Centrifúgome

Gira el rumor de la lavadora en el patio.

Giro con ella hasta el mareo. Espero. Lío otro pitillo, flaco y torcido. Desidia – hastío. Sensación de fracaso. Percepción seguramente equivocada de final de etapa. Sensación conspicua de una iteración de errores que se acumulan hasta confirmar la gravedad del error de todo. Ya miro los anaqueles calculando cuántas cajas necesitaré para embalar mis muchos libros inútiles. En un rincón del patio, en un bidón, se acumulan los cascos de vidrio y las botellas vacías que he de llevar al contenedor verde. Estancias por barrer, pelusillas por los rincones, como corresponde a mi piso de rodríguez y soltero y perpetuo estudiante suspendido por la vida.

Gira el ronroneo de la centrifugación. Se agudiza el rumor cuando adquiere velocidad el tambor. Es un ruido chillón, desagradable, agrio, que cruza el espacio con rencor de taladrina.

Me voy tierra adentro en tres días. No hago planes: me bastará la asfixia del presente y el silbo de los pájaros en los pinos de la era. Me bastará el rumor de la acequia detrás de la casa, y cambiaré las orquídeas de mi mesa de no-trabajo por los lotos desgastados en el papel pintado y ajado de la casona. Cambiaré un calor por otro; sustituiré un paisaje por otro, un hastío por otro. Pero me acompañarán mis niñas.

Tal vez mi empalagosa voz calle unos días –no lo creo, empiezo a conocerme.

El rocío se fundió. Dejé evaporarse también el mar y sus olas, y las flores se marchitaron por falta de cuidados (magnolias, rosas, margaritas). En silvas espesas no me atreví a entrar –pero cuido de mis encinas, alineadas en tiestos, estirando sus ramitas frágiles, brotando aún. En claros y blancos abrazos no supe anclarme, no quise, o por mejor decir no me atreví. Perdura, sí, la letra muda intercalada entre el te-quiero y el no-puedo, como atascada, pero siempre ahí, hache oportuna como esas bancas que, en los rellanos de las casas sin ascensor, permiten que uno se sienta a mitad del esfuerzo para recobrar aliento y fuerzas, para seguir subiendo luego. ¿Subiendo hacia dónde si cada paso que doy me precipita más y más?

Sigue dando vueltas sobre el eje la lavadora. Yo también.

Mas mi eje parece desgastado hoy, ayer, la semana pasada. Miro las propiedades de los archivos y constato que hace un mes que no añado una línea. Como si un cojinete estuviera descompuesto: si echo a pensar, me toma el vértigo, se me lleva el desequilibrio, salgo por las tangentes de mí mismo. “Don’t think, Pedro!” me chillaba Miss Baker, una profesora de inglés que tuve hace años.

Me atora y pasma la invencible capacidad que he demostrado en los últimos tiempos para equivocarme, la diversidad exuberante de mis errores, casi lujuriante (errores burocráticos, mentales, políticos, sociales, sentimentales; extravíos, equivocaciones, huidas, pasotismos, compromisos imposibles, contradicciones hepáticas, enconadas insistencias…). Me paraliza la consciencia pétrea de mis errores muchos que he sembrado por doquier, en tierras yermas y fértiles, en llanos y montañas, en la marina y en la ciudad, en la aldea y el país. Atenazado por mis contradicciones, por deseos y represiones, por estulticias e inteligencias inútiles, perdido en el laberinto de mis pensamientos negativos, me centrifugo y quisiera “salir disparado hacia las estrellas” (así decía una canción de El Último).

Respiro hondo. Oigo que la lavadora desagua y da la última tanda de centrifugado. No faltará mucho. Tenderé la colada y saldré. Ayer en Caixaforum Barcelona inauguraron la exposición de Barceló. No sé si tendré el valor de ir a verla. ¿Se necesita valor para ir a ver Arte? No; se necesita valor para creer (yendo) que no estoy huyendo por las ramas de la estética.

Miro en derredor. Mis carpetas, mis papelotes, el muro blanco, mi cama deshecha, y la ropa sin doblar, los zapatos huérfanos por las esquinas. Todo se aprieta en mi mundo pequeño.

Lío otro pitillo. Toso al fumar. Pienso en el wu-wei. No hacer, no forzar. Fluir. No ponerse nervioso en la tribulación.

Me limitaré, pues, a constatar mi actual estado de desidia, de melancolía, de disgusto, de lostness. Si callara, si este dao-zi-bao bocazas no existiera, tal vez nadie sabría de esta mañana centrifugada. Tal vez yo no existiría, acaso.

Acabo concluyendo que quizás es que las penurias me han impedido, desde hace demasiadas semanas, ir a mi tierra pequeña, allá en el Oeste, a mi secano, a mi tierra, a mis piedras viejas para recargar fuerzas. En tres días estaré ahí.

Respiraré hondo.

Ahora bajo a tender la ropa. Estará menos sucia. Pero más arrugada.

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