Volem

Las obras de rehabilitación de una fachada en Barcelona han dejado al aire este viejo pasquín de cuando, a mediados de los 70, se pedía en las calles “Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomia“. Lo publica La Vanguardia hoy. Así de estragado está el recuerdo, así de roto el escudo de nuestra Generalitat, y así de mayúsculo perdura el verbo y el querer de quienes lo pegaron entonces en aquella pared.

Yo no estaba ahí, yo no asistí a aquella manifestación multitudinaria del 11 de septiembre de 1977. A mí no me llevaron a recorrer las avenidas, no sumé entonces mi voz blanca a la de los míos. Tampoco sufrí las carreras, los botes de humo, los atropellos de la caballería de los grises, ni me dieron porrazos ni culatazos. Pero sí les vi actuar contra los estudiantes en Passeig de Gràcia. Era un transeúnte escondiendo mis seis añitos en las faldas atemorizadas de mi madre. Recuerdo aún los chillidos de una muchacha a la que los grises, tras reventar de un porrazo el vidrio de la ventanilla, agarrada por los pelos y sin contemplaciones, sacaron del interior de un Seat 127 rojo. Es probablemente mi recuerdo “político” más antiguo, aquel grito de la chica del coche rojo.

Han pasado los años y hemos vivido años de paz y de progreso. Nuestros mayores celebran la democracia y el bienestar que se ha logrado. Nosotros también. Y España se organizó en autonomías, y no ha ido mal.

Pero Cataluña sigue siendo una parte de España maltratada, expoliada fiscalmente, vituperada, menospreciada por el empeño con que defendemos lo que nunca (ni siquiera bajo el franquismo) dejamos de ser: una nación.

Y es hora de retomar la calle, es hora de abrazar la memoria histórica de este señor canoso y con perilla y gafas de concha que por los suelos se protege como puede del acoso de los grises en el punto focal de esta foto. Los que en 1970-1980 no votábamos ni tirábamos garbanzos duros a los cascos de los caballos de la Policía Armada en plaza Cataluña debemos ahora echarnos a la calle, botar, y correr, y alzar la voz y movilizarnos.

Porque el Tribunal Constitucional ha dejado claro que no cabe el federalismo en España. El Estado es el que es, la Nación es Una e Indivisible. No hay más. Y desde luego España no es una “Nación de naciones”.

Desconcierto a este lado del Ebro: ¿entonces, nosotros, qué somos? ¿Dónde nos colocamos los que nos sentimos más catalanes que españoles? ¿Dónde quedan los que no se sienten españoles? Al parecer no cabemos, en la España que se configura, no cabemos. (Unos –los soberanistas– ya lo sabían, otros lo hemos descubierto ahora.)

Celebremos la claridad meridiana con que se ha expresado la ideología neo-centralista del nacionalismo español. Esto ha dicho: “Las reglas las ponemos nosotros, y son estas; no hay más; no habrá más” Eso han dicho los tribunos y aplaudido tanto la derechona cavernaria como el jacobinismo izquierdista. Tanta unidad y claridad deslumbra. Pero se ha de agradecer. Cada uno en su sitio.

Es evidente que se nos está diciendo que el pacto constitucional ha terminado. Se acabó lo que se daba. De acuerdo, mensaje recibido. Ahora es necesario o reformular el pacto o darlo por extinguido. Y tenemos que ser ahora los que fuimos niños en el 75 los que digamos qué queremos.

También nosotros, sí, los que un día creímos en la España plural que ha quedado cercenada por el TC. Ahora los náufragos de la izquierda hemos de sumar a nuestro sino la condición de huérfanos de España. Se nos murió la España plural que nos vendieron y que quisimos ayudar a concretar; era la misma zafia mentira con que trató de enredarnos el ínclito bigotudo cuando dijo que  hablaba catalán en la intimidad (probablemente con alevosía también, con mucho vicio de botella y nocturnidad de garrafón).

¿Y qué nos queda? El callar, acatar y seguir sometidos al escarnio de ser españoles por imperativo legal sin poder ser catalanes dignamente. O la independencia. No hay alternativas, ahora. Y somos muchos los que estamos hartos de callar y de ser acallados.

La izquierda catalana (las izquierdas) han de saber ahora gestionar lo que se nos viene encima. Frente a la excepcional situación de crisis institucional que se ha creado (que se suma a la económica y a la política), atrevámonos con soluciones excepcionales: ¿Qué tal un govern d’unitat? Quizas es el momento de intentar una socio-vergencia ampliada a los socios del actual Tripartito.

Un país en ciernes, un nuevo paradigma político, merece un sacrificio excepcional.

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