Premonición de la desgracia (cuento, o fragmento de algo)

In order for the light to shine so brightly,
the darkness must be present.

Sir Francis Bacon

Oigo a la mujer alemana que cada noche baja a nadar sus largos, y sé que hay una chica tendida en la cama, apenas vestida, probablemente aburrida y tentadora tras los visillos del piso de al lado. La veo si me asomo al balcón: un pie, un brazo, su cabeza rubia, la melena recogida con una cinta; yo también tengo calor. El chapoteo de la piscina atrae mi atención. Regulares brazadas llevan de un extremo al otro el cuerpo blanco, feto en formol, alumbrado desde abajo por los focos que rectangulan perfectamente la silueta del agua en la oscuridad del jardín.

Es difícil, dado el contraste, distinguir el color de su bañador, que bien pudiera ser negro, o rojo o granate o verde oscuro. La distancia y el contraste imposibilitan la definición; en realidad, a nadie le importa de qué color sea el bañador.

Han estallado algunas bombas en Sharm-El-Sheik. Mientras cenaba he seguido los informativos de la televisión. Y he de hacer esas tres llamaditas para asegurarme el tiro. Bueno, mañana por la mañana, ellos trabajan el domingo, Don’t they know it’s Friday?

Un grupo de jóvenes se une a la nadadora. Me entretengo en contar cuántos son. Ocho, más la señora que surca largos sin respiro.

Se disparan los aspersores y se alborotan los chicos de abajo. Corren, chillan y ríen, algunos saltan al agua,otros se apresuran a recoger las toallas para resguardarlas de los abanicos de lluvia; la oscuridad del jardín se estremece.

La señora alemana termina cada noche cuando el riego automático se activa: se dirige a una escalerilla y sale del agua, tiesa (¿prusiana?), lentamente, sin mirar la algarabía de los chicos cuyas risas suben entrecortadas, deslavazadas, como procedentes de un viejo disco de piedra, con el chispear de los aspersores a guisa del crepitar característico de aquellas grabaciones de tanguistas y tenores portentosos de antes de la guerra : cheek to cheek. Pero la calma retoma sus anchas y se extiende derrama por el jardín de la piscina, bajo la lluvia artificial que parece cubrir, encapsular allá abajo, seis pisos más abajo, el submundo de la piscina : rectángulo de luz semoviente en cuyo magma bullen los nadadores : los chavales hablan, sin estridencias ahora : se desplazan perezosamente las cabecitas negras de un lado al otro : el chapoteo se diluye en la quietud que impone la noche. Una chica empieza a nadar como antes lo hiciera la mujer alemana, siguiendo la corona de la piscina, sin prestar atención a la compañía, desplazando a velocidad de crucero su cuerpo (formoliblanco también) de un extremo al otro, se nota la juventud en la elasticidad de sus brazadas. Sus amigos ocupan el centro de la piscina, charlan (supongo, aunque apenas me llega el sonido de sus voces, cuchichean, ríen), bracean, patalean en silencio.

Diríase que bailan. La chica que nada se dirige a ellos en el centro de la piscina, hablan un momento y dan la impresión de haber decidido dar por terminado el baño.

Salen del agua. Recogen las toallas, cruzan el césped a oscuras, se van. Exeunt.

La piscina vacía. Desde lo alto de mi balcón me quedo prendado de las iridiscencias del agua, de las ondulaciones aún no quietas, de los reflejos. Entro a buscar más cerveza y de refilón veo the girl next door. Perezosamente se está rascando la espalda. Está tendida en la cama, imagino que viendo alguna película o la televisión; lo deduzco del resplandor variable que ilumina sus curvas.

Cuando vuelvo de la cocina los focos de la piscina se han apagado.

Ahora todo es oscuro allá abajo. La vista es atraída por el paisaje a lo lejos, la línea de casas que sigue la costa y los puntos blancos o rojos a lo lejos, barcas y quizás algún barco en alta mar.

Con la cerveza en la mano, apoyado en la barandilla, espío a mi vecina.

