Tierra adentro

La miel horizontal del primer sol extiende su luz sobre la era. La algarabía de los pájaros en los pinos es un goteo continuo de buenos días. Desde el balcón del dormitorio sorprendo a dos señoritas urracas –a lo garçon, con su característico chaqué– picoteando la pinaza. Al verme, huyen a esconderse en la fronda del nogal. Carraspean. Una silla pasó la noche al sereno. Diríase que mira el Sol naciente como si no tuviera miedo.

El alfalfar, segado anteayer, parece peinado: sobre los brotes que recrecen verdes trazan perspectivas las crenchas amarillentas, paralelas e inseguras que esperan la cosechadora. El verde de los cipreses pierde nocturnidad y se acrisola de amarillos. Bandadas de estorninos picotean la mañana. El cielo promete un día esmerilado, de un azul aún tibio que, con las horas, cuajará su añil sin piedad.

Se alargará la mañana y llegará arrastrada hasta el mediodía. Bajo el peso inhumano de la canícula, el silencio majará la siesta en la oscuridad de las horas imposibles con un hervor de somnolencia espesa. Luego, sobre las siete de la tarde, si hay suerte y el clima tiene piedad de nosotros, un viento se acercará a aliviarnos: es el serè, o como aquí paradójicamente decimos, la marinada, viento de poniente, que mesa los plumeros del maíz, que tienta las hojas afiladas en el melocotonar; suave y piadosa, benigna brisa que acompasa la miel del sol del atardecer, que estira las sombras hasta confirmar que las de los cipreses son alargadas. Del aljibe sube un olor de podredumbre, de agua quieta que las golondrinas vendrán a picotear con su vuelo rasante, dejando un rastro concéntrico de anillos. Rumorea el agua corriente detrás de la casa, por donde discurre el braçal de riego. Aletean las hojas de los tres chopos desmochados de detrás de la casa. Del grifo del pozo cae una gota con vocación de clepsidra, marcando las horas. El gato se estira y se esconde en un margen, entre la parra y las grandes hojas de las calabazas, atento al vuelo de spitfire de las golondrinas; alguna cae, o algún gorrión que no ha sido suficientemente rápido, o tal vez un ratoncillo. Sobre un alero, se oye el zureo de una paloma torcaz. Cuando pase el tren de las siete también cruzarán el cielo las cigüeñas, silenciosas, altivas, elegantes. Y cuando ya los morados tiñan la bóveda celeste, acaso veamos una escuadrilla de patos recogiéndose. Cuando sea de noche los murciélagos zurcirán las sombras con su voracidad de noctámbulos.

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