Contra la Fiesta y los “taurinos”

El diario ABC, “fiel a su línea de defensa de las raíces culturales españolas”, suscribe y fomenta un manifiesto en defensa de la libertad de asistir a los toros.

En primer término aduce el manifiesto que la tauromaquia es “un Arte que utiliza como material a un animal peligrosísimo para crear belleza y emoción”.

Nótese el aumentativo empitonado que se emplea: ¡peligrosísimo! El toro bravo, no lo olvidemos, señores, es un rumiante. Es un herbívoro. Una cebra acorralada también puede ser peligrosa. Y un lindo gatito que lucha por escapar al acoso también será peligroso.

Y menciona luego el manifiesto una lista de creadores que se han inspirado en la Tauromaquia para pintar y escribir. Caramba, me digo (llevando la tesis hasta el absurdo): ¿Por qué no defendemos la crucifixión de las personas como nuevo castigo corporal? Han sido muchos los pintores que han pintado Cristos en la cruz y han hecho Arte con ello, ¿verdad?

De la utilización de un animal para hacer (y lucrarse con) Arte ya quedó todo dicho cuando la polémica de Hirst y sus cerdos y cebras y tiburones en formol: “Un pescado muy grande para una idea tan flaca”.

Este animal, el toro bravo, no sólo es peligrosísimo; también es, dice el manifiesto, bellísimo –no lo dudamos; y es animal que quedaría en peligro de extinción si cesara la Fiesta. Este argumento se desmonta solo: si tan bello es el animal, ¿por qué habría de extinguirse? Si tan bello es el toro, cuídense sus dehesas. Porque un animal se extingue si desaparece su hábitat, ese medio millón de hectáreas de dehesa donde pacen hoy día. Si desapareciera la Fiesta, los propietarios de las ganaderías dedicarán sus pastos a otros usos más lucrativos; el peligro no es tanto que se extingan los toros, sino que, al evaporarse la ganancia que de ellos se obtiene, se perderían esos bellos paisajes castellanos y andaluces que constituyen el hábitat del toro (y de muchos otros animales). Así ocurrió en Chile, donde el toro bravo se extinguió cuando se prohibió la Fiesta el mismo día en que se proclamó la Independencia. Ocurrió lo que tenía que ocurrir: los ganaderos, tan amantes y defensores de la fiesta y de los toros cuando hay beneficio en ello, cuando vieron seco el venero de ese lucro, dedicaron las dehesas a cultivos. Sin embargo, en una sociedad moderna, del mismo modo que con las ZEPAs se protegen los hábitats de los pájaros singulares, podrán dedicarse recursos a sostener los hábitats de las reses bravas.

Del empleo que se perdería si se prohibieran los festejos taurinos (unos doscientos mil, según estimaciones de los taurinos; cuarenta mil según otras fuentes) poco hay que decir. También el progreso se ha llevado por delante a muchas profesiones: minervistas y guillotinistas en las industrias gráficas, por poner un ejemplo, cuando apareció Gates y las impresoras de tinta. No sería la primera reconversión de una industria en otra.

Sigue el manifiesto declarando que a la Fiesta “en todo el mundo se la reconoce como una seña de identidad de la cultura española”. Desde mi periferia catalana puedo decir que me gustaría ser reconocido por otra cosa. No quisiera parecer ante el mundo como un admirador de torturadores de toros, porque de eso se trata, cuando se encierra a un herbívoro en un coso y se le acosa con vesania hasta matarlo.

Basta una ilustración para sacar tajantes conlusiones.

Me disgusta, y no soy el único ni estoy solo, que se me asocie a este presunto Arte. Los tiempos cambian, cambian las sensibilidades. Hay cosas que antes se hacían y que han dejado de hacerse. Dice el manifiesto: “La Fiesta ha ido siempre unida a la historia de España, que expresa las circunstancias de cada momento y la psicología del pueblo español”. Pues bien: el pueblo de España (¡Oh! ¡Qué pasión por la locución “pueblo de…” en boca de todos los nacionalistas!) está constituido por diferentes gentes, diferentes maneras de pensar, de sentir, de vivir. Y una parte de él (que se expresa por la voluntad popular representada en el Parlament de Cataluña) deja claro que está contra la tortura de animales en los cosos, al menos en nuestro pedazo de España que es, por ahora, Cataluña y sobre la cual (por ahora) aún podemos legislar –un poquito al menos. En Sevilla, en Badajoz, Salamanca y en Madrid, que cada uno legisle como le venga en gana o mejor sepa.

