El amanecer del fauno

Yazgo sobre la cama aún tibia y sin hacer como un fauno de mármol. Recién duchado, con el sabor del primer café caracoleando en la boca. Quieto, con los brazos en alto y cruzados tras la nuca y apoyado contra el cabezal de la cama, miro el cuarto y la luz del exterior que lo ilumina con lechosa mansedumbre. La radio derrama un cuarteto para cuerdas que diríase desordena el embaldosado.

Estiro el brazo y con la mano alcanzo un libro que, desde hace unos días, me proporciona esos diez minutos de lectura previos al sueño y que, cuando éste me vence, aparto y dejo boca abajo sobre la cama. Lo abro al azar:

Le lendemain fut, pour Emma, une journée funèbre. Tout lui parut enveloppé par une atmosphère noire qui flottait confusément sur l’extérieur des choses ; et le chagrin s’engouffrait dans son âme avec des hurlements doux, comme fait le vent d’hiver dans les châteaux abandonnés. C’était cette rêverie que l’on a sur ce qui ne reviendra plus, la lassitude qui vous prend après chaque fait accompli, cette douleur, enfin, que vous apportent l’interruption de tout mouvement accoutumé, la cessation brusque d’une vibration prolongée.

No podía ser más oportuno. “Madame Bovary, c’est moi.

Miro la silla y el cesto de ropa sucia. Miro la pared desconchada, miro el techo y su envigado. Miro el huevo de luz y papel del rincón. La claridad difusa cuyos raudales entran por la ventana es blanquecina: si ayer el día estaba vibrante de luz y Sol recién llovido, hoy el frente nuboso cierra de nuevo las perspectivas sin dejar puertas abiertas.

Abrir libros al azar en momentos de tribulación es una bendición. Me acojo a ella humildemente. Releo lentamente el párrafo citado arriba (corresponde al cap. VII de la segunda parte de Mme Bovary). La última frase retrata al fauno de hoy.

Súbitamente y sin pedir audiencia, anoche a eso de las diez, una conversación telefónica dio al traste con la euforia que mencionaba ayer. Con tres frases sin paliativos se desvanecieron las alegrías sin sustento, las ilusiones en el aire y las fantasías que me tenían el alma ereccionada. Siguió luego la rabia y el dolor. La autocompasión. Fue un atravesar, en breves minutos, un río con muchas aguas mezcladas. Siguió un cierto desencanto, mucho hastío, muchas ganas de tirar las toallas y el toallero entero. Siguió un intento de racionalizar, de hurgar en el “No hay mal que por bien no venga”.

No me queda más remedio que pechar adelante, una vez más, y seguir arrastrándome por mi menesterosa condición desdinerada que me condena y me salva a la vez (no se puede embargar a quien no tiene) y me impulsa a perseverar en lo que hago.

Cuando el fauno de mármol que he sido un rato, después de la ducha (aún me acompañan ecos de lavandas), ha logrado zafarse de la lassitude qui vous prend après chaque fait accompli, me arrastro hasta el despacho y busco en internet una lista de concursos literarios (aquí, por desgracia un plazo más importante me sorprende a medias, y lamento tener que dejarlo pasar). Necesito un deadline si no quiero estar dead antes de hora. Necesito exprimir dinero de lo que me gusta hacer, de la tinta que vierto cada día.

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Una respuesta a “El amanecer del fauno

  1. no desesperis…segur que te’n sortiràs, però la paciència no ha estat mai el teu fort

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