Archivo mensual: julio 2010

Hacer el ridículo

Cuentan que un embajador francés le preguntó al President Tarradellas, cuando recién éste acababa de retornar del exilio, cuál iba a ser su política. “Surtout, ne pas faire le ridicule”, contestó.

Pienso en ello mientras hundo mis pies en el limo que cubre el fondo del aljibe. Se están regando los frutales (la última agua antes de la cosecha) y aprovecho que la vieja balsa del cáñamo está vacía para limiarla y raspar el fondo con una pala cuadrada, de las de filo plano. Ruge al rascar el fondo de cemento. Pesa el fango. Huele a descomposición, a marisco, a musgo mustio. Hundo en el limo mis pies y me salpica el barro cuando levanto la pala cargada sobre el petril y la vacío en un margen. La algarabía de los pájaros no cesa; algunas golondrinas se acercan, sobrevuelan la balsa y se marchan: probablemente hubiesen tensado un vuelo rasante para picar agua. Les colombes roucoulent. El primer ciprés descuelga una rama en grácil curba y me hace pensar en las pinceladas de Van Gogh.

Pienso en el día por delante. Celebro que un ligero cendal de nubes maticen el sol. No se ha disparado la temperatura como se disparará luego, haciendo imposible la siesta, embadurnando el ocio en sudor pegajoso.

Apartado del trajín, en este mi terruño de Ponent, miro atrás, escucho las noticias, y se me excitan las ganas de recluirme aquí todo el año, lejos del mundanal ruido. De nosotros los catalanes podrá decirse que nunca desaprovechamos ninguna ocasión de hacer el ridículo. Releo el tomo 41 de las OOCC de pla y es como leer en presente: “La classe dominant a Catalunya ha cregut sempre que la Constitució espanyola seria federal, i en aquest punt s’ha equivocat absolutament”. Pla se refiere a la Constitución de la República. Y diríase que se refiere a Maragall i a tutti quanti. Más, refiriéndose a aquellos que desean cambiar España: “Només el fons d’invencible provincianisme que es troba sempre en certs sectors de la política catalana aparentment més moderna pot creure en aquestes transmutacions”. La votación en el Parlament prohibiendo los toros me desasosiega; el indulto a los corre-bous me repugna; la reacción de España espanta.

Me vuelvo a mis libros. A mi Plutarco, a mis papeles. Me deleito con morbosa curiosidad leyendo las torturas que se estilaban en la corte de Artajerjes. Leo la Consolación a Hevia y luego la rastrera Consolación a Polibio. En la primera leo una mención a las Pauperis Cella. En la segunda tanto asco me hace desistir de llegar al final; es como psicoanalizar a un político pendiente de su poltrona (¡qué actual!).

Revive en mí, habiendo descubierto que mi descubrimiento no es nuevo (Sólo es nuevo lo que olvidamos), la idea del Ashram de Mormur. Los ricos romanos, para tomar consciencia de sus excesos y del confort de su vida, solían recluirse en celdas de pobreza para no olvidar lo esencial: que con poco puede vivirse. Y sin conexión a internet, y sin radio ni televisión, sin sms ni teléfonos online, con alimentos básicos y a solas, sin más por delante que espacio y tiempo.

Soledad.

Pienso en ella. Pienso en las mujeres. Pienso en los amores. Pienso en los amigos. Oigo a las niñas jugar con clicks de Playmobil en uno de los zaguanes de la casa, a la sombra. En los pinos de la era, el piar de los gorriones. Oigo el tren de las doce y las campanadas de Santa Maria. Pienso en Tim y en sus andanzas. Pienso si hago el ridículo cuando pienso en dejarlo todo, en romper amarras y venirme tierra adentro, a este mi pauperis soli, a estar solo. Pienso si acaso no lo estoy ya haciendo al escribir esto.

Me callo. Bajo las persianas, para que la calor no ahogue las estancias, para poder luego dormir la siesta.

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Premonición de la desgracia (cuento, o fragmento de algo)

In order for the light to shine so brightly,
the darkness must be present.

Sir Francis Bacon

Oigo a la mujer alemana que cada noche baja a nadar sus largos, y sé que hay una chica tendida en la cama, apenas vestida, probablemente aburrida y tentadora tras los visillos del piso de al lado. La veo si me asomo al balcón: un pie, un brazo, su cabeza rubia, la melena recogida con una cinta; yo también tengo calor. El chapoteo de la piscina atrae mi atención. Regulares brazadas llevan de un extremo al otro el cuerpo blanco, feto en formol, alumbrado desde abajo por los focos que rectangulan perfectamente la silueta del agua en la oscuridad del jardín.

Es difícil, dado el contraste, distinguir el color de su bañador, que bien pudiera ser negro, o rojo o granate o verde oscuro. La distancia y el contraste imposibilitan la definición; en realidad, a nadie le importa de qué color sea el bañador.

Han estallado algunas bombas en Sharm-El-Sheik. Mientras cenaba he seguido los informativos de la televisión. Y he de hacer esas tres llamaditas para asegurarme el tiro. Bueno, mañana por la mañana, ellos trabajan el domingo, Don’t they know it’s Friday?

