Cosas necesarias para escribir

Scrivener es un software para escritores, está diseñado para facilitar la creación literaria, o mejor dicho, para mejorar y facilitar la experiencia de crear una narración (ya tome ésta la forma de novela, de guión cinematográfico o sea teatro). Probablemente es el mejor programa para esta tarea, hay consenso entre los blogueros que he podido consultar (con el inconveniente que sólo funciona para Mac). Hay algunos otros programas parecidos (yWriterStorybook…). Permiten organizar la información relativa a escenarios, personajes intervinientes, capítulos, escenas, hilos argumentales, sinopsis, backgrounds

Hay otro tipo de programas útiles para quienes deseen ponerse a escribir sin verse interferidos por las muchas llamadas que un PC puede hacer sonar en cualquier momento (emails entrantes, tal persona conectada a MSN, tal otra online en Skype…). Por ejemplo darkRoom o (algo mejor) WriteMonkey. Estos programas “apagan” el ordenador, dejan una pantalla negra y sólo queda escribir, sin atender a formatos, ni a ortografías ni a nada que no sea el picar y picar y picar texto. Al fin y al cabo, un cuento es una larga cuenta de palabras, poco más. Después, con un editor al uso (MSWord o el Writer de OpenOffice), ya habrá tiempo de pulir y dar esplendor.

Otro tipo de programas que pueden ser útiles son los mind-mappers, programas cuya virtud consiste en poner sobre el papel, o en pantalla, gran cantidad de ideas, ejemplos, muestras, citas y vínculos de manera visual. Yo utilizo XMind. Es bueno para  los brain-stormings, aunque exista el riesgo de naufragar en alguna de las tormentas, y de quedarse flotando al pairo e inerme en medio de una lujuriante marea de restos inservibles de información intrincada, náufrago de uno mismo. Úsense, pues, con sensata moderación.

Un sitio donde escribir. El escritor es un hábitat: una mesa, una serie de cuadros, de fotos, de olores. Cierta luz. Ciertos libros a mano. Cierto silencio (yo, cuando la lavadora gira, no puedo escribir: o la apago y la pospongo, o me tapo los oídos con cartuchos de goma-espuma si la necesidad de escribir apremia).

Papel y lápiz: cuadernos, cuartillas, libretitas (de Moleskine o similares). Una superficie despejada, un poco de tranquilidad. Mucho (mucho) tiempo libre para leer, para perder, para concebir, pensar, madurar, idear, combinar, saborear, para charlar, para compartir. No se puede escribir sin vivir; el escritor, en realidad, sólo sabe escrivivir.

Unos hábitos: el escritor es un hábitat, pero crece en él sólo si impone unos hábitos, unos horarios, unas horas dedicadas a escribir; si no a escribir propiamente, al menos para no hacer otra que cosa que pensar en escribir y en lo que se ha de escribir. Y no forzosamente ha de pasar el tiempo sentado en una silla frente al papel en blanco; yo salgo a dar un garbeo de una o dos horas por la campiña aledaña y vuelvo fresquísimo y con tinta en las venas. Es importante que cada uno busque y encuentre su manera de hacer las cosas (no hay reglas). Buscar y encontrar tiempo para lo que uno quiere hacer. Aprender a renunciar (a la vida social, a saber de qué se habla en la tele, a la felicidad conyugal, al coche) y renunciar con la tranquilidad de decir: “Esta es la vida que he escogido” –no es fácil.

Escribir es a menudo una tarea ingrata: consiste en darle forma verbal a una idea o a un relato buscando en cada frase la manera de congeniar fondo y forma usando el lenguaje, esto es: con la materia prima que es el más manido de los instrumentos de comunicación (pues todo el mundo habla y emplea las palabras de una u otra manera: el escritor existe y vale sólo si se singulariza). Para lograrlo hay que haber leído mucho, para saber qué se dijo antes, hay que leer lo que se dice en presente, y hay que escribir y afanarse en escribir bien: “Es escritor aquel a quien le cuesta mucho escribir” dejó dicho Thomas Mann. Se requieren muchas ganas (o neurosis) para llevar a buen término un proyecto literario. Y escribir cotidianamente ayuda mucho. Mantener un blog, por ejemplo, es una manera estupenda de acostumbrarse a escribir regularmente: animarlo, buscar ideas, argumentar, describir, poner por escrito cada día un poco de uno mismo ayuda a no temer cuando uno mismo se echa entero en el asador de una novela. Aunque tiene el blog una nefanda cualidad: la rápida gratificación de la inmediata interacción con el lector (que divierte, distrae, aparta del objetivo trazado). También un vaso de tinto (o una botella entera de whisky, que es lo que necesitaba Faulkner mientras escribía) o una enredadera de humos verdes pueden ser más obstáculo que ayuda. Pero cada caso es diferente.

Sofisticados programas, un hábitat, una serie de hábitos.

Pero sobre todo, y especialmente, ganas. Todo lo demás es un lujo, un extra, una comodidad prescindible. Ganas y papel y lápiz.

Y el socorro rojo de familia y amigos (que desde aquí agradezco) que permitan el lujo mayor de todos: tiempo.

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