Nostalgia

La sobredosis de ayer me encierra y ocluye por dentro y por fuera. No obstante, dentro de mí siento, después de muchos días, que resurge en mí la nostalgia muy concreta de un paisaje, el de Mormur. Volver a oler las piedras de la parte vieja de Balaguer, sí; pasear por las huertas, sí; oler el río y recorrer sus riberas, sí; dejar pasar la luz del día por el tamiz de los pinos al mediodía en la era, también. Escuchar al paisanaje, también.

Pero sobre todo ansío volver al secano. Ansío sentir la brisa sobre los trigales, la brisa mechada de tomillo, de calor de piedra, de polvo seco, de resinoso ciprés. Ansío oír las distancias cosidas a un silbo que cruza el erial y se pierde más allá de la barranca. Los cielos azules. Lomas cenizas en la distancia, moteadas de matas de tomillo, de retorcidos romeros, enjutas carrascas y brillantes cantos expuestos al Sol de milenios. El cielo azul y las sierras del Montsec que como un telón cierran el norte como si hubiera acabado la función. La aguja de la Seu de Lleida que apunta el Sur. La ancha tierra campa, peinada por el viento, o sin peinar si está en barbecho.

He tenido la fortuna de conocer y de recorrer dos paisajes extremos: el gran desierto de Arabia y la jungla en Costa Rica. En el desierto asombra el vacío, la desnudez, la nada (no somos nada, Señor ampáranos); en la jungla la mucha vida asfixia y uno teme ser devorado por su voracidad (nada se puede hacer contra tanta vida, contra tanta lujuria). El desierto es eternidad: el Norte y el Sur, bajo el blanco resplandor de un sol tan mineral como la arena, son iguales. Diacronía en silencio: el tiempo se estira y se detiene. En mitad del desierto uno sólo puede ser dos cosas: o tiempo detenido, o arena. Y en la jungla, en cambio, el espacio se aprieta, se comprime, se encierra; el tiempo se acelera; de los trinos de un pájaro al croar de una rana, o al crujido de un arbusto, o bien el siseo una legión de hormigas cruzando la trocha; en la jungla la visual no alarga más de diez metros. Claustrofobia en sincronía.

Mormur, el llano secarral que se extiende a Poniente de Balaguer, combina ambos mundos: la llana extensión, la amplia visual que uno puede tener desde cualquier altozano, se enriquece con la fauna y la flora del lugar, que aunque discreta, si se mira con atención no deja de desvelar belleza. Lomas romas. Bosquecillos de encinas chaparras. Laderas de piedra que nunca se sabe si suben o bajan de lo alto del tozal del que parecen colgar. Aliagas y tomillo. Una pineda. Un cañaveral que esconde el cauce flaco del río Farfanya. Encinas que murieron al cabo de cuatro años de sequía, y siguen hoy, en la somera cima de un roquedo, con los nudillos secos de sus ramas pidiendo en vano al cielo lluvias.

Siempre me he preguntado por qué extraña razón este paisaje seco, arisco, este erial en una esquina del país, me provoca tanta nostalgia.

Hoy, con las piedras de la nostalgia en el estómago, miro fotos buscando consuelo.

Y suspiro.

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2 Respuestas a “Nostalgia

  1. Éstos son los verdaderos paisajes, porque no están adornados de espléndidos verdes boscosos, ni de magníficas moles alpinas, ni de amplias superficies acuáticas. Aquí, cada piedra, cada brizna de verdor, cada accidente del terreno es un compendio del mundo. Así debió ser el primer dia de La Creación, el universo en su escueta desnudez, esencial.

  2. Potser aquestes ganes de retornar al secà són els litres i litres d’aigua que no paren de caure? 😀

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