Un grupo de jóvenes se une a la nadadora. Me entretengo en contar cuántos son. Ocho, más la señora que surca largos sin respiro.

Se disparan los aspersores y se alborotan los chicos de abajo. Corren, chillan y ríen, algunos saltan al agua,otros se apresuran a recoger las toallas para resguardarlas de los abanicos de lluvia; la oscuridad del jardín se estremece.

La señora alemana termina cada noche cuando el riego automático se activa: se dirige a una escalerilla y sale del agua, tiesa (¿prusiana?), lentamente, sin mirar la algarabía de los chicos cuyas risas suben entrecortadas, deslavazadas, como procedentes de un viejo disco de piedra, con el chispear de los aspersores a guisa del crepitar característico de aquellas grabaciones de tanguistas y tenores portentosos de antes de la guerra : cheek to cheek. Pero la calma retoma sus anchas y se extiende derrama por el jardín de la piscina, bajo la lluvia artificial que parece cubrir, encapsular allá abajo, seis pisos más abajo, el submundo de la piscina : rectángulo de luz semoviente en cuyo magma bullen los nadadores : los chavales hablan, sin estridencias ahora : se desplazan perezosamente las cabecitas negras de un lado al otro : el chapoteo se diluye en la quietud que impone la noche. Una chica empieza a nadar como antes lo hiciera la mujer alemana, siguiendo la corona de la piscina, sin prestar atención a la compañía, desplazando a velocidad de crucero su cuerpo (formoliblanco también) de un extremo al otro, se nota la juventud en la elasticidad de sus brazadas. Sus amigos ocupan el centro de la piscina, charlan (supongo, aunque apenas me llega el sonido de sus voces, cuchichean, ríen), bracean, patalean en silencio.

Diríase que bailan. La chica que nada se dirige a ellos en el centro de la piscina, hablan un momento y dan la impresión de haber decidido dar por terminado el baño.

Salen del agua. Recogen las toallas, cruzan el césped a oscuras, se van. Exeunt.

La piscina vacía. Desde lo alto de mi balcón me quedo prendado de las iridiscencias del agua, de las ondulaciones aún no quietas, de los reflejos. Entro a buscar más cerveza y de refilón veo the girl next door. Perezosamente se está rascando la espalda. Está tendida en la cama, imagino que viendo alguna película o la televisión; lo deduzco del resplandor variable que ilumina sus curvas.

Cuando vuelvo de la cocina los focos de la piscina se han apagado.

Ahora todo es oscuro allá abajo. La vista es atraída por el paisaje a lo lejos, la línea de casas que sigue la costa y los puntos blancos o rojos a lo lejos, barcas y quizás algún barco en alta mar.

Con la cerveza en la mano, apoyado en la barandilla, espío a mi vecina.

No puedes pedirme esto ahora. En unas horas, ¿cuántas? dos y media hasta Heathrow, una de transit y seis horas en un estupendísimo avión de mierda de Saudi Arabian dotado de flying mosque pero nada de alcohol a bordo. Eso sí, la qutbla digital marcando siempre y bien la ubicación de la Meca. Una vez en Indonesia, borrachos estábamos, se nos ocurrió girar las qutbla que, con una chincheta, estaban pegadas al techo de las habitaciones. Lo que nos reímos al comentar luego la jugada y siempre al vernos venga a rememorar y a reír, recuerdo en Barajas, starting point de otra misión, nos vimos los tres y lo primero que hicimos fue ponernos de espaldas, cada uno mirando a un lado, y simulamos (estruendosas risas) el rezo musulmán (¿las rakkat?) para escándalo de quienes no nos conocían. Así son las misiones, acabas compinchándote y cultivando amistades etéreas que sostienen la memoria de hazañas y aventuras, the expats daring deeds, algunas de las cuales son divertidas –ojo, Al-Khobar sin embargo no fue nada gracioso, y aún así, con el tiempo, nos hemos podido reír de aquella loca carrera, de aquellas miradas sombrías en el lobby de hotel. Y de aquel Consejero Comercial de la Embajada sudando, y aquel Analista de Mercado (trece años en Ryadh, más veterano que el camello de Lawrence), que mientras pasaba lista, sorbiendo una limonada, o naranjada, por mí que le había metido algún licor dentro, de su petaca, el cabrón siempre con su petaquilla de whisky encima, que mientras pasaba lista iba hablando con alguien en su casa de si habían llevado la colada a la lavandería.

Y en el Meridian todos convencidos de que nos iban a degollar, con la colada hecha, eso sí. Fue cuando nos evacuaron de urgencia a Kuwait. Aquel día los islamistas habían asaltado un compound de trabajadores occidentales de la Saudi Aramco y mataron a una veintena; yo el día anterior había estado ahí, en aquel compaound blindado, en las oficinas, tramitando un approval.