No puedes pedirme esto ahora. En unas horas, ¿cuántas? dos y media hasta Heathrow, una de transit y seis horas en un estupendísimo avión de mierda de Saudi Arabian dotado de flying mosque pero nada de alcohol a bordo. Eso sí, la qutbla digital marcando siempre y bien la ubicación de la Meca. Una vez en Indonesia, borrachos estábamos, se nos ocurrió girar las qutbla que, con una chincheta, estaban pegadas al techo de las habitaciones. Lo que nos reímos al comentar luego la jugada y siempre al vernos venga a rememorar y a reír, recuerdo en Barajas, starting point de otra misión, nos vimos los tres y lo primero que hicimos fue ponernos de espaldas, cada uno mirando a un lado, y simulamos (estruendosas risas) el rezo musulmán (¿las rakkat?) para escándalo de quienes no nos conocían. Así son las misiones, acabas compinchándote y cultivando amistades etéreas que sostienen la memoria de hazañas y aventuras, the expats daring deeds, algunas de las cuales son divertidas –ojo, Al-Khobar sin embargo no fue nada gracioso, y aún así, con el tiempo, nos hemos podido reír de aquella loca carrera, de aquellas miradas sombrías en el lobby de hotel. Y de aquel Consejero Comercial de la Embajada sudando, y aquel Analista de Mercado (trece años en Ryadh, más veterano que el camello de Lawrence), que mientras pasaba lista, sorbiendo una limonada, o naranjada, por mí que le había metido algún licor dentro, de su petaca, el cabrón siempre con su petaquilla de whisky encima, que mientras pasaba lista iba hablando con alguien en su casa de si habían llevado la colada a la lavandería.

Y en el Meridian todos convencidos de que nos iban a degollar, con la colada hecha, eso sí. Fue cuando nos evacuaron de urgencia a Kuwait. Aquel día los islamistas habían asaltado un compound de trabajadores occidentales de la Saudi Aramco y mataron a una veintena; yo el día anterior había estado ahí, en aquel compaound blindado, en las oficinas, tramitando un approval.

Se llama Bérénice. Where are you from? Y resulta que no sabría ella mismo decirlo. Hija de británicos, aunque francesa de pasaporte, jus soli mediante, habiendo pasado mocedad en Yemen y Omán, cursado estudios (¿de qué? no sé) en oscuras universidades mideluésticas, a rastras de un padre geólogo, tenido parejas de tres razas distintas, ahora dice haberse cansado de viajar y fijó residencia en este bloque frente al mar. No sé de qué vive. Sé que se estira a ver la televisión y la espío. Me gusta verla a escondidas, y no sé si ella me ha visto. Ayer por la mañana al salir al balcón me la encontré postrada frente al Sol, escasa de ropa, inclinada en reverente súplica o adoración, con las manos tendidas al sol nuevo, reconcentrada en el esmero de empezar bien un día de verano. Luego, mientras ambos desayunábamos, cada uno en su balcón, cruzamos un escueto saludo, G’d morning en media sonrisa, mitad timidez, mitad alegría de descubrir compañía, y otro refilón a las piernas de ella bajo la mesa.

Al terminar el té me encerré en el despacho y trabajé toda la mañana, hice las llamadas. Entremeses y un resto de gazpacho, mesa ligera plantada en la terraza. Esta misma tarde acabo de redactar el abstract y añadir las notas para Leire.

Ella, Bérénice, también come en la terraza. Me pregunto a qué se dedica. Me lo he preguntado comiendo y al acabar, justo antes de retirarme (me gusta esta relación fragmentaria, estas conversaciones espaciadas de pocas palabras y bastante misterio –ayer ella me preguntó el nombre de la planta olorosa que he plantado en una maceta que dejo en el pretil que separa nuestros balcones), con los platos en las manos y la cabeza ya de vuelta a mis pesquisas, se lo he preguntado, de balcón a balcón. Ha levantado la mirada y meditado la respuesta; yo, mientras, espero con los platos en la mano. Me dice con sorna que es an irish writer. Hago una mueca con los labios, para que ella la interprete como sepa; irish writer. Supongo que es un chiste privado. Reocojo la mesa, migas, hago la cocina y me siento al despacho.

Yo soy vendedor de tornillería.

A las siete de la tarde estoy ya harto de escribir y de anotar, releer y buscar entre notas viejas consultas y carpetas desordenadas. Me ducho y me siento en la terraza a ver la línea de la costa a lo lejos, oliendo la mejorana a mi espalda, (–Mejorana se llama, sorry, no sé qué nombre tiene en inglés; es una típica planta mediterránea. Marjorane may be ?), saboreando una cerveza. Lo jodido será en Ryadh, en Saudia, KSA, ese Vaticano inmenso de arena y almuédanos: ley seca, claro, por el clima dirán, ¿cómo no va a ser seca?