Y visto que entra al trapo el nacionalismo español para defender su punto de vista (uniformador, ciego a la pluralidad), permítaseme apuntar que quizás debamos deducir algunos que, visto que no pensamos como el “pueblo de España”, acaso no somos parte de él. Y yerra torticeramente el ABC cuando llama a la unidad en torno a una fiesta (sangrienta) que, dice, “no es patrimonio de una región, una ideología, una clase social o un nivel económico”. Los toros son patrimonio de una ideología que tiene una imagen muy clara de sí misma: el nacionalismo español. Tanto es así que los toros se impusieron (con las flamencas y sus faralaes volanderos) en la iconografía del país de mano de los ministerios (franquistas) de turismo. En la pell de brau caben todas las sensibilidades, ciertamente. Incluso caben toreros tocados con barretina y una señera por capote (Serafín Marín: ¡olé tus huevos!). Y también cabe el asco que provoca ver cómo se tortura a un animal con ánimo de lucro.

El manifiesto termina pidiendo apoyo a quienes desean disfrutar de la Libertad de ir a los toros. Yo en cambio promovería un manifiesto pidiendo Libertad (la misma) para legislar según el sentir de la mayoría. Siempre les quedará, a los amantes de la tortura en los cosos, la posibilidad de cambiar la opinión de la mayoría: en Cataluña, con Serafín Marín, desde luego ya disponen de cabeza de cartel.

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4 Respuestas a “Contra la Fiesta y los “taurinos”

  1. Propongo crear una raza de élite , unos atletas que vivan entregados al buen yantar y a su divino cuerpo para acabar ofreciendo sus vidas para que otros se diviertan , colgados de los huevos o luchando contra leones .
    Ah que eso ya se hacía en Roma y acabaron prohibiéndolo .
    La gente no sabe divertirse .
    Mira que ahora querer quitar los toros, con lo que sangran y cómo lucen ….

  2. Lamento decir, que provengo de familia no solo amantes de la tauromaquia, sino de toreros y banderilleros, aunque no
    de renombre, pero no por ello, dejaron de ser, cuerpos del delito. Ellos, tienen un criterio, me refiero a los toreros y amantes del toreo, que de no ser criados estos toros para la lidia, la raza desaparecería.. (como bien dice Pedro en du texto)
    Que si el toro muere con alegría , y un montón de sandeces más que se ha tenido que aguantar oír.. La triste realidad es otra o al menos, lo era hace años: El pobre toro, no entiende por qué le tiran un saco de 100 kilos de peso desde cierta altura, lleno de arena, en la espalda, esto es para que pierda fuerza, para que esté jodido y dolorido antes de salir al ruedo, se le pone la pulla, se le sierran las astas y cuando van a salir, antes de abrir la puerta de toriles, les pinchan los testículos para que salgan como locos, al
    llegar al ruedo, el bullicio de la gente, les desorienta, y aparte del pinchazo en los testículos, corren como locos dando vueltas del miedo que sienten y prácticamente pierden la visión durante un rato. Esto, según tengo entendido, es lo que se hacía antaño, lo que no se ve… no sé si esto que digo se ha dejado de practicar , aunque en realidad se siga haciendo o no, el resultado final, lamentablemente, es el mismo…

  3. Pedro, tú y yo hemos visto tardes de toros y leído y disfrutado con la exaltación artística del riesgo y la sangre y la contienda pretendidamente pareja. Te olvidas de decirlo.
    Precisamente por eso, sin embargo, podemos decir que no nos puede el tópico, ni el animalismo primario… sino la simple observación que bajo todo esa bonita y barroca construcción hay una muerte totalmente innecesaria. Si muere un toro, por qué no puede morir un perro en cualquier esquina, un caballo, o un león traído de África, igual que en la antigüedad romana. Y en cambio nuestras leyes lo prohíben.
    Yo encuentro la corrida hermosa, pero no por eso la considero lícita. Muchas otras cosas hay emocionantes y hermosas y no por eso dejan de estar prohibidas, atendiendo a un argumento mayor.

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