Se llama Bérénice. Where are you from? Y resulta que no sabría ella mismo decirlo. Hija de británicos, aunque francesa de pasaporte, jus soli mediante, habiendo pasado mocedad en Yemen y Omán, cursado estudios (¿de qué? no sé) en oscuras universidades mideluésticas, a rastras de un padre geólogo, tenido parejas de tres razas distintas, ahora dice haberse cansado de viajar y fijó residencia en este bloque frente al mar. No sé de qué vive. Sé que se estira a ver la televisión y la espío. Me gusta verla a escondidas, y no sé si ella me ha visto. Ayer por la mañana al salir al balcón me la encontré postrada frente al Sol, escasa de ropa, inclinada en reverente súplica o adoración, con las manos tendidas al sol nuevo, reconcentrada en el esmero de empezar bien un día de verano. Luego, mientras ambos desayunábamos, cada uno en su balcón, cruzamos un escueto saludo, G’d morning en media sonrisa, mitad timidez, mitad alegría de descubrir compañía, y otro refilón a las piernas de ella bajo la mesa.

Al terminar el té me encerré en el despacho y trabajé toda la mañana, hice las llamadas. Entremeses y un resto de gazpacho, mesa ligera plantada en la terraza. Esta misma tarde acabo de redactar el abstract y añadir las notas para Leire.

Ella, Bérénice, también come en la terraza. Me pregunto a qué se dedica. Me lo he preguntado comiendo y al acabar, justo antes de retirarme (me gusta esta relación fragmentaria, estas conversaciones espaciadas de pocas palabras y bastante misterio –ayer ella me preguntó el nombre de la planta olorosa que he plantado en una maceta que dejo en el pretil que separa nuestros balcones), con los platos en las manos y la cabeza ya de vuelta a mis pesquisas, se lo he preguntado, de balcón a balcón. Ha levantado la mirada y meditado la respuesta; yo, mientras, espero con los platos en la mano. Me dice con sorna que es an irish writer. Hago una mueca con los labios, para que ella la interprete como sepa; irish writer. Supongo que es un chiste privado. Reocojo la mesa, migas, hago la cocina y me siento al despacho.

Yo soy vendedor de tornillería.

A las siete de la tarde estoy ya harto de escribir y de anotar, releer y buscar entre notas viejas consultas y carpetas desordenadas. Me ducho y me siento en la terraza a ver la línea de la costa a lo lejos, oliendo la mejorana a mi espalda, (–Mejorana se llama, sorry, no sé qué nombre tiene en inglés; es una típica planta mediterránea. Marjorane may be ?), saboreando una cerveza. Lo jodido será en Ryadh, en Saudia, KSA, ese Vaticano inmenso de arena y almuédanos: ley seca, claro, por el clima dirán, ¿cómo no va a ser seca?

–Tomorrow I’m going to Saudia, for about ten days. Wanna share a beer? –Are these your last beers? –Nope, I’ll try to be back –y añado: –in order to refill the fridge.

Se levanta, se acerca a la barandilla y tiende la mano.

Espera, le digo, y entro a buscar una cerveza para ella.

Destapo la botella y se la doy, por encima de las matas de mejorana, romero y tomillo que planté unas semanas atrás. Gracias, me dice monosilábicamente, llevándose el botellín a los labios. Bérénice sonríe con los ojos, agradecen sus ojos el gesto con un brillo, o anticipan con su estremecimiento de trago número uno, uy, qué feo queda eso, de primer trago abriendo camino esófago abajo, estremecimientos venideros, otros, que tal vez ahora, habiendo cruzado la barandilla (aunque no roja) de su balcón, son cosas que han de ocurrir, que ambos, tal vez, procuraremos que ocurran. Se acoda a la barandilla y mira abajo. La superficie del agua se adormece y empieza a olvidar la agitación de los bañistas.

A lo lejos se oye el tum-tum de una discoteca : la Atlántida, en el extremo del pueblo : podemos ver los haces de luz fileteando el cielo. Imagino estroboscópicas beldades agitándose en su salsa. Es como si estuviese todo muy lejos. Lejos las chicas bailando ombligos en las pistas de baile contoneándose la línea de la playa, lejos, seis pisos abajo, la piscina y lejos Sharm-El-Sheik y Ryadh. Lejos incluso el aroma del tomillo y la chica on the other side of the hill. Me dice que no ha estado nunca en la Atlántida.

Le digo que yo no la llevaré. Y replica ella con cantarina complicidad: I’ll always prefer to be seating by the dock of the Bay, y se pone a tararear by the dock of the Bay, wasting time, wasting time, y se ríe, yo con ella, y temblotean sus pechos, levanta la botella y mirándome a los ojos se la vuelve a llevar a la boca y echa la cabeza hacia atrás y bebe y bebe dans le port d’Amsterdam il y a des marins qui boivent et qui boivent –fin del botellín– et qui boivent à mourir y ahora soy yo quien canturrea con voz queda y bajito, mirando su cuerpo, su torso, su torso de Adonis, verso de Lorca (¡lorco me tienes!) que se me escabulle, en Menton, sí, tu niñez, de aliaga y fábula de sueños, imaginándome en el calorcito agradable de dentro de su camiseta, alma tibia sin ti que no te entiende (¿irish writer?) y echo un trago yo también, levanto la cara y bebo y cierro los ojos y bebo hasta acabar la cerveza, que no la sed. Cuando los vuelvo a abrir Bérénice sigue acodada a la barandilla, mirando a lo lejos. Perdidos ambos en las líneas del horizonte.