–Tomorrow I’m going to Saudia, for about ten days. Wanna share a beer? –Are these your last beers? –Nope, I’ll try to be back –y añado: –in order to refill the fridge.

Se levanta, se acerca a la barandilla y tiende la mano.

Espera, le digo, y entro a buscar una cerveza para ella.

Destapo la botella y se la doy, por encima de las matas de mejorana, romero y tomillo que planté unas semanas atrás. Gracias, me dice monosilábicamente, llevándose el botellín a los labios. Bérénice sonríe con los ojos, agradecen sus ojos el gesto con un brillo, o anticipan con su estremecimiento de trago número uno, uy, qué feo queda eso, de primer trago abriendo camino esófago abajo, estremecimientos venideros, otros, que tal vez ahora, habiendo cruzado la barandilla (aunque no roja) de su balcón, son cosas que han de ocurrir, que ambos, tal vez, procuraremos que ocurran. Se acoda a la barandilla y mira abajo. La superficie del agua se adormece y empieza a olvidar la agitación de los bañistas.

A lo lejos se oye el tum-tum de una discoteca : la Atlántida, en el extremo del pueblo : podemos ver los haces de luz fileteando el cielo. Imagino estroboscópicas beldades agitándose en su salsa. Es como si estuviese todo muy lejos. Lejos las chicas bailando ombligos en las pistas de baile contoneándose la línea de la playa, lejos, seis pisos abajo, la piscina y lejos Sharm-El-Sheik y Ryadh. Lejos incluso el aroma del tomillo y la chica on the other side of the hill. Me dice que no ha estado nunca en la Atlántida.

Le digo que yo no la llevaré. Y replica ella con cantarina complicidad: I’ll always prefer to be seating by the dock of the Bay, y se pone a tararear by the dock of the Bay, wasting time, wasting time, y se ríe, yo con ella, y temblotean sus pechos, levanta la botella y mirándome a los ojos se la vuelve a llevar a la boca y echa la cabeza hacia atrás y bebe y bebe dans le port d’Amsterdam il y a des marins qui boivent et qui boivent –fin del botellín– et qui boivent à mourir y ahora soy yo quien canturrea con voz queda y bajito, mirando su cuerpo, su torso, su torso de Adonis, verso de Lorca (¡lorco me tienes!) que se me escabulle, en Menton, sí, tu niñez, de aliaga y fábula de sueños, imaginándome en el calorcito agradable de dentro de su camiseta, alma tibia sin ti que no te entiende (¿irish writer?) y echo un trago yo también, levanto la cara y bebo y cierro los ojos y bebo hasta acabar la cerveza, que no la sed. Cuando los vuelvo a abrir Bérénice sigue acodada a la barandilla, mirando a lo lejos. Perdidos ambos en las líneas del horizonte.

No puedes pedirme esto. El catafórico pierde substancia cuando tratamos de encapsularlo en una frase; como una cerveza agitada, la búsqueda derramará espumas efímeras, y me limitaré a pasar la bayeta al día siguiente, recogiendo ceniceros, apartando servilletas y vaciando por el desagüe culines de birra, copas de vino y whiskies aguados en el deshielo del tiempo. En dos horas aquí no ha pasado nada y si te visto no me acuerdo, como no me acuerdo de aquel poema magnífico, ese de Lorca, sabes, viéndote antes, no sé porqué, me acordé de él, pero no logro rescatarlo de mi memoria.

Somewhere it lays, lost. Ah… too many cervezas, my friend. Y agachas la cabeza. Y luego la levantas. Por qué no bajamos y nos damos un baño? Nos ayudará a despertar mañana, no crees?

Déjame, Bérénice, que beba un poco más. Y ella me dice, don’t move, I’ll bring something, y entra en su piso, y reaparece enseguida con un par de largas latas de cerveza.

Marca desconocida. Pero no importa. Un trianglo rojo y la indicación Pale Ale. Es suficiente. Sonrío. Ahora es ella la que tiende la mano por encima de la barandilla. Tomo la lata y la abro. Mmmmmh. Quisiera, quisiera.

Nos miramos con una seriedad tensa. Tum-tum a lo lejos, really far. Wasting time. Pero mantenemos la mirada.

