortables vidas, no olvidemos que nada sale gratis.

Hacer Historia tiene un precio.

¿Estamos dispuestos a pagarlo?

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