No puedes pedirme esto. El catafórico pierde substancia cuando tratamos de encapsularlo en una frase; como una cerveza agitada, la búsqueda derramará espumas efímeras, y me limitaré a pasar la bayeta al día siguiente, recogiendo ceniceros, apartando servilletas y vaciando por el desagüe culines de birra, copas de vino y whiskies aguados en el deshielo del tiempo. En dos horas aquí no ha pasado nada y si te visto no me acuerdo, como no me acuerdo de aquel poema magnífico, ese de Lorca, sabes, viéndote antes, no sé porqué, me acordé de él, pero no logro rescatarlo de mi memoria.

Somewhere it lays, lost. Ah… too many cervezas, my friend. Y agachas la cabeza. Y luego la levantas. Por qué no bajamos y nos damos un baño? Nos ayudará a despertar mañana, no crees?

Déjame, Bérénice, que beba un poco más. Y ella me dice, don’t move, I’ll bring something, y entra en su piso, y reaparece enseguida con un par de largas latas de cerveza.

Marca desconocida. Pero no importa. Un trianglo rojo y la indicación Pale Ale. Es suficiente. Sonrío. Ahora es ella la que tiende la mano por encima de la barandilla. Tomo la lata y la abro. Mmmmmh. Quisiera, quisiera.

Nos miramos con una seriedad tensa. Tum-tum a lo lejos, really far. Wasting time. Pero mantenemos la mirada.

En realidad está siendo una velada muy rara, ella y yo, cada uno en su balcón, hablando entrecortadamente, con una medianera de plantas aromáticas, manteniendo un diálogo idiota (además de ebrio y políglota), troceado, fragmentado, un diálogo que no avanza, que se encabrita y caracolea, que se atasca. Le pregunto porqué quiere esta noche beber, I mean, beber tanto como estamos bebiendo. En mi caso, explico, es una preemptive borrachera, se trata de cubrirme de cara a los diez días que tengo por delante, condenado a ley seca. ¿Y tú? I do like how it smells. Y su mano acarica el tomillo, recoge en su palma el olor se lo lleva a la cara lo huele. Luego silencio. Un trago. Luego otro más largo.

¿Y qué harás en Saudia?

Me lo pregunta en serio. No nos conocemos, claro. Debería contestarle en sobrio. What can be done in Saudia? Only business, if any. And no beers at all. No he podido.

Lo siento, no estoy en condiciones, ahora (cuántos botellines?), de darte una respuesta seria. Y aún así sospecho que la sobria no diferiría: ¿Qué coño hago yo en Arabia? ¿Y en Budapest? ¿Y en Sofía? ¿Y en Casablanca? ¿Y en Périgueux?

Holy shit, Bérénice. Por eso bebo ahora, porque necesito in birra veritas descubrir qué coño haré diez días en ese país.

Vender tornillería, sabes, studs and bolts and fitting elements, vamos a ver, según las normas ANSI y DIN, certificados bajo los estándares europeos, European Norm EN y todo el resto, y calidad de servicio, calidad de producto y precios españoles, no alemanes, no italianos, no franceses, españoles: más barato que en Andorra, Reina, y esto, Bérénice, esto puedo declinarlo en inglés, en francés, en catalán o castellano, y en ninguna de estas lenguas me lo creo, esto es lo que hay. Males seeking females, studs seeking bolts, special fittings, tailor-made shit in special alloys, sour service, hilo withworth, que podemos enviar por mensajería worldwide. Y así va el mundo, endless wide.

Y si yo vendo tornillería, el de al lado instalaciones agropecuarias y el otro materia prima para cosmética y el de más allá papel de seguridad, el de los billetes, joder, qué fácil le decimos, ¿no? Me imagino tus propsecciones comerciales, le digo. Como si fueras Gila. Ya sabes dónde está el cliente, te basta con llamar a los bancos centrales, y hala, ¿que para cuando es la próxima inflación? a lo Gila, ¿es el enemigo?, pues que aquí el colega tiene ya lista la partida de los billetes de cienmil chirimbolos, o como se llame la moneda local. Y venga unas risillas en el aeropuerto Mehrabad a las tres de la madrugada, qué coño hago aquí y ahora, tres y cuarto, tres y veinte, tres y media, en el aeropuerto de Teherán, vender bolts and studs, coño, para que me paguen chirimbolos a final de mes, como si fuera tan difícil de entender. Y bebo otro trago antes de decir lo que pienso, ahogando el desahogo.

Háblame de las cervezas.

Mmmmh, esas, esas son las grandes rubias que he tragado, las únicas. Sörs, bere, birra, pivo, garagardoa, bière, beer, cervesa,,, es la palabra primera, alfa y omega, en cualquier lengua. In birra veritas.

Dime la verdad, pues. Dámela (¿en tu cama o en la mía?) (deseo deseo con matas interpuestas; deseo deseo de asaltar la sweet marjolaine y sus long legs). Y la verdad pasa de manos cruzando el abismo.