En realidad está siendo una velada muy rara, ella y yo, cada uno en su balcón, hablando entrecortadamente, con una medianera de plantas aromáticas, manteniendo un diálogo idiota (además de ebrio y políglota), troceado, fragmentado, un diálogo que no avanza, que se encabrita y caracolea, que se atasca. Le pregunto porqué quiere esta noche beber, I mean, beber tanto como estamos bebiendo. En mi caso, explico, es una preemptive borrachera, se trata de cubrirme de cara a los diez días que tengo por delante, condenado a ley seca. ¿Y tú? I do like how it smells. Y su mano acarica el tomillo, recoge en su palma el olor se lo lleva a la cara lo huele. Luego silencio. Un trago. Luego otro más largo.

¿Y qué harás en Saudia?

Me lo pregunta en serio. No nos conocemos, claro. Debería contestarle en sobrio. What can be done in Saudia? Only business, if any. And no beers at all. No he podido.

Lo siento, no estoy en condiciones, ahora (cuántos botellines?), de darte una respuesta seria. Y aún así sospecho que la sobria no diferiría: ¿Qué coño hago yo en Arabia? ¿Y en Budapest? ¿Y en Sofía? ¿Y en Casablanca? ¿Y en Périgueux?

Holy shit, Bérénice. Por eso bebo ahora, porque necesito in birra veritas descubrir qué coño haré diez días en ese país.

Vender tornillería, sabes, studs and bolts and fitting elements, vamos a ver, según las normas ANSI y DIN, certificados bajo los estándares europeos, European Norm EN y todo el resto, y calidad de servicio, calidad de producto y precios españoles, no alemanes, no italianos, no franceses, españoles: más barato que en Andorra, Reina, y esto, Bérénice, esto puedo declinarlo en inglés, en francés, en catalán o castellano, y en ninguna de estas lenguas me lo creo, esto es lo que hay. Males seeking females, studs seeking bolts, special fittings, tailor-made shit in special alloys, sour service, hilo withworth, que podemos enviar por mensajería worldwide. Y así va el mundo, endless wide.

Y si yo vendo tornillería, el de al lado instalaciones agropecuarias y el otro materia prima para cosmética y el de más allá papel de seguridad, el de los billetes, joder, qué fácil le decimos, ¿no? Me imagino tus propsecciones comerciales, le digo. Como si fueras Gila. Ya sabes dónde está el cliente, te basta con llamar a los bancos centrales, y hala, ¿que para cuando es la próxima inflación? a lo Gila, ¿es el enemigo?, pues que aquí el colega tiene ya lista la partida de los billetes de cienmil chirimbolos, o como se llame la moneda local. Y venga unas risillas en el aeropuerto Mehrabad a las tres de la madrugada, qué coño hago aquí y ahora, tres y cuarto, tres y veinte, tres y media, en el aeropuerto de Teherán, vender bolts and studs, coño, para que me paguen chirimbolos a final de mes, como si fuera tan difícil de entender. Y bebo otro trago antes de decir lo que pienso, ahogando el desahogo.

Háblame de las cervezas.

Mmmmh, esas, esas son las grandes rubias que he tragado, las únicas. Sörs, bere, birra, pivo, garagardoa, bière, beer, cervesa,,, es la palabra primera, alfa y omega, en cualquier lengua. In birra veritas.

Dime la verdad, pues. Dámela (¿en tu cama o en la mía?) (deseo deseo con matas interpuestas; deseo deseo de asaltar la sweet marjolaine y sus long legs). Y la verdad pasa de manos cruzando el abismo.

¿Cuándo se va tu avión? Mañana, a media mañana. Entonces es tarde. ¿Quieres que bajemos a la piscina?

No, ya no. Déjame acabar esta cerveza. He sido yo quien le he dicho no. OK, le he dicho no no no. Y sigo sorbiendo.

