Cosas de Tim

Tim acostumbra a llevar siempre encima una cámara de fotos. A menudo se entretiene tomando vistas de muros: paredes encaladas, muretes de piedra, techumbres caídas, tapias horadadas por el tiempo, medianeras que quedan expuestas a la intemperie y en cuyas superficie el sol estira luces y sombras azules, paredes de ladrillo cuyo friso ha empezado a caer, puertas de zaguanes con los umbrales de piedra desgastados por los años, esquinas donde una sombra traza la bisectriz imposible del mediodía, chorretones de humedad, en otra fachada, que son sombras verticales de moho viejo.
Son fotografías sin punto de fuga, sin perspectiva, sin salida posible: frontales, sin figuras, sin paisajes aledaños. Por ejemplo una fachada y un número 4 que marca una puerta tapiada. El paredón de un huerto en cuya verticalidad sólo las sombras del ramaje permiten sospechar que un ciruelo asoma cimero. El desmoronado murete de una capilla junto a un camino cuyo desconchado yeso descubre la fábrica de piedras y cemento barato. Una muralla de grueso granito gris en la Sierra de Madrid. Lajas de pizarra en el Pirineo. Muros de caliza mal tallada en los secanos de la Segarra.
Tim no sabe por qué oscura razón suele fotografiar muros, murallas, tapias y paredes sin escape. Tiene una colección importante de aproximadamente 300 fotografías con esta temática que ha ido acumulando a lo largo de sus viajes: muros de adobe africano, fachadas vidriadas en las capitales de Europa, atardeceres tornasolando piedra vista en la Francia rural, paredes de almacenes, de talleres (sobre todo si en ellas alguien ha colgado recortes de revistas guarras), graffitis de esos que crecen en las esquinas de los arrabales. Suele llevar encima su pequeña cámara digital y simplemente está atento a su entorno, y si algo (que puede ser muy nimio) en algún paredón le llama la atención, se aparta un momento, saca su cámara, apunta y saca un par de instantáneas. Luego en casa las descargará y guardará en una carpeta especial llena de fotos sin punto de fuga ni destino. A veces las recorta.
Una vez mostró su colección de fotos a Laura, una compañera de trabajo. “Son tristes” comentó. “No importa, quiero verlas”, contestó Laura. Tras un rato ensimismada frente a la pantalla, Laura se giró y dijo: “Tienes razón, son tristes; pero no son aburridas”. Siguió mirando, pasando fotos en el visor. Añadió: “Si fueras un fotógrafo célebre, podrías exhibirlas en alguna sala de exposiciones y habría críticos haciendo teorías sobre el sentido de las fotos y la carga de crítica social y esas cosas “. Se rieron. Tim simplemente pensaba que le gustaba tomar fotos de paredes, y no buscaba decir nada ni hacer crítica social, ni dejar testimonio de nada. Rumiaba las razones que le impulsaban una y otra vez contra las paredes, y trataba de justificarse; no podía.
Simplemente, con el tiempo, había reunido un montón de fotos de paredes. Ahora Laura las estaba mirando; Tim podía oler el intenso olor de alheña que exhalaba la melena de Laura, cuando se agachaba por encima de su hombro para mirar él también, para apuntar algún dato (esta pared es de la muralla de Jerusalén, esta luz es de madrugada, en el aeropuerto de Bucarest) y mientras hablaba respiraba el olor de alheña de Laura.
No había más.
Por la noche Tim soñó que Laura posaba desnuda para él. Se puso caliente. Al despertar pensó en comentárselo. Pero no se atrevió, cuando la vio en el despacho. No había más.
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