¿Cuándo se va tu avión? Mañana, a media mañana. Entonces es tarde. ¿Quieres que bajemos a la piscina?

No, ya no. Déjame acabar esta cerveza. He sido yo quien le he dicho no. OK, le he dicho no no no. Y sigo sorbiendo.

He alcanzado ese punto de disociación sin retorno, tum-tum, en que el cuerpo no respondo no se levanta y apenas la mente sabe llevarlo, turbias miradas, ella mira la piscina. Parece estar pensando que ella sí quiere bajar, impacto del agua, de la temperatura del agua en toda la piel, cabeza de Goliat con la pedrada en la crisma, el ceño torvo (Bérénice a guisa de Judith?), ella está mirando la piscina y considera si baja o no. Y me dirige la palabra y eso veo, porque del fondo oscuro del paisaje se proyecta su cara mirándome hablándome sonriendo, del fondo tenebroso su cara blanca, yo no soy ya capaz de apreciar los matices, no la oigo, sostengo la botella en las manos, me pesa el vientre, y la miro, el tiempo nos está trenzando un diálogo cuya clave se me escapa (infame turba) y al momento siguiente estoy asomado de nuevo al balcón y yo estoy asomado al balcón seis pisos arriba y ella se acerca al banco, levanta los brazos se saca la camiseta se inclina, se baja se las baja, las deja también en el banco, está desnuda delante de mí, muy lejos muy abajo, era hace un momento una cara barroca moviendo los labios en un cuadro de miedo, de iglesia ahumada y ahora Bérénice es ella allá abajo, desnuda, paseando espléndida, blancura en la oscuridad de la noche junto al agua quieta, misterio, yo lo miro desde el balcón, (¿ese contraste, esa blancura? ¿esos pechos divergentes, grávidos, plenos?) quisiera quisiera (los he visto, ¿dónde, dónde estuve que vi los pechos de Béréncie?), deseo mmmmh, y se mete en el agua y desnuda se queda en mi cabeza, nadando en rededor de mi resaca, de mis nocturnas aves, debo retirarme, un brazo, un codo, están degollando a alguien, es Marsias, o quizás Bartolomé, con mono de butanero, gritando gritando, (en un jardín, en un jardín vi a la joven bañándose, fondo verde, primaveral, de anuncio de detergente y sus pechos blancos, ¿dónde?) y me arrastro a la cama y con sangre de miedos ajenos me meto en ella, tibio bálsamo, entretanto no llegue ella, o el día de después, horror desfigurado : en las paredes del dormitorio las viejas que fríen huevos : los zagales descalzos : brazos en alto, la gorra amplia, (¿de su padre? ¿qué fue del padre?) : la pesadilla de tantas cruces a lo largo de la carretera, santa Águeda enséñame tus tetas, joder, enséñamelas imperativo afilando un estoque : esbozos de cruces en la grumosa oscuridad semoviente : las viejas piojosas me miran, sus manos escorzan su acusación, hacen la cola, se sientan entre los árboles de Birkenau, esperan pacíficamente que les digan dónde ir, miran en torno y ven a las mujeres, los viejos, se preguntarán dónde habrán enviado a sus hombres, escaleras abajo, los están pelando, marcando, arrancando los dientes con el nombre y sus historia, links links links recht-links, y luego ellas, dejarán sus ropas para que las avariciosas manos del Kanada se apoderen de ella, y desnudas se entregan y avanzan y se internan en el páramo sin kaddish de aquellos fríos grises. Un avión sobrevoló Auschwitz-Birkenau el mismo día en que mi madre nacía. Hija de la violencia ella también. Corría 1943 y de aquel vuelo quedaron unas fotos: en un extremo se ven (lo pueden ver los ojos adiestrados) se ven las filas de hombres seleccionados: marchan a los barracones, a incorporarse al tajo profundo que los degolla. Y una gran nube de humo, una pluma generosa, que sube desde los crematorios : las mujeres, viejas, mujeres y niñas y ancianos y niños y niños y niñas y jóvenes y chiquillas y chiquillos y bebés y tullidos disueltos en humo hediondo y pegajosos, ceniza ceniza y memoria a carretillas que los prisioneros reparten por los viales de aquella fábrica de muerte. La cerveza trajina su inquietud de un lado al otro, demain dès l’aube, habrá quedado todo atrás y volveremos al juego infame de los males seeking females. ¿Serán los sauditas tan puntillosos que no me dejarán embarcar por la cara resacosa? En Londres no tendré ya cara, seré caradura, of course madeinspain. Las corbatas de mi maleta me amparan y disfrazan. Muertos en las cunetas, gehena y en la carne oquedades del hambre, paredes cubiertas de excrementos, madera podrida de disentería, oigo a lo lejos a Bérénice bañarse (su blanca piel) y yo me hundo me hundo náufrago sin palo que la soporte otra tu vela tu vela tú vela y cuida de mi, diosa desmelenada, cuida de este secretum iter, al cual volveré, huyendo este sheol de arenas tórridas, tórridas, cabe el fuego, con el extravío a su altura, las brasa, su calor, pantorrillas, pan,

deseo, tomillo, grava río

See you soon.