He alcanzado ese punto de disociación sin retorno, tum-tum, en que el cuerpo no respondo no se levanta y apenas la mente sabe llevarlo, turbias miradas, ella mira la piscina. Parece estar pensando que ella sí quiere bajar, impacto del agua, de la temperatura del agua en toda la piel, cabeza de Goliat con la pedrada en la crisma, el ceño torvo (Bérénice a guisa de Judith?), ella está mirando la piscina y considera si baja o no. Y me dirige la palabra y eso veo, porque del fondo oscuro del paisaje se proyecta su cara mirándome hablándome sonriendo, del fondo tenebroso su cara blanca, yo no soy ya capaz de apreciar los matices, no la oigo, sostengo la botella en las manos, me pesa el vientre, y la miro, el tiempo nos está trenzando un diálogo cuya clave se me escapa (infame turba) y al momento siguiente estoy asomado de nuevo al balcón y yo estoy asomado al balcón seis pisos arriba y ella se acerca al banco, levanta los brazos se saca la camiseta se inclina, se baja se las baja, las deja también en el banco, está desnuda delante de mí, muy lejos muy abajo, era hace un momento una cara barroca moviendo los labios en un cuadro de miedo, de iglesia ahumada y ahora Bérénice es ella allá abajo, desnuda, paseando espléndida, blancura en la oscuridad de la noche junto al agua quieta, misterio, yo lo miro desde el balcón, (¿ese contraste, esa blancura? ¿esos pechos divergentes, grávidos, plenos?) quisiera quisiera (los he visto, ¿dónde, dónde estuve que vi los pechos de Béréncie?), deseo mmmmh, y se mete en el agua y desnuda se queda en mi cabeza, nadando en rededor de mi resaca, de mis nocturnas aves, debo retirarme, un brazo, un codo, están degollando a alguien, es Marsias, o quizás Bartolomé, con mono de butanero, gritando gritando, (en un jardín, en un jardín vi a la joven bañándose, fondo verde, primaveral, de anuncio de detergente y sus pechos blancos, ¿dónde?) y me arrastro a la cama y con sangre de miedos ajenos me meto en ella, tibio bálsamo, entretanto no llegue ella, o el día de después, horror desfigurado : en las paredes del dormitorio las viejas que fríen huevos : los zagales descalzos : brazos en alto, la gorra amplia, (¿de su padre? ¿qué fue del padre?) : la pesadilla de tantas cruces a lo largo de la carretera, santa Águeda enséñame tus tetas, joder, enséñamelas imperativo afilando un estoque : esbozos de cruces en la grumosa oscuridad semoviente : las viejas piojosas me miran, sus manos escorzan su acusación, hacen la cola, se sientan entre los árboles de Birkenau, esperan pacíficamente que les digan dónde ir, miran en torno y ven a las mujeres, los viejos, se preguntarán dónde habrán enviado a sus hombres, escaleras abajo, los están pelando, marcando, arrancando los dientes con el nombre y sus historia, links links links recht-links, y luego ellas, dejarán sus ropas para que las avariciosas manos del Kanada se apoderen de ella, y desnudas se entregan y avanzan y se internan en el páramo sin kaddish de aquellos fríos grises. Un avión sobrevoló Auschwitz-Birkenau el mismo día en que mi madre nacía. Hija de la violencia ella también. Corría 1943 y de aquel vuelo quedaron unas fotos: en un extremo se ven (lo pueden ver los ojos adiestrados) se ven las filas de hombres seleccionados: marchan a los barracones, a incorporarse al tajo profundo que los degolla. Y una gran nube de humo, una pluma generosa, que sube desde los crematorios : las mujeres, viejas, mujeres y niñas y ancianos y niños y niños y niñas y jóvenes y chiquillas y chiquillos y bebés y tullidos disueltos en humo hediondo y pegajosos, ceniza ceniza y memoria a carretillas que los prisioneros reparten por los viales de aquella fábrica de muerte. La cerveza trajina su inquietud de un lado al otro, demain dès l’aube, habrá quedado todo atrás y volveremos al juego infame de los males seeking females. ¿Serán los sauditas tan puntillosos que no me dejarán embarcar por la cara resacosa? En Londres no tendré ya cara, seré caradura, of course madeinspain. Las corbatas de mi maleta me amparan y disfrazan. Muertos en las cunetas, gehena y en la carne oquedades del hambre, paredes cubiertas de excrementos, madera podrida de disentería, oigo a lo lejos a Bérénice bañarse (su blanca piel) y yo me hundo me hundo náufrago sin palo que la soporte otra tu vela tu vela tú vela y cuida de mi, diosa desmelenada, cuida de este secretum iter, al cual volveré, huyendo este sheol de arenas tórridas, tórridas, cabe el fuego, con el extravío a su altura, las brasa, su calor, pantorrillas, pan,

deseo, tomillo, grava río

See you soon.

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