Secano

Conejos, tórtolas, palomos, milanos mostachudos, garzas, águilas, calandrias, abejarucos.  Camino en silencio, lentamente, como si sobre mis espaldas cargase el yo del Sol entero. Busco amparo bajo las rizadas sombras del encinar, las piernas y mis pasos abren trochas entre arbustos secos, algunos espinosos. Las ramas secas de las encinas se han quedado petrificadas patéticamente, agarrotando el gesto y su súplica: agostadora sequía. Quebradizas, las ramitas que han caído crujen al ser pisadas. Los musgos manchan de negro la superficie del granito en las grandes viejas rocas de la sierra. Me subo a la más marinera de las piedras, a modo de atalaya en el peñasco,  y oteo el paisaje. Los campos recién segados se extienden en derredor, peinados y amarillos.

El Sol y el cielo azul, inverosímil. El continuo rascar de las chicharras. Un palomo alza el vuelo, pesado –flop-flop-flop. En un ribazo se escurre una lagartija –oigo el siseo de la hojarasca, luego silencio. Me encaramo a otra roca. Miro el paisaje, contemplo una vez más el pico sabio de la colina que domina el llano, Mormur. Goterones de sudor resbalan sobre mi piel. La luz imposible, el amarillo derramado de la trigueña paleta de colores sobre los campos, las cenicientas matas secas, el verde mineral de las encinas, el lustre nuevo y milagroso del verde de los dos granados. Una polvareda a lo lejos, siguiendo un camino, es la velocidad de un coche que cruza el secano. Se oye el croar de un cuervo. Luego el espeso silencio otra vez, mientras el polvo se disuelve a lo lejos. Uno tiene la impresión, en esta soledad, que todo ocurre lejos. De mí mismo me alejo. Puedo verme, mancha oblonga y quieta, desde el mirar de un milano que rasga el cielo con su vuelo de tijera.

Al Norte, las sierras del Pre-Pirineo declinan sus grises azulados en una escala sutil antes de cerrar la vista bajo el añil inmenso de la bóveda celeste. Zumban los coches por la carretera. Parecen de juguete. Zumban, se dejan ver en un altozano y al pasar la curva desaparecen. Silencio de nuevo. Chicharras. Un silbo líquido y repetido. Sudo. Lío un pitillo escuálido y lo fumo a la sombra de un endrino. Pasa el tiempo lentamente.

Y se me hace largo –muy largo– el mucho que ha pasado desde la última vez que vine a respirar este paisaje. Apunto en la lista de cosas importantes: Venir a perder el tiempo más a menudo en este bosque en mitad del secano.

Porque descubro, una vez más, que respirar este aire me da aliento, me serena y me amansa. Todo, desde estas rocas, adquiere una lejanía, una distancia, que redondea las piedras, lima asperezas, relativiza pasiones, aminora miedos y pule incertidumbres. Las grandes rocas abalconadas sobre el llano, los arbustos, las encinas y los cipreses y el cedro (que sigue empeñado en despuntar contra la sequía); el zumbido de los insectos, la dureza del Sol, la quietud. El vasto territorio que se extiende a mis pies, el llano entero con Mormur marcando su centro, y las sierras del Norte, y los verdes de Urgel a Oriente.

Mi mundo pequeño, aquí y ahora, son estas mis huellas en el polvo del camino. Y no importa que el viento las borre, o que queden fijadas en el barro si un chubasco improbable tuviera el desatino de dejarse caer por aquí. Son mis huellas en mi tierra antigua e inconmovible. Eterna.

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