Secano

Conejos, tórtolas, palomos, milanos mostachudos, garzas, águilas, calandrias, abejarucos.  Camino en silencio, lentamente, como si sobre mis espaldas cargase el yo del Sol entero. Busco amparo bajo las rizadas sombras del encinar, las piernas y mis pasos abren trochas entre arbustos secos, algunos espinosos. Las ramas secas de las encinas se han quedado petrificadas patéticamente, agarrotando el gesto y su súplica: agostadora sequía. Quebradizas, las ramitas que han caído crujen al ser pisadas. Los musgos manchan de negro la superficie del granito en las grandes viejas rocas de la sierra. Me subo a la más marinera de las piedras, a modo de atalaya en el peñasco,  y oteo el paisaje. Los campos recién segados se extienden en derredor, peinados y amarillos.

El Sol y el cielo azul, inverosímil. El continuo rascar de las chicharras. Un palomo alza el vuelo, pesado –flop-flop-flop. En un ribazo se escurre una lagartija –oigo el siseo de la hojarasca, luego silencio. Me encaramo a otra roca. Miro el paisaje, contemplo una vez más el pico sabio de la colina que domina el llano, Mormur. Goterones de sudor resbalan sobre mi piel. La luz imposible, el amarillo derramado de la trigueña paleta de colores sobre los campos, las cenicientas matas secas, el verde mineral de las encinas, el lustre nuevo y milagroso del verde de los dos granados. Una polvareda a lo lejos, siguiendo un camino, es la velocidad de un coche que cruza el secano. Se oye el croar de un cuervo. Luego el espeso silencio otra vez, mientras el polvo se disuelve a lo lejos. Uno tiene la impresión, en esta soledad, que todo ocurre lejos. De mí mismo me alejo. Puedo verme, mancha oblonga y quieta, desde el mirar de un milano que rasga el cielo con su vuelo de tijera.

Al Norte, las sierras del Pre-Pirineo declinan sus grises azulados en una escala sutil antes de cerrar la vista bajo el añil inmenso de la bóveda celeste. Zumban los coches por la carretera. Parecen de juguete. Zumban, se dejan ver en un altozano y al pasar la curva desaparecen. Silencio de nuevo. Chicharras. Un silbo líquido y repetido. Sudo. Lío un pitillo escuálido y lo fumo a la sombra de un endrino. Pasa el tiempo lentamente.

Y se me hace largo –muy largo– el mucho que ha pasado desde la última vez que vine a respirar este paisaje. Apunto en la lista de cosas importantes: Venir a perder el tiempo más a menudo en este bosque en mitad del secano.

Porque descubro, una vez más, que respirar este aire me da aliento, me serena y me amansa. Todo, desde estas rocas, adquiere una lejanía, una distancia, que redondea las piedras, lima asperezas, relativiza pasiones, aminora miedos y pule incertidumbres. Las grandes rocas abalconadas sobre el llano, los arbustos, las encinas y los cipreses y el cedro (que sigue empeñado en despuntar contra la sequía); el zumbido de los insectos, la dureza del Sol, la quietud. El vasto territorio que se extiende a mis pies, el llano entero con Mormur marcando su centro, y las sierras del Norte, y los verdes de Urgel a Oriente.

Mi mundo pequeño, aquí y ahora, son estas mis huellas en el polvo del camino. Y no importa que el viento las borre, o que queden fijadas en el barro si un chubasco improbable tuviera el desatino de dejarse caer por aquí. Son mis huellas en mi tierra antigua e inconmovible. Eterna.

César

Plutarco, contando la vida de Julio César, cuenta que al iniciar su carrera política se apoyó en el lustre de la vida social que patrocinaba, ofreciendo cenas y convidando a lo mejor de la sociedad romana de su tiempo. Eso provocó envidias de los patricios, quienes veían el nacimiento de una estrella en su cerrada sociedad de intereses:

Miráronle algunos desde luego con displicencia y envidia; pero en cierta manera lo despreciaron, persuadidos de que faltando el cebo para los gastos no llegaría a tomar cuerpo, y dejaron que se fortaleciese; pero cuando ya era tarde advirtieron cuánto había crecido y cuán difícil les era contrarrestarle, sin embargo de que veían que se encaminaba al trastorno de la república: teniendo esta nueva prueba de que nunca es tan pequeño el principio de cualquiera empresa que la continuación no lo haga grande, tomando el no poder después ser detenido del habérsele despreciado.

Subrayo yo para traer esta reflexión hacia las aguas revueltas de mi molino catalán. Algo así ha pasado: el cinismo patriotero de baja estofa y cargado de partidismo de corto alcance del PP, más la desidia miope del jacobinismo del PSOE, más los furores uterinos de ERC, los postulados de IC-V y las dudas del PSC han traído estos lodos que serán ganancia de pescadores y caladero de votos y de mayorías para los botiguers de CiU. Y tiene uno la impresión que el 10-J marcará un principio de algo nuevo, de manera irreparable. Por haber despreciado a una parte importante de la población española, España se quedará sin ella. España manca, Cataluña liberada.

Porque las cosas, desde luego, no podrán seguir siendo igual. Ya las primeras encuestas muestran el viraje y el escoramiento de Cataluña hacia algún tipo de secesión. Higini Herrero (en sus calidad de artista infográfico) lo muestra claramente:

Compárense las barras grises con las verdes: efectos fulminantes de la sentencia del TC.

Se acumula todo al pasado, y éste empieza a pesar: obsérvese esta fotografía vintage del año 32 en las Ramblas: ya entonces las reivindaciones eran las que siguen siendo ahora.

Dice la pancarta: “Volem l’Estatut tal com l’aprobà el poble de Catalunya”. ¡Y seguimos igual! O peor: Hartos al cabo, muchos somos los que hemos decidido que no hay manera de estar integrados en España.

De ahí el “Adéu Espanya!” que tanto se oye.

Ahora sólo nos falta un César, hábil, valiente, generoso, que se ponga al mando y lidere lo mucho por hacer.

La inquietud aparece al asomarse al panorama: yermo, desierto, erial, despoblado de héroes, de personas con ambición de estado, con voluntad de sacrificar, con capacidad de comunicar, con un programa claro, aceptable, generosos con las muchas partes implicadas, imbricadas, liadas. Con alianzas internacionales y un discurso que una a todos.

Seguiré leyendo, bajo las canículas de Ponent, las Vidas paralelas, tratando de hallar paralelismos entre los clásicos y nuestro panorama político actual. Aunque témome que éste último es un plato de espaguetis: en él las paralelas son imposibles.

Sakineh Mohammadi Ashtiani

Tengo, por lo visto, debilidad por ciertas mujeres iraníes.

Sean guapas o no lo sean particularmente.

Extiendo la súplica a mis amables lectores para que suscriban y envíen cartas de protesta por la lapidación que amenaza con acabar la vida de esta persona, cuyo nombre titula esta entradilla. Su crimen es haber buscado la felicidad (carnal) en brazos de varios hombres (¡siendo viuda!).

Puede hacerse desde aquí, y si alguien tuviera necesidad de ulteriores argumentos y necesitara ampliar razones para justificar porqué un gesto es necesario, invito a leer a Bernard-Henri Levy en este artículo que varios periódicos europeos hoy publican.

Miquel Barceló

El pintor de Felanitx está presente en Barcelona con dos exposiciones. Ayer fui a ver la que ofrece Caixaforum en la antigua fábrica Casaramona de Montjuich.

Este gorila pensativo cierra la colección de grandes cuadros que se exponen. Es una vuelta de tuerca al pensador de Rodin. Aunque esta reproducción es completamente insuficiente (el cuadro original mide 3 metros por tres metros aproximadamente), La solitude organisative (pues éste es el título de la exposición y de este cuadro) impresiona, como impresionan algunos bodegones (¡el rojo de los tomates!, ¡el naranja herido de las calabazas!), retratos, esculturas, apuntes o escenas de la vida del pintor.

Ayer me subí a la barca del Arte para escapar del naufragio en que remoloneaba a vueltas sin sentido. Zarpó y me llevó lejos (lo cual, en mi intimidad, se concreta en un agujero en el estómago, una cerrazón del esófago con agrios regüeldos, una inestabilidad peligrosa de las tripas bajas, una bajada de tensión, un mareo gozoso). Pocas veces ocurre: sólo cuando me enfrento a pinturas que de verdad apuntan dentro. Ayer ocurrió y di tres vueltas a las salas y tuve que irme. Volveré, si puedo.

Hallo consuelo y ánimo, renuevo ánimos, viendo la obra de grandes pintores.

Hace mucho dije, o escribí en uno de mis libros, no recuerdo muy bien, que pintamos porque la vida no basta, y luego en Cuadernos de África añadía: “Aquí en Gao, la vida sí basta. Es casi excesiva. Un buen lugar para parar…”. Me he preguntado muchas veces por qué pinto. Pero cada respuesta es una nueva pregunta, y ni siquiera sé si hay una respuesta definitiva. Está claro que pintar es mi forma de vida: no hago otra cosa y nunca he tenido tentaciones de dejarlo. He pensado a menudo en gente como Oteiza o Rimbaud, que en un momento de sus vidas decidieron detenerse, o en Antonio Saura, que dejó de pintar durante un tiempo. Yo siempre tengo ante mí cosas que quiero hacer. Y en todo caso pintar es una forma de vivir. De vivir apartado, pero de vivir intensamente.

Vivir intensamente. Sí, that’s the point! Lo cuenta el pintor en una entrevista de hace pocas semanas en el Magazine de La Vanguardia.

Si centrifugo, hacerlo intensamente, y desde el mareo poner orden a las frases (si es posible). Si navego y gozo de la placidez del mar, gozarlo intensamente (y contarlo desde la alegría). Si tuviera que pintar tomates, pintarlos con intensidad:

La solitude organisative: del pintor que es simio pensante. Su soledad. Su enhiesta animalidad. La intensidad con que se retrata y retrata el mundo. Lo básico, lo primigéneo. Lo auténtico. Lo doloroso, lo gozoso. Lo intenso.

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Exposición (gratuita) hasta el 9 de enero.

Centrifúgome

Gira el rumor de la lavadora en el patio.

Giro con ella hasta el mareo. Espero. Lío otro pitillo, flaco y torcido. Desidia – hastío. Sensación de fracaso. Percepción seguramente equivocada de final de etapa. Sensación conspicua de una iteración de errores que se acumulan hasta confirmar la gravedad del error de todo. Ya miro los anaqueles calculando cuántas cajas necesitaré para embalar mis muchos libros inútiles. En un rincón del patio, en un bidón, se acumulan los cascos de vidrio y las botellas vacías que he de llevar al contenedor verde. Estancias por barrer, pelusillas por los rincones, como corresponde a mi piso de rodríguez y soltero y perpetuo estudiante suspendido por la vida.

Gira el ronroneo de la centrifugación. Se agudiza el rumor cuando adquiere velocidad el tambor. Es un ruido chillón, desagradable, agrio, que cruza el espacio con rencor de taladrina.

Me voy tierra adentro en tres días. No hago planes: me bastará la asfixia del presente y el silbo de los pájaros en los pinos de la era. Me bastará el rumor de la acequia detrás de la casa, y cambiaré las orquídeas de mi mesa de no-trabajo por los lotos desgastados en el papel pintado y ajado de la casona. Cambiaré un calor por otro; sustituiré un paisaje por otro, un hastío por otro. Pero me acompañarán mis niñas.

Tal vez mi empalagosa voz calle unos días –no lo creo, empiezo a conocerme.

El rocío se fundió. Dejé evaporarse también el mar y sus olas, y las flores se marchitaron por falta de cuidados (magnolias, rosas, margaritas). En silvas espesas no me atreví a entrar –pero cuido de mis encinas, alineadas en tiestos, estirando sus ramitas frágiles, brotando aún. En claros y blancos abrazos no supe anclarme, no quise, o por mejor decir no me atreví. Perdura, sí, la letra muda intercalada entre el te-quiero y el no-puedo, como atascada, pero siempre ahí, hache oportuna como esas bancas que, en los rellanos de las casas sin ascensor, permiten que uno se sienta a mitad del esfuerzo para recobrar aliento y fuerzas, para seguir subiendo luego. ¿Subiendo hacia dónde si cada paso que doy me precipita más y más?

Sigue dando vueltas sobre el eje la lavadora. Yo también.

Mas mi eje parece desgastado hoy, ayer, la semana pasada. Miro las propiedades de los archivos y constato que hace un mes que no añado una línea. Como si un cojinete estuviera descompuesto: si echo a pensar, me toma el vértigo, se me lleva el desequilibrio, salgo por las tangentes de mí mismo. “Don’t think, Pedro!” me chillaba Miss Baker, una profesora de inglés que tuve hace años.

Me atora y pasma la invencible capacidad que he demostrado en los últimos tiempos para equivocarme, la diversidad exuberante de mis errores, casi lujuriante (errores burocráticos, mentales, políticos, sociales, sentimentales; extravíos, equivocaciones, huidas, pasotismos, compromisos imposibles, contradicciones hepáticas, enconadas insistencias…). Me paraliza la consciencia pétrea de mis errores muchos que he sembrado por doquier, en tierras yermas y fértiles, en llanos y montañas, en la marina y en la ciudad, en la aldea y el país. Atenazado por mis contradicciones, por deseos y represiones, por estulticias e inteligencias inútiles, perdido en el laberinto de mis pensamientos negativos, me centrifugo y quisiera “salir disparado hacia las estrellas” (así decía una canción de El Último).

Respiro hondo. Oigo que la lavadora desagua y da la última tanda de centrifugado. No faltará mucho. Tenderé la colada y saldré. Ayer en Caixaforum Barcelona inauguraron la exposición de Barceló. No sé si tendré el valor de ir a verla. ¿Se necesita valor para ir a ver Arte? No; se necesita valor para creer (yendo) que no estoy huyendo por las ramas de la estética.

Miro en derredor. Mis carpetas, mis papelotes, el muro blanco, mi cama deshecha, y la ropa sin doblar, los zapatos huérfanos por las esquinas. Todo se aprieta en mi mundo pequeño.

Lío otro pitillo. Toso al fumar. Pienso en el wu-wei. No hacer, no forzar. Fluir. No ponerse nervioso en la tribulación.

Me limitaré, pues, a constatar mi actual estado de desidia, de melancolía, de disgusto, de lostness. Si callara, si este dao-zi-bao bocazas no existiera, tal vez nadie sabría de esta mañana centrifugada. Tal vez yo no existiría, acaso.

Acabo concluyendo que quizás es que las penurias me han impedido, desde hace demasiadas semanas, ir a mi tierra pequeña, allá en el Oeste, a mi secano, a mi tierra, a mis piedras viejas para recargar fuerzas. En tres días estaré ahí.

Respiraré hondo.

Ahora bajo a tender la ropa. Estará menos sucia. Pero más